Quirónsalud
Blog de Salud y bienestar mental del Hospital Quirónsalud Digital
Joan Francesc Serra Pla, psicólogo clínico adjunto en Hospital Quirónsalud Digital
El trastorno obsesivo-compulsivo (TOC) es uno de los problemas de salud mental más conocidos, aunque también uno de los más malinterpretados. En el lenguaje cotidiano es frecuente utilizar expresiones como «soy un poco obsesivo» o «tengo TOC con el orden» para referirse a preferencias personales o rasgos de personalidad. Sin embargo, el TOC es un trastorno psicológico que puede generar un elevado nivel de sufrimiento e interferir de forma significativa en la vida cotidiana.
Una de las principales características del TOC es la presencia de obsesiones y compulsiones. Aunque ambos conceptos están estrechamente relacionados, no significan lo mismo y cumplen funciones diferentes dentro del trastorno. Comprender esta diferencia es fundamental para identificar el problema y favorecer un tratamiento adecuado.
El trastorno obsesivo-compulsivo es un trastorno mental caracterizado por la aparición de obsesiones, compulsiones o ambas. Estas manifestaciones consumen una cantidad importante de tiempo, generan un intenso malestar emocional y afectan al funcionamiento personal, familiar, social o laboral.
Las personas con TOC suelen reconocer que sus pensamientos o conductas son excesivos o poco racionales. Sin embargo, esta conciencia no suele ser suficiente para detenerlos. El problema no reside en la falta de voluntad, sino en un funcionamiento psicológico en el que la ansiedad y la necesidad de aliviarla mantienen el ciclo del trastorno.
Aunque las manifestaciones pueden variar ampliamente entre personas, las obsesiones suelen girar en torno a temas como la contaminación, el miedo a causar daño, la necesidad de simetría o los pensamientos de contenido agresivo, sexual o religioso. Las compulsiones, por su parte, pueden incluir conductas como el lavado excesivo, la comprobación repetida, el orden, la repetición de acciones o rituales mentales como contar, rezar o repetir determinadas palabras de forma silenciosa.
Las obsesiones son pensamientos, imágenes o impulsos que aparecen de manera involuntaria, repetitiva e intrusiva. La persona no desea tener estos contenidos mentales y suele vivirlos como desagradables, angustiantes o incompatibles con sus propios valores.
Es importante destacar que todas las personas experimentan pensamientos extraños o indeseados en algún momento. La diferencia es que, en el TOC, estos pensamientos adquieren un significado exagerado y son interpretados como peligrosos, inaceptables o con una alta probabilidad de hacerse realidad.
Por ejemplo, una madre puede experimentar de forma repentina la imagen de hacer daño a su hijo. En el contexto del TOC, este pensamiento no refleja un deseo real ni una intención de actuar, sino precisamente lo contrario: genera un intenso miedo porque contradice profundamente sus valores y su forma de ser. Cuanto mayor es el esfuerzo por eliminar el pensamiento o comprobar que no supone un peligro, mayor suele ser su frecuencia e intensidad.
Las obsesiones provocan emociones muy intensas, especialmente ansiedad, culpa, vergüenza o incertidumbre. Como consecuencia, la persona busca diferentes estrategias para reducir ese malestar, dando lugar a la aparición de las compulsiones.
Las compulsiones son conductas o actos mentales repetitivos que la persona realiza con el objetivo de disminuir la ansiedad provocada por las obsesiones o prevenir un supuesto peligro.
Aunque pueden proporcionar un alivio temporal, este efecto dura poco tiempo. El cerebro aprende que la reducción de la ansiedad se debe al ritual realizado, lo que aumenta la probabilidad de repetirlo cada vez que aparece la obsesión. De esta forma se establece un círculo vicioso que mantiene el trastorno.
Las compulsiones pueden ser visibles, como lavarse las manos repetidamente, revisar una y otra vez si la puerta está cerrada o comprobar constantemente que los electrodomésticos están apagados. Sin embargo, también existen compulsiones mentales que pasan desapercibidas para quienes rodean a la persona, como repetir frases internamente, analizar recuerdos para asegurarse de que no ocurrió nada malo, buscar una certeza absoluta o neutralizar un pensamiento mediante otro.
Un aspecto especialmente relevante es que las compulsiones no suelen guardar una relación lógica o proporcional con el riesgo real que intentan evitar. Aun así, la persona siente una fuerte necesidad de realizarlas porque experimenta una intensa sensación de responsabilidad o de amenaza si no lo hace.
La diferencia fundamental entre ambos conceptos radica en la función que desempeñan dentro del trastorno.
La obsesión constituye el origen del malestar. Es un pensamiento, una imagen o un impulso involuntario que desencadena ansiedad, miedo o incertidumbre. La compulsión aparece como una respuesta destinada a aliviar esas emociones desagradables o reducir la percepción de peligro. En otras palabras, la obsesión es aquello que la persona piensa sin querer pensar, mientras que la compulsión es aquello que siente la necesidad de hacer para intentar sentirse mejor. Sin embargo, esta estrategia solo proporciona un alivio momentáneo y contribuye a mantener el problema a largo plazo.
Comprender la diferencia entre una obsesión y una compulsión ayuda a entender mejor qué es realmente el trastorno obsesivo-compulsivo y por qué resulta tan difícil para quienes lo padecen dejar de realizar determinados rituales. No se trata de una cuestión de falta de autocontrol o de voluntad, sino de un trastorno en el que la ansiedad y la necesidad de obtener certeza mantienen un patrón de funcionamiento muy específico. Además, diferenciarlas resulta especialmente importante porque el tratamiento psicológico no se centra únicamente en eliminar los pensamientos intrusivos, algo que, además, resulta imposible, sino en modificar la relación que la persona establece con ellos y reducir la necesidad de responder mediante compulsiones.
Finalmente, es importante recordar que el TOC puede manifestarse de formas muy diferentes y que no siempre está relacionado con el orden o la limpieza, como suele reflejarse en el imaginario colectivo. Cuando los pensamientos intrusivos o las conductas repetitivas comienzan a interferir en la vida diaria, generan un elevado malestar o limitan el funcionamiento personal, es recomendable consultar con un profesional de la salud mental. Un diagnóstico precoz y un tratamiento basado en la evidencia permiten reducir significativamente los síntomas y mejorar la calidad de vida de la persona afectada.
Adriana Atencio Antoranz, psicóloga adjunta a la Unidad de Salud Mental y Bienestar de Hospital Digital Quirónsalud
Convivir con alguien que atraviesa una depresión puede resultar incomprensible. A veces, no hay un detonante claro ni una tristeza evidente cuando se presenta una reacción o un episodio depresivo. Aprender a reconocer las señales de depresión a tiempo permite acompañar mejor y animar a buscar ayuda antes de que el malestar se agudice, ya que la tendencia es pensar que el otro está mal por algo que uno dijo o hizo y, aunque sea con la mejor de las intenciones, hacer cosas para que mejore y no ver resultados, crea impotencia y frustración. Como consecuencia, el malestar persiste porque no se ha precisado su causa, su mecanismo y los recursos reales de afrontamiento. 
A continuación, describimos cinco señales que conviene observar en tu pareja, sin alarmarse, pero también sin restarles importancia. Conocerlas te permitirá no personalizar su malestar y tomar la distancia necesaria para poder, paradójicamente, estar emocionalmente más cerca, aunque no se pueda comprender del todo.
Uno de los indicios más frecuentes es la pérdida de interés o de placer por casi todo. Aficiones, planes con amigos, intimidad o proyectos que antes le ilusionaban dejan de resultar atractivos. No es pereza ni un bajón puntual, sino una desconexión sostenida de lo que daba sentido al día a día.
Puedes notar que tu pareja duerme muchas más horas de lo habitual o, al contrario, se despierta de madrugada sin poder volver a dormir. A ello se suma un cansancio que no mejora con el reposo y la sensación de que cualquier tarea cotidiana exige un esfuerzo enorme.
El imaginario colectivo asocia depresión con hipersensibilidad y llanto excesivo, pero no toda depresión se expresa con llanto. Muchas veces aparece como irritabilidad, respuestas cortantes o un repliegue silencioso. La persona se muestra distante, evita las conversaciones y parece ausente incluso estando presente. Este cambio en el vínculo suele ser una de las señales de depresión que más afecta a la relación de pareja.
Algunas afirmaciones contundentes, como «soy una carga», «no valgo para nada» o «todo me sale mal», son repetidas con frecuencia y muchas veces se piensan que tienen la función de manipular. Las personas con depresión suelen distorsionar la forma de verse a sí mismos y de imaginar el futuro. Si notas que tu pareja se castiga constantemente o ha perdido la esperanza, es importante tomárselo en serio.
Cuando el malestar se sostiene en el tiempo, suele reflejarse en lo cotidiano: descuidar la higiene, la alimentación, las responsabilidades o el propio aspecto. No es dejadez, sino la dificultad real de sostener el funcionamiento diario cuando la energía y la motivación están bajo mínimos.
Aunque el trastorno es el mismo, la manera de expresarlo puede variar. Conocer estas diferencias ayuda a no pasar por alto lo que está ocurriendo.
Las señales de depresión en hombres tienden a manifestarse hacia fuera: irritabilidad, enfado, conductas de riesgo, mayor consumo de alcohol o una entrega excesiva al trabajo. La tristeza suele quedar oculta tras la rabia o la evitación, lo que dificulta identificar el problema y pedir ayuda.
Las señales de depresión en mujeres incluyen con más frecuencia tristeza expresada, llanto, sentimientos de culpa y rumiación, es decir, dar vueltas una y otra vez a los mismos pensamientos. También suele ser más habitual que verbalicen cómo se sienten, aunque no siempre sucede.
Tener esta información ayuda a orientar la función de qué podemos hacer, en las consultas notamos cierta confusión que, por desconocimiento, a veces termina cronificando el malestar sin querer y deteriorando los lazos de pareja y los familiares. La depresión se puede confundir con ciertos aspectos actitudinales que pueden parecerse en la superficie. La manipulación o el victimismo persistente suelen ser selectivos: aparecen ante determinadas personas, se orientan a obtener algo como atención, control o eludir una responsabilidad y dejan de estar cuando dejan de tener la función inicial. La depresión, en cambio, es sostenida y transversal, es decir, acompaña a la persona en casi todos los ámbitos de su vida, no se da según quién mire y se acompaña de cambios físicos reales en el sueño, el apetito y la energía. Aun así, distinguirlas es difícil y pueden coexistir, así que, más que etiquetar a tu pareja, lo útil es valorar el conjunto de señales a lo largo del tiempo y, ante la duda, buscar una valoración especializada.
La utilidad de estar bien informado es facilitar el acompañamiento emocional y animar a pedir ayuda cuando los apoyos que ofrecemos resulten escasos. La depresión tiene tratamiento
y, cuanto antes se aborde, mejor es el pronóstico; esta guía para afrontar la depresión puede orientaros a ambos.
Alicia López Frutos, psicóloga especialista en psicología clínica, Hospital Quirónsalud Digital.
La adolescencia es una etapa especialmente vulnerable para el desarrollo de problemas relacionados con la imagen corporal, la autoestima y la alimentación. Entre los trastornos de la conducta alimentaria, la bulimia nerviosa es uno de los más frecuentes y, al mismo tiempo, uno de los más difíciles de detectar. Muchas veces, quienes la padecen esconden los síntomas por vergüenza o miedo, lo que retrasa la búsqueda de ayuda profesional.
Detectar a tiempo la bulimia en adolescentes resulta fundamental para prevenir complicaciones físicas y disminuir el malestar emocional. Es importante comprender que se trata de un trastorno psicológico complejo que necesita tratamiento profesional especializado.
La bulimia nerviosa se caracteriza por episodios recurrentes de atracones, es decir, una ingesta excesiva de comida en un corto periodo de tiempo acompañada de sensación de pérdida de control. Normalmente, estos atracones tienen un desencadenante emocional y se utilizan como herramienta de gestión o regulación de la misma. Después de estos episodios, aparecen conductas compensatorias dirigidas a evitar el aumento de peso por la ingesta de calorías, como el vómito provocado, el ayuno prolongado, el ejercicio excesivo o el uso de laxantes.
El sufrimiento psicológico dentro de este ciclo de atracón y compensación suele ser muy elevado, apareciendo sentimientos de culpa, vergüenza y frustración, junto con una percepción negativa de uno mismo.
Tanto la bulimia nerviosa como el trastorno por atracón se caracterizan por episodios de ingesta excesiva de comida en un periodo corto de tiempo, acompañado de sensación de pérdida de control. La principal diferencia radica en que las personas con bulimia suelen mostrar una preocupación muy intensa por el peso y la figura corporal, realizando conductas compensatorias tras el atracón dirigidas a evitar el aumento de peso; sin embargo, en el trastorno por atracón estas conductas compensatorias no suelen estar presentes. .
No existe una única causa que explique la aparición de la bulimia nerviosa, ya que habitualmente intervienen diferentes factores biológicos, psicológicos, familiares y sociales. Cabe destacar que, en la adolescencia, la presión estética y la comparación constante con modelos difundidos en redes sociales pueden aumentar la insatisfacción corporal. A esto se suman otros factores psicológicos, como el perfeccionismo, la necesidad de aprobación social, la baja autoestima o las dificultades para gestionar emociones intensas como la ansiedad, la tristeza o la frustración.
Junto con ello, la bulimia puede iniciarse tras periodos de dietas restrictivas, intentos repetidos de perder peso o experiencias relacionadas con críticas y comentarios negativos sobre la apariencia física. Además, determinadas situaciones vitales, como el estrés, las dificultades en las relaciones sociales o experiencias de rechazo, también pueden actuar como desencadenantes o contribuir al mantenimiento del problema.
Los síntomas de bulimia en adolescentes pueden pasar desapercibidos, por ello es importante prestar atención a determinados cambios físicos, emocionales y conductuales, entre los que destacan:
La detección precoz resulta clave para evitar consecuencias médicas importantes, como alteraciones gastrointestinales, problemas cardíacos o desequilibrios nutricionales.
La bulimia nerviosa requiere un abordaje multidisciplinar adaptado a las necesidades de cada adolescente. El tratamiento suele incluir apoyo psicológico
, información nutricional y, en algunos casos, seguimiento médico y psiquiátrico.
La terapia cognitivo-conductual es una de las intervenciones con mayor evidencia científica, ya que ayuda a reestructurar pensamientos distorsionados sobre el cuerpo y la alimentación, además de dar herramientas de manejo de las emociones. También es fundamental implicar a la familia en el proceso terapéutico, especialmente en adolescentes, ya que favorece la recuperación y mejora la comunicación en casa.
La bulimia nerviosa en adolescentes, en definitiva, es un trastorno grave que afecta tanto a la salud física como emocional. Detectar los síntomas de manera temprana y buscar ayuda especializada puede marcar una gran diferencia en la evolución y la recuperación del adolescente. Hablar abiertamente sobre la salud mental, la autoestima y la relación con la comida sigue siendo una herramienta fundamental para prevenir los trastornos de la conducta alimentaria y favorecer una relación con la comida más saludable.
Francisco Gerecitano Lozano, psicólogo general sanitario en Hospital Quirónsalud Digital
Esta pregunta no tiene una respuesta sencilla, pues hablar del concepto de personalidad en psicología clínica implica adentrarse en uno de los aspectos más complejos del desarrollo humano. Para comenzar, no está de más definirlo. José Bermúdez (1996) utiliza la siguiente definición: «La personalidad es el conjunto relativamente estable de rasgos, formas de pensar, sentir y comportarse que caracterizan a una persona y la distinguen de las demás». Es evidente pues que, al hablar de trastornos como estos, no hablamos solo de manías ni de estilos, sino de algo más profundo e intrincado.
Los trastornos de la personalidad son patrones de conducta desadaptativos persistentes que pueden interferir de forma significativa con la salud mental. Cuando estos patrones son rígidos y poco flexibles, pueden convertirse en un problema clínico que interfiere significativamente con la calidad de vida de quien lo padece y, a veces, la de su entorno.
Suelen aparecer durante la adolescencia y normalmente se cronifican hasta la edad adulta, afectando a la autoestima, el bienestar emocional, los vínculos afectivos y la adaptación social o laboral. Por eso, nunca deben entenderse como simples «rasgos difíciles» o «falta de educación», sino como configuraciones psicológicas complejas que requieren comprensión y abordaje profesional.
En el DSM-5 (manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales), los trastornos de personalidad se agrupan en tres grupos:
Grupo A: raros o excéntricos
Grupo B: dramáticos, emocionales o impulsivos
Grupo C: ansiosos o temerosos
Cada uno presenta características particulares, pero todos comparten una cualidad esencial: la rigidez y la resistencia al cambio. Esa falta de flexibilidad y adaptabilidad al contexto hace que la persona tenga más dificultades para aprender nuevas estrategias, regular lo que siente y relacionarse de un modo satisfactorio con quienes la rodean, lo que a menudo resulta en un gran sufrimiento psicológico.
No existe una causa única ni una explicación simple. Su origen es multifactorial y suele ser el resultado de una interacción compleja entre biología, crianza y contexto social.
Factores como la predisposición genética, experiencias traumáticas, negligencia emocional en la infancia, estilos de crianza inestables o la falta de vínculos seguros pueden influir en su desarrollo. Más concretamente, algunos estudios señalan mayor prevalencia de estos trastornos en entornos familiares marcados por la imprevisibilidad, el rechazo o la invalidación emocional.
En realidad, más que hablar de una causa concreta, conviene pensar en una suma de condiciones que, combinadas, pueden dificultar la construcción de una personalidad flexible, segura y balanceada.
La respuesta más honesta es que no siempre pueden evitarse, pero sí pueden reducirse de forma importante los factores de riesgo durante el desarrollo infantil. Las estrategias de prevención, en este caso, no pueden garantizar que nunca aparezcan, sino crear las mejores condiciones posibles en el hogar para un desarrollo emocional sano durante la infancia que disminuya la probabilidad de padecerlas.
Los vínculos tempranos estables, la validación emocional, la presencia adulta consistente y la atención temprana a las dificultades psicológicas pueden actuar como auténticos factores protectores contra estos y muchos otros problemas de salud. Cuanto más seguro y predecible es el contexto en el que crece una persona, más posibilidades tiene de desarrollar una salud mental sólida y resistente.
Algunas de las pautas que podríamos seguir durante la crianza para prevenir el desarrollo de problemas psicológicos son las siguientes:
ante señales persistentes de sufrimiento emocional.Los trastornos de personalidad no son el resultado de una sola causa ni de un único momento vital. Se construyen, en muchos casos, a lo largo del tiempo, en la interacción entre predisposición, experiencia y contexto. Por eso, aunque no siempre sea posible prevenirlos por completo, sí es posible reducir su riesgo mediante una crianza sensible, una educación emocional adecuada y una detección temprana de las dificultades.
Como ya dije una vez:
«No somos gusanos ni mariposas. Somos caminos y edificios; nos construimos paso a paso, golpe a golpe. Toda lección importa, por pequeña e insignificante que resulte» — Lady Swansword (2019)
Adriana Atencio Antoranz, psicóloga adjunta de la Unidad de Salud Mental y Bienestar de Hospital Quirónsalud Digital
¿Por qué es importante conocer cuáles son los traumas más frecuentes en las consultas de psicología? Porque con el trauma sucede algo muy peculiar, ya que hay algunos pacientes que, en su primer contacto con el psicólogo
, suelen añadir «no es un trauma, ni nada grave, pero…» y empiezan a referir una serie de síntomas que muchas veces nos hacen comprender que sí se trata de un trauma. Otras veces, tras mencionar los síntomas y el profesional indicar que puede tratarse de un trauma, el paciente se sorprenda sobre las secuelas de haber subestimado su malestar psíquico durante tanto tiempo.
Según observamos hay una idea común de que el trauma se asocia a eventos de gran magnitud, generalmente producidos por catástrofes naturales, pero no es una percepción completamente correcta. Vamos a intentar precisar algo de esto para poder ayudar a comprender mejor de qué hablamos cuando decimos trauma.
Empecemos con la definición de la RAE, que nos indica que:
En psicología el trauma es una respuesta a un evento que una persona encuentra altamente estresante y que puede causar una amplia gama de síntomas físicos y emocionales. No todos los que experimentan un evento estresante desarrollarán trauma. Algunas personas desarrollarán síntomas que se resuelven en un tiempo relativamente corto, mientras que otras tendrán efectos más a largo plazo.
Es interesante poner de relieve que el trauma es la respuesta ante un evento repentino o sucesivo que ha dejado una herida profunda y que, la mayoría de las veces no es consciente para la persona que lo ha padecido.
Algunos de los síntomas psicológicos que pueden asociarse al trauma son: ira, miedo, tristeza, culpa, confusión, desesperación, irritabilidad, dificultad para concentrarse, cambios bruscos de humor, retraimiento, flashbacks intensos, pesadillas, estrés agudo, ansiedad y depresión.
A nivel físico estas son algunas de las expresiones más frecuentes: dolores de cabeza, alteraciones gastrointestinales, fatiga, aceleración del ritmo cardíaco, excesiva sudoración, inquietud motora, sobresaltos y dificultades para dormir.
Es un diagnóstico clínico que requiere de una exploración que permita contextualizar el cuadro y valorar otras áreas de la vida del paciente, así como datos de su historia que permitan establecer el diagnóstico.
El carácter abrupto y repentino hace que el impacto en la persona suela ser agudo. Los accidentes de cualquier medio de transporte son quizá de los motivos que hacen que una persona pueda consultar con un psicólogo. El daño físico y las pérdidas asociadas pueden afectar de distinto modo, ya que no siempre son correlativos a la magnitud del trauma. Como se explica en párrafos anteriores, hay una dimensión muy subjetiva que hace que las respuestas físicas y emocionales puedan variar.
Es un área muy sensible por la fragilidad y vulnerabilidad de las víctimas. Tiene que ver con el abuso a nivel físico o emocional en la infancia, con el maltrato del entorno familiar, relaciones de hostilidad y exposición a situaciones de riesgo para el menor. Suele detectarse en las escuelas infantiles y en consultas de pediatría, cuando los profesionales pueden observar síntomas que les hacen sospechar la presencia de maltrato.
Son un tipo de traumas que se genera por repetición del evento, donde la víctima tiende a fijarse en una posición de aguante y tolerancia, muchas veces amparada en aspectos y creencias culturales o religiosas. Puede tener presentación de un único evento traumático, donde la víctima suele referir cambios con puntos de inflexión.
Este tipo de abuso repercute en una de las principales causas de trauma en la persona víctima de abuso, puede ser producido por una o varias personas, y la característica fundamental es transgredir el no consentimiento de la víctima al acto sexual.
Estos traumas tienen que ver con robos, atracos, secuestros, actos de terrorismo o cualquier evento causado por una persona que amenace y violente la integridad física de la víctima.
El acoso personal o laboral es un motivo de consulta cada vez más frecuente. Aunque no necesariamente implica un diagnóstico de trauma, la mayoría de las veces deriva en trastorno de estrés postraumático, hipervigilancia, retraimiento emocional, baja autoestima, estrés crónico o evitación.
Conocer las principales características de los distintos tipos de trauma ayuda a los pacientes a esclarecer si está atravesando un trauma determinado. Además, como se comentaba anteriormente, es importante tener en cuenta que los síntomas psicológicos no tienen que ser correlativos a la magnitud o la severidad del suceso traumático.
Aunque se suele pensar que las secuelas de aquello que amenazó nuestra integridad puede ser resuelto a nivel psicológico con el tiempo, en realidad es el paso del tiempo el que nos recuerda con la presencia de ciertos síntomas que en algún momento hubo un trauma.
Independientemente de los síntomas y de la naturaleza del trauma sufrido, es fundamental acudir a un terapeuta que ofrezca un tratamiento psicológico adecuado.
La salud mental influye en las relaciones sociales y en el bienestar emocional. Cuidarla resulta fundamental para alcanzar la serenidad y la calidad de vida que todos buscamos. En este blog, profesionales expertos en psicología y psiquiatría nos invitan a profundizar en los distintos aspectos que influyen en la salud y bienestar mental con el objetivo de comprenderla, cuidarla y desterrar tabúes y estigmas.
Psiquiatría y Psicología delHospital Quirónsalud Digital
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