Quirónsalud
Blog de Salud y bienestar mental del Hospital Quirónsalud Digital
Alicia López Frutos, psicóloga especialista en psicología clínica, Hospital Quirónsalud Digital.
La adolescencia es una etapa especialmente vulnerable para el desarrollo de problemas relacionados con la imagen corporal, la autoestima y la alimentación. Entre los trastornos de la conducta alimentaria, la bulimia nerviosa es uno de los más frecuentes y, al mismo tiempo, uno de los más difíciles de detectar. Muchas veces, quienes la padecen esconden los síntomas por vergüenza o miedo, lo que retrasa la búsqueda de ayuda profesional.
Detectar a tiempo la bulimia en adolescentes resulta fundamental para prevenir complicaciones físicas y disminuir el malestar emocional. Es importante comprender que se trata de un trastorno psicológico complejo que necesita tratamiento profesional especializado.
La bulimia nerviosa se caracteriza por episodios recurrentes de atracones, es decir, una ingesta excesiva de comida en un corto periodo de tiempo acompañada de sensación de pérdida de control. Normalmente, estos atracones tienen un desencadenante emocional y se utilizan como herramienta de gestión o regulación de la misma. Después de estos episodios, aparecen conductas compensatorias dirigidas a evitar el aumento de peso por la ingesta de calorías, como el vómito provocado, el ayuno prolongado, el ejercicio excesivo o el uso de laxantes.
El sufrimiento psicológico dentro de este ciclo de atracón y compensación suele ser muy elevado, apareciendo sentimientos de culpa, vergüenza y frustración, junto con una percepción negativa de uno mismo.
Tanto la bulimia nerviosa como el trastorno por atracón se caracterizan por episodios de ingesta excesiva de comida en un periodo corto de tiempo, acompañado de sensación de pérdida de control. La principal diferencia radica en que las personas con bulimia suelen mostrar una preocupación muy intensa por el peso y la figura corporal, realizando conductas compensatorias tras el atracón dirigidas a evitar el aumento de peso; sin embargo, en el trastorno por atracón estas conductas compensatorias no suelen estar presentes. .
No existe una única causa que explique la aparición de la bulimia nerviosa, ya que habitualmente intervienen diferentes factores biológicos, psicológicos, familiares y sociales. Cabe destacar que, en la adolescencia, la presión estética y la comparación constante con modelos difundidos en redes sociales pueden aumentar la insatisfacción corporal. A esto se suman otros factores psicológicos, como el perfeccionismo, la necesidad de aprobación social, la baja autoestima o las dificultades para gestionar emociones intensas como la ansiedad, la tristeza o la frustración.
Junto con ello, la bulimia puede iniciarse tras periodos de dietas restrictivas, intentos repetidos de perder peso o experiencias relacionadas con críticas y comentarios negativos sobre la apariencia física. Además, determinadas situaciones vitales, como el estrés, las dificultades en las relaciones sociales o experiencias de rechazo, también pueden actuar como desencadenantes o contribuir al mantenimiento del problema.
Los síntomas de bulimia en adolescentes pueden pasar desapercibidos, por ello es importante prestar atención a determinados cambios físicos, emocionales y conductuales, entre los que destacan:
La detección precoz resulta clave para evitar consecuencias médicas importantes, como alteraciones gastrointestinales, problemas cardíacos o desequilibrios nutricionales.
La bulimia nerviosa requiere un abordaje multidisciplinar adaptado a las necesidades de cada adolescente. El tratamiento suele incluir apoyo psicológico
, información nutricional y, en algunos casos, seguimiento médico y psiquiátrico.
La terapia cognitivo-conductual es una de las intervenciones con mayor evidencia científica, ya que ayuda a reestructurar pensamientos distorsionados sobre el cuerpo y la alimentación, además de dar herramientas de manejo de las emociones. También es fundamental implicar a la familia en el proceso terapéutico, especialmente en adolescentes, ya que favorece la recuperación y mejora la comunicación en casa.
La bulimia nerviosa en adolescentes, en definitiva, es un trastorno grave que afecta tanto a la salud física como emocional. Detectar los síntomas de manera temprana y buscar ayuda especializada puede marcar una gran diferencia en la evolución y la recuperación del adolescente. Hablar abiertamente sobre la salud mental, la autoestima y la relación con la comida sigue siendo una herramienta fundamental para prevenir los trastornos de la conducta alimentaria y favorecer una relación con la comida más saludable.
Francisco Gerecitano Lozano, psicólogo general sanitario en Hospital Quirónsalud Digital
Esta pregunta no tiene una respuesta sencilla, pues hablar del concepto de personalidad en psicología clínica implica adentrarse en uno de los aspectos más complejos del desarrollo humano. Para comenzar, no está de más definirlo. José Bermúdez (1996) utiliza la siguiente definición: «La personalidad es el conjunto relativamente estable de rasgos, formas de pensar, sentir y comportarse que caracterizan a una persona y la distinguen de las demás». Es evidente pues que, al hablar de trastornos como estos, no hablamos solo de manías ni de estilos, sino de algo más profundo e intrincado.
Los trastornos de la personalidad son patrones de conducta desadaptativos persistentes que pueden interferir de forma significativa con la salud mental. Cuando estos patrones son rígidos y poco flexibles, pueden convertirse en un problema clínico que interfiere significativamente con la calidad de vida de quien lo padece y, a veces, la de su entorno.
Suelen aparecer durante la adolescencia y normalmente se cronifican hasta la edad adulta, afectando a la autoestima, el bienestar emocional, los vínculos afectivos y la adaptación social o laboral. Por eso, nunca deben entenderse como simples «rasgos difíciles» o «falta de educación», sino como configuraciones psicológicas complejas que requieren comprensión y abordaje profesional.
En el DSM-5 (manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales), los trastornos de personalidad se agrupan en tres grupos:
Grupo A: raros o excéntricos
Grupo B: dramáticos, emocionales o impulsivos
Grupo C: ansiosos o temerosos
Cada uno presenta características particulares, pero todos comparten una cualidad esencial: la rigidez y la resistencia al cambio. Esa falta de flexibilidad y adaptabilidad al contexto hace que la persona tenga más dificultades para aprender nuevas estrategias, regular lo que siente y relacionarse de un modo satisfactorio con quienes la rodean, lo que a menudo resulta en un gran sufrimiento psicológico.
No existe una causa única ni una explicación simple. Su origen es multifactorial y suele ser el resultado de una interacción compleja entre biología, crianza y contexto social.
Factores como la predisposición genética, experiencias traumáticas, negligencia emocional en la infancia, estilos de crianza inestables o la falta de vínculos seguros pueden influir en su desarrollo. Más concretamente, algunos estudios señalan mayor prevalencia de estos trastornos en entornos familiares marcados por la imprevisibilidad, el rechazo o la invalidación emocional.
En realidad, más que hablar de una causa concreta, conviene pensar en una suma de condiciones que, combinadas, pueden dificultar la construcción de una personalidad flexible, segura y balanceada.
La respuesta más honesta es que no siempre pueden evitarse, pero sí pueden reducirse de forma importante los factores de riesgo durante el desarrollo infantil. Las estrategias de prevención, en este caso, no pueden garantizar que nunca aparezcan, sino crear las mejores condiciones posibles en el hogar para un desarrollo emocional sano durante la infancia que disminuya la probabilidad de padecerlas.
Los vínculos tempranos estables, la validación emocional, la presencia adulta consistente y la atención temprana a las dificultades psicológicas pueden actuar como auténticos factores protectores contra estos y muchos otros problemas de salud. Cuanto más seguro y predecible es el contexto en el que crece una persona, más posibilidades tiene de desarrollar una salud mental sólida y resistente.
Algunas de las pautas que podríamos seguir durante la crianza para prevenir el desarrollo de problemas psicológicos son las siguientes:
ante señales persistentes de sufrimiento emocional.Los trastornos de personalidad no son el resultado de una sola causa ni de un único momento vital. Se construyen, en muchos casos, a lo largo del tiempo, en la interacción entre predisposición, experiencia y contexto. Por eso, aunque no siempre sea posible prevenirlos por completo, sí es posible reducir su riesgo mediante una crianza sensible, una educación emocional adecuada y una detección temprana de las dificultades.
Como ya dije una vez:
«No somos gusanos ni mariposas. Somos caminos y edificios; nos construimos paso a paso, golpe a golpe. Toda lección importa, por pequeña e insignificante que resulte» — Lady Swansword (2019)
Adriana Atencio Antoranz, psicóloga adjunta de la Unidad de Salud Mental y Bienestar de Hospital Quirónsalud Digital
¿Por qué es importante conocer cuáles son los traumas más frecuentes en las consultas de psicología? Porque con el trauma sucede algo muy peculiar, ya que hay algunos pacientes que, en su primer contacto con el psicólogo
, suelen añadir «no es un trauma, ni nada grave, pero…» y empiezan a referir una serie de síntomas que muchas veces nos hacen comprender que sí se trata de un trauma. Otras veces, tras mencionar los síntomas y el profesional indicar que puede tratarse de un trauma, el paciente se sorprenda sobre las secuelas de haber subestimado su malestar psíquico durante tanto tiempo.
Según observamos hay una idea común de que el trauma se asocia a eventos de gran magnitud, generalmente producidos por catástrofes naturales, pero no es una percepción completamente correcta. Vamos a intentar precisar algo de esto para poder ayudar a comprender mejor de qué hablamos cuando decimos trauma.
Empecemos con la definición de la RAE, que nos indica que:
En psicología el trauma es una respuesta a un evento que una persona encuentra altamente estresante y que puede causar una amplia gama de síntomas físicos y emocionales. No todos los que experimentan un evento estresante desarrollarán trauma. Algunas personas desarrollarán síntomas que se resuelven en un tiempo relativamente corto, mientras que otras tendrán efectos más a largo plazo.
Es interesante poner de relieve que el trauma es la respuesta ante un evento repentino o sucesivo que ha dejado una herida profunda y que, la mayoría de las veces no es consciente para la persona que lo ha padecido.
Algunos de los síntomas psicológicos que pueden asociarse al trauma son: ira, miedo, tristeza, culpa, confusión, desesperación, irritabilidad, dificultad para concentrarse, cambios bruscos de humor, retraimiento, flashbacks intensos, pesadillas, estrés agudo, ansiedad y depresión.
A nivel físico estas son algunas de las expresiones más frecuentes: dolores de cabeza, alteraciones gastrointestinales, fatiga, aceleración del ritmo cardíaco, excesiva sudoración, inquietud motora, sobresaltos y dificultades para dormir.
Es un diagnóstico clínico que requiere de una exploración que permita contextualizar el cuadro y valorar otras áreas de la vida del paciente, así como datos de su historia que permitan establecer el diagnóstico.
El carácter abrupto y repentino hace que el impacto en la persona suela ser agudo. Los accidentes de cualquier medio de transporte son quizá de los motivos que hacen que una persona pueda consultar con un psicólogo. El daño físico y las pérdidas asociadas pueden afectar de distinto modo, ya que no siempre son correlativos a la magnitud del trauma. Como se explica en párrafos anteriores, hay una dimensión muy subjetiva que hace que las respuestas físicas y emocionales puedan variar.
Es un área muy sensible por la fragilidad y vulnerabilidad de las víctimas. Tiene que ver con el abuso a nivel físico o emocional en la infancia, con el maltrato del entorno familiar, relaciones de hostilidad y exposición a situaciones de riesgo para el menor. Suele detectarse en las escuelas infantiles y en consultas de pediatría, cuando los profesionales pueden observar síntomas que les hacen sospechar la presencia de maltrato.
Son un tipo de traumas que se genera por repetición del evento, donde la víctima tiende a fijarse en una posición de aguante y tolerancia, muchas veces amparada en aspectos y creencias culturales o religiosas. Puede tener presentación de un único evento traumático, donde la víctima suele referir cambios con puntos de inflexión.
Este tipo de abuso repercute en una de las principales causas de trauma en la persona víctima de abuso, puede ser producido por una o varias personas, y la característica fundamental es transgredir el no consentimiento de la víctima al acto sexual.
Estos traumas tienen que ver con robos, atracos, secuestros, actos de terrorismo o cualquier evento causado por una persona que amenace y violente la integridad física de la víctima.
El acoso personal o laboral es un motivo de consulta cada vez más frecuente. Aunque no necesariamente implica un diagnóstico de trauma, la mayoría de las veces deriva en trastorno de estrés postraumático, hipervigilancia, retraimiento emocional, baja autoestima, estrés crónico o evitación.
Conocer las principales características de los distintos tipos de trauma ayuda a los pacientes a esclarecer si está atravesando un trauma determinado. Además, como se comentaba anteriormente, es importante tener en cuenta que los síntomas psicológicos no tienen que ser correlativos a la magnitud o la severidad del suceso traumático.
Aunque se suele pensar que las secuelas de aquello que amenazó nuestra integridad puede ser resuelto a nivel psicológico con el tiempo, en realidad es el paso del tiempo el que nos recuerda con la presencia de ciertos síntomas que en algún momento hubo un trauma.
Independientemente de los síntomas y de la naturaleza del trauma sufrido, es fundamental acudir a un terapeuta que ofrezca un tratamiento psicológico adecuado.
Adriana Atencio Antoranz, psicóloga adjunta de la Unidad de Salud Mental y Bienestar de Hospital Quirónsalud Digital.
Convertirse en madre es una de las experiencias más transformadoras de la vida, pero también una de las más exigentes a nivel emocional. Y a esa exigencia personal se suma hoy un contexto social cada vez más complejo: la creciente incorporación de las mujeres al mercado laboral y los procesos migratorios vinculados a la búsqueda de una mejor calidad de vida, que con frecuencia alejan a muchas familias de su red de apoyo más cercana. En este escenario, hasta una de cada cinco mujeres atraviesa durante el embarazo, el parto o el primer año tras el nacimiento del bebé algún tipo de trastorno del estado de ánimo o de ansiedad perinatal. Cuidar la salud mental materna es proteger y cuidar el desarrollo del bebé, el equilibrio de la pareja y el bienestar familiar.
La etapa perinatal —desde la concepción hasta el primer año tras el parto— supone cambios hormonales, físicos, identitarios y relacionales muy intensos. La idealización de la maternidad, las experiencias traumáticas previas, los conflictos familiares, la fatiga, la falta de sueño y los antecedentes personales de trastornos mentales convierten este periodo en una etapa de especial vulnerabilidad psicológica para muchas mujeres.
Los estudios en esta área cada vez van adquiriendo mayor espacio en la comunidad científica y, en consecuencia, a nivel social. En España contamos con la valiosa aportación de la investigación que ha llevado a cabo la Dra. Susana Carmona a nivel internacional durante años. En su libro Neuromaternal: ¿qué le pasa a mi cerebro durante el embarazo y la maternidad?, la doctora Carmona plantea que es preciso reconceptualizar la maternidad, ya que en vez de ser una experiencia que nos expone a la pérdida de ciertas funciones mentales, se trata de una etapa de maduración y crecimiento y propone retomar llamarla «matrescencia», haciendo un juego de palabras entre maternidad y adolescencia. Una nueva denominación que permite incluir sin idealizar una perspectiva más humana de lo que se vive en la maternidad.
Conviene distinguir la llamada tristeza posparto o baby blues que afecta a entre el 50 y el 80 % de las mujeres y remite de forma espontánea en pocas semanas, de cuadros clínicos que requieren atención profesional. Entre los más habituales se encuentran:
Más del 75 % de las mujeres con problemas de salud mental durante el embarazo y el posparto no son diagnosticadas correctamente, lo que retrasa el tratamiento y prolonga el sufrimiento.
El malestar emocional de la madre no se vive en solitario. Influye directamente en la construcción del vínculo con el bebé, en su regulación emocional y en su desarrollo cognitivo y relacional posterior. También repercute en la pareja, ya que pueden aparecer distanciamiento, conflictos o pérdida de la intimidad afectiva y sexual, y en el resto del entorno familiar. Precisamente por ello, contar con una red de apoyo cercana se considera uno de los principales factores protectores; su ausencia o lejanía multiplica la vulnerabilidad emocional de la madre. Concienciar sobre la presencia como posibilidad de estos efectos permite que la pareja pueda responder de manera constructiva para apoyar el cuidado y no tomarlo como algo personal. Todo cambio implica transitar pérdidas para dar lugar y aceptar la nueva realidad por construir.
El primer miércoles de mayo se celebra el Día Mundial de la Salud Mental Materna, una iniciativa internacional promovida por más de 200 organizaciones, entre ellas la Sociedad Marcé Española de Salud Mental Perinatal (MARES) y la Asociación Española de Psicología Perinatal (AEPP).
En 2026, esta jornada se conmemora el miércoles 6 de mayo bajo el lema «Una década de voces», que celebra diez años de avances en la visibilización de estos trastornos. Los objetivos de este día de la salud mental materna son tres: dar protagonismo a la experiencia de las propias mujeres, reducir el estigma asociado al sufrimiento perinatal y garantizar el acceso a una atención especializada en todo el territorio.
Pedir ayuda no es un signo de debilidad, es una forma de cuidado y un recurso de apoyo. Si te sientes desbordada, triste sin causa aparente o no logras conectar con tu bebé, hablarlo con un profesional
puede marcar una diferencia decisiva. La salud mental materna importa, y atenderla a tiempo permite transitar el cambio pudiendo habitar la maternidad tomando en cuenta tu realidad y tus recursos. Si nos quedamos con la idea de romantizar la experiencia de ser madre, corremos el peligro de negar su carácter de vulnerabilidad y es ahí donde surgen muchas de las dificultades a nivel emocional. Si te reconoces en estas ideas o conoces a alguien que pueda estar pasando por una situación sensible, no dudes en contactarnos.
Francisco Gerecitano Lozano, psicólogo general sanitario en Hospital Quirónsalud Digital
En los últimos años, las redes sociales se han convertido en una herramienta indispensable para comunicarnos, informarnos y distraernos. Su uso se ha extendido de forma que la mayoría de nosotros, sin importar demasiado nuestra edad, utilizamos varias redes sociales con frecuencia y gracias a ellas disfrutamos de todo tipo de contenido, conocemos a nuevas personas y nos mantenemos conectados con amigos y familia. Sin embargo, como cualquier otra tecnología, un mal uso de las redes sociales puede resultar perjudicial para nuestra salud.
La adicción —o, más propiamente dicho, el uso problemático de redes sociales— se entiende como un patrón de uso compulsivo que interfiere significativamente con la vida diaria, las relaciones y la salud.
Este problema no se define por usar mucho el móvil, sino por una relación inadecuada con las plataformas que utiliza el individuo. La evidencia científica sugiere que no basta con medir el tiempo de uso de la pantalla, sino que importa más la presencia de síntomas propios de las adicciones, como pérdida de control, tolerancia, abstinencia y conflicto con otras áreas de la vida (profesionales, familiares, sociales…).
Estudios recientes relacionan el uso irresponsable de las redes sociales con malestar psicológico, depresión, ansiedad y estrés. Especialmente en población joven y adolescentes.
Los estudios describen un patrón parecido al de otras adicciones conductuales, con una preocupación constante por revisar notificaciones, la necesidad de aumentar el uso para obtener el mismo efecto y la dificultad para desconectar. Los síntomas más habituales incluyen:
El tratamiento
que mejor funciona es la terapia psicológica, especialmente la terapia cognitivo-conductual (TCC). Esta terapia basada en la evidencia ayuda a identificar desencadenantes, modificar pensamientos automáticos y entrenar estrategias de autorregulación emocional.
En población general, el objetivo no suele ser la abstinencia total, sino recuperar el control y construir un uso saludable y funcional de las plataformas. La idea clave es que no se trata solo de usar menos, sino de usar mejor. Cuando el uso de redes deja de estar al servicio de la persona y empieza a dominar su atención, su tiempo y su estado de ánimo, el tratamiento puede marcar una diferencia real.
La salud mental influye en las relaciones sociales y en el bienestar emocional. Cuidarla resulta fundamental para alcanzar la serenidad y la calidad de vida que todos buscamos. En este blog, profesionales expertos en psicología y psiquiatría nos invitan a profundizar en los distintos aspectos que influyen en la salud y bienestar mental con el objetivo de comprenderla, cuidarla y desterrar tabúes y estigmas.
Psiquiatría y Psicología delHospital Quirónsalud Digital
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