Quirónsalud
Blog de Medicina Deportiva del Grupo Quirónsalud
Vicente Carratalá jefe del Servicio de Traumatología de Hospital Quirónsalud Valencia, Servicio Médico Oficial del Valencia Basket
El baloncesto somete al cuerpo a una sucesión constante de aceleraciones, frenadas, saltos, aterrizajes y cambios de dirección. En apenas unos segundos, un jugador puede pasar de estar estático a realizar un esfuerzo máximo y volver a frenar de forma brusca. Esa combinación de potencia y velocidad es precisamente una de las características que hacen atractivo este deporte, pero también explica por qué determinadas estructuras están especialmente expuestas.

Los tobillos y las rodillas son las articulaciones que más lesiones concentran, aunque las manos y los dedos, en contacto constante con el balón, también sufren con frecuencia, mientras que músculos y tendones de las piernas también soportan una carga considerable. Además, la fatiga acumulada durante una temporada puede convertirse en un factor añadido de riesgo: cuando disminuye la capacidad de controlar correctamente los movimientos, aumenta la posibilidad de que un gesto aparentemente normal termine en lesión.
Una caída después de un salto puede provocar un esguince de tobillo o una lesión de rodilla, pero otras lesiones aparecen de una forma mucho menos evidente. Es el caso de las lesiones musculares y de las tendinopatías, en las que la repetición de determinados gestos y una carga de entrenamiento elevada pueden superar la capacidad de adaptación de los tejidos.
Los isquiotibiales, los aductores y los gemelos participan continuamente en las aceleraciones y desaceleraciones propias del juego, por lo que pueden sufrir sobrecargas, distensiones o roturas fibrilares.
En el caso de los tendones, uno de los problemas más conocidos entre los jugadores es la tendinopatía rotuliana. El salto forma parte de prácticamente cualquier acción ofensiva o defensiva y la repetición de estos esfuerzos puede generar una sobrecarga progresiva del tendón. El dolor en la parte anterior de la rodilla no debería interpretarse simplemente como una molestia que hay que aguantar hasta que termine la temporada. Detectar el problema y ajustar la carga permite intervenir antes de que se convierta en una lesión más limitante.
Los esguinces de tobillo son especialmente frecuentes en baloncesto, sobre todo por los aterrizajes y los cambios de dirección. Una de las situaciones más habituales es caer sobre el pie de otro jugador y provocar una torsión de la articulación.
Una vez superada la fase inicial, el objetivo no debería ser únicamente recuperar la ausencia de dolor. También es necesario recuperar la movilidad, la fuerza y, sobre todo, la capacidad de controlar el tobillo durante los movimientos propios del deporte. Para ello, el trabajo de propiocepción y equilibrio resulta fundamental.
Esto es importante porque un tobillo que aparentemente está recuperado, pero mantiene cierta inestabilidad o déficit de fuerza, puede volver a lesionarse con facilidad.
Aunque suelen recibir menos atención, las lesiones de mano y muñeca son muy habituales en baloncesto. Recibir un pase mal colocado, un rebote o un golpe en la punta del dedo puede provocar esguinces y luxaciones de los dedos, lesiones de los tendones o fracturas de falanges y metacarpianos. Las caídas con la mano apoyada también pueden causar lesiones de los ligamentos de la muñeca o fracturas como la del escafoides.
Muchas de estas lesiones se minimizan con un simple vendaje, pero un diagnóstico tardío puede dejar secuelas como rigidez, deformidad o pérdida de fuerza en la mano. Por eso es importante que las valore un especialista en cirugía de mano. En Hospital Quirónsalud Valencia, referente nacional en cirugía de mano y artroscopia de muñeca, estas lesiones se abordan con técnicas mínimamente invasivas siempre que es posible, lo que ayuda a reducir el dolor postoperatorio y a acelerar la vuelta a la pista.
Las lesiones de ligamentos y meniscos pueden tener una repercusión mucho mayor sobre la carrera deportiva del jugador. Los cambios bruscos de dirección y determinados mecanismos de giro o aterrizaje pueden afectar al ligamento cruzado anterior o a los meniscos.
En el caso de las lesiones del menisco externo, siempre que las características de la lesión lo permitan, considero especialmente importante valorar su reparación y conservación mediante cirugía artroscópica.
En jugadores de baloncesto nos encontramos a menudo con personas de gran estatura y peso y, en algunos casos, con una alineación de las extremidades inferiores en valgo. Estas características pueden incrementar las cargas que recibe el compartimento externo de la rodilla. Si además se pierde el menisco, que desempeña una función fundamental en la distribución de las cargas, la articulación puede quedar sometida a una sobrecarga que favorezca un desgaste precoz.
Por eso, ante una lesión meniscal no debemos pensar únicamente en resolver el problema inmediato y conseguir que el jugador vuelva a la pista. También debemos plantearnos cómo proteger esa rodilla a medio y largo plazo.
En un deporte con tanta exigencia mecánica, la prevención debería formar parte del entrenamiento habitual.
El calentamiento es el primer paso. No se trata simplemente de unos minutos de carrera suave, sino de preparar progresivamente las estructuras que van a intervenir: movilidad, activación muscular, ejercicios de estabilidad y movimientos que reproduzcan las demandas del juego.
El entrenamiento de fuerza tiene también un papel fundamental. Un jugador necesita fuerza no solo para saltar o acelerar, sino también para controlar una frenada, estabilizar una rodilla o mantener el equilibrio después de un aterrizaje.
La técnica es otro elemento clave. Aprender a realizar correctamente un salto y su posterior recepción, así como controlar los cambios de dirección, ayuda a reducir cargas innecesarias sobre músculos y articulaciones.
Y hay un último factor que a menudo olvidamos: la recuperación. La combinación de partidos, entrenamientos y desplazamientos puede generar una acumulación de fatiga que termina afectando al rendimiento y al control neuromuscular. Descansar adecuadamente y adaptar la carga cuando el cuerpo empieza a dar señales de agotamiento también es una forma de prevención.
Una de las preguntas más habituales entre los deportistas es si pueden continuar entrenando cuando algo les duele. La respuesta depende de la causa y de la intensidad de la molestia, pero hay una regla sencilla: un dolor persistente o que modifica nuestra forma de movernos no debería normalizarse.
También debemos consultar cuando después de un traumatismo aparece una inflamación importante, existe dificultad para apoyar, sensación de que la rodilla falla o se bloquea, o el dolor limita claramente la movilidad.
El diagnóstico es el primer paso para decidir qué hacer. No todas las lesiones necesitan cirugía ni todas requieren el mismo periodo de reposo. En muchos casos, el tratamiento se basa en controlar inicialmente los síntomas y recuperar de manera progresiva la movilidad, la fuerza y la función mediante un programa de rehabilitación adaptado al deportista.
Cuando existe una lesión grave que requiere cirugía, como determinadas lesiones ligamentosas o meniscales, el proceso no termina en el quirófano. La rehabilitación posterior y una vuelta progresiva a la competición son fundamentales para recuperar las capacidades necesarias y reducir el riesgo de una nueva lesión.
El objetivo final no es simplemente volver a jugar, sino volver a hacerlo en condiciones que permitan al deportista mantener su rendimiento y proteger sus articulaciones a largo plazo.
Este objetivo se aborda de forma integral: especialistas organizados por áreas anatómicas —mano y muñeca, hombro, rodilla, cadera, y pie y tobillo— trabajan junto a anestesiólogos especializados en el control del dolor y especialistas en rehabilitación para acompañar al deportista, profesional o amateur, desde el diagnóstico hasta su vuelta a la competición.
Dr. Borja Núñez de Aysa, especialista en Medicina Deportiva y Rehabilitación
Centro médico-quirúrgico Olympia-Quirónsalud
El saque es, sin duda, uno de los gestos más icónicos y exigentes del tenis. Cada vez que un jugador levanta la pelota, carga todo su cuerpo en una secuencia perfecta de movimientos que busca precisión, velocidad y potencia. Más que un simple golpe, el saque es un acto de coordinación total, un baile entre fuerza, técnica y control corporal que comienza desde el suelo y termina en la raqueta. Comprender cómo se produce este movimiento y qué factores influyen en su eficacia es clave tanto para optimizar el rendimiento como para cuidar la salud de los jugadores.
La ciencia detrás del movimiento
El análisis biomecánico del saque estudia cómo se mueve el cuerpo durante este gesto, desde la flexión de las piernas hasta la aceleración final del brazo. Gracias a cámaras de alta velocidad, sensores de movimiento y plataformas de fuerza, hoy es posible medir ángulos articulares, velocidades de rotación y la sincronización de cada segmento del cuerpo.
Estos estudios han demostrado que la velocidad de la pelota depende menos de la fuerza del brazo y mucho más de la eficiencia de la cadena cinética, esa sucesión de movimientos que transfiere energía desde el suelo hasta la raqueta. La rotación del tronco, la posición del centro de gravedad y la secuencia temporal de aceleración son factores determinantes: cuando se coordinan correctamente, el saque no solo gana velocidad, sino que protege las articulaciones de sobrecargas innecesarias.
Más que velocidad: la precisión del gesto
A simple vista, un saque se evalúa por la velocidad de la pelota o por si cae en la zona deseada. Pero detrás de ese resultado visible se esconde un entramado complejo de variables biomecánicas:
Estas mediciones permiten no solo mejorar la técnica, sino también prevenir lesiones, ya que revelan qué articulaciones están recibiendo más carga y cómo se reparte el esfuerzo.
La cadena cinética: energía en movimiento
La energía de un saque nace en los pies, se eleva a través de las piernas, se amplifica con la rotación de la cadera y el tronco, y finalmente se dispara a través del hombro, brazo y muñeca hacia la raqueta. Esta secuencia proximal-distal es la clave de un saque potente y seguro. Intentar concentrar toda la fuerza en el brazo puede generar un golpe veloz, pero a costa de un hombro sobrecargado y un riesgo de lesión mucho mayor.
Cada músculo y articulación cumple un papel: los glúteos y cuádriceps impulsan, el core y la cadera transmiten, y el hombro y antebrazo aceleran la raqueta. Los estabilizadores escapulares y el manguito rotador, aunque menos visibles, son los guardianes que permiten que la energía fluya sin comprometer la integridad del brazo.
Los riesgos de un gesto repetido
El saque es un gesto exigente por varias razones: combina amplitud de movimiento, altas velocidades articulares y repetición constante. El hombro alcanza velocidades de rotación extremas, la columna lumbar se estira y rota con cada lanzamiento, y el brazo superior acelera y frena decenas de veces durante entrenamientos y partidos. Esta acumulación de cargas puede derivar en lesiones como tendinopatías del manguito rotador, pinzamientos, inestabilidad escapular, codo de tenista o dolor lumbar.
Sin embargo, la buena noticia es que muchas de estas lesiones se pueden prevenir. El análisis biomecánico permite detectar alteraciones en la coordinación, déficit de movilidad o compensaciones que aumentan la carga sobre articulaciones clave, incluso antes de que aparezca el dolor.
Mitos sobre la potencia del saque
Uno de los errores más comunes es creer que la velocidad depende del brazo. La evidencia científica demuestra todo lo contrario: la verdadera potencia surge de un cuerpo que actúa como un sistema integrado. Otro mito es pensar que "más movilidad siempre es mejor": en realidad, la clave está en movilidad funcional, estabilidad y fuerza específica. Un jugador puede tener hombros flexibles, pero sin control y coordinación, cada saque será un riesgo.
La perfección del gesto
En el saque, cada detalle cuenta: la flexión de las rodillas, la rotación del tronco, la posición del codo, la sincronización con el lanzamiento de la pelota. Cuando todo se alinea, la energía fluye con naturalidad, la pelota alcanza gran velocidad y las articulaciones se preservan. Ese equilibrio entre potencia, precisión y protección es lo que diferencia un saque efectivo de uno que pasa factura al cuerpo.
El saque no es solo un golpe; es una sinfonía de movimientos, donde cada músculo, cada articulación y cada instante del tiempo trabajan al unísono. Conocer su biomecánica permite a jugadores y entrenadores maximizar rendimiento, minimizar lesiones y prolongar la carrera deportiva, convirtiendo un gesto cotidiano en un acto de ciencia y arte.
Por Vicente Carratalá, coordinador de la Unidad de Medicina Deportiva del Centro Médico Quirónsalud Mercado de Colón

Correr es una de las prácticas deportivas más populares por sus indudables beneficios cardiovasculares y mentales, pero también una de las que con mayor frecuencia se asocia a lesiones cuando no se realiza con una preparación adecuada. El auge del running, especialmente en pruebas exigentes como las medias maratones y maratones, ha puesto de relieve además la importancia de abordar este deporte desde una perspectiva de salud y de prevención.
Conocer los riesgos más habituales, entender por qué se producen y aplicar estrategias eficaces para evitarlos no solo mejora el rendimiento, sino que resulta clave para proteger el aparato locomotor, pero también para garantizar una práctica deportiva segura y sostenible para tu salud en el largo plazo.
Así, la prevención de lesiones se convierte en un aspecto fundamental para garantizar no sólo la culminación exitosa de la carrera, en caso de que te estés preparando para una, sino también la preservación de tu bienestar a largo plazo.
Por poner un ejemplo, la tasa de lesiones en corredores de media maratón puede variar ampliamente y está influenciada por diversos factores, incluyendo la experiencia del corredor, la preparación física, la técnica de carrera, el terreno de la carrera, y otros aspectos individuales.
PRINCIPALES LESIONES ENTRE LOS CORREDORES
LA PRIMERA CLAVE PARA PREVENIR LESIONES: CALENTAR Y ESTIRAR
A la hora de evitar lesiones en el running, se recomienda calentar antes de salir a correr; en especial si el paciente tiene más de 40 años, ya que reduce en un 50% el riesgo de lesiones musculares. Al preparar el cuerpo con un buen calentamiento, se dilatan los vasos sanguíneos, asegurando así que los músculos estén abastecidos de oxígeno.
Y, una vez en frío, realizar los estiramientos, ya que inmediatamente después de la actividad se corre el riesgo de provocar una congestión muscular. Es importante trabajar los grupos musculares implicados como el cuádriceps, los isquiotibiales, y el tríceps sural, sin olvidar el tren superior, a través de estiramientos durante quince minutos.
EMPIEZA POR LOS PIES
CUIDADOS EN CARRERA
TRAS EL ESFUERZO FÍSICO
Mario Queralt, fisioterapeuta del Hospital Universitario Quirónsalud Zaragoza, Servicio Médico Oficial del Casademont Zaragoza
La práctica del baloncesto exige una combinación única de potencia, velocidad, saltos repetidos, cambios de dirección y contacto constante. Estas demandas someten al cuerpo del jugador a un estrés considerable que, si no se gestiona adecuadamente, puede derivar en desequilibrios musculares, compensaciones y lesiones. Aquí es donde la reeducación postural y el entrenamiento del core se vuelven imprescindibles dentro de la fisioterapia deportiva moderna.
Una correcta reeducación postural permite al jugador mejorar su alineación corporal, reduciendo el riesgo de patologías tanto en el miembro inferior como en el tronco.
La postura influye directamente en la mecánica del movimiento: un jugador con buena conciencia corporal es capaz de identificar cómo se mueve y ajustar su técnica durante el partido, evitando tensiones excesivas y movimientos lesivos.
Una postura eficiente facilita que el jugador salte, corra y gire con menor esfuerzo, optimizando su gasto energético y reduciendo la fatiga.
Además:
Los músculos trabajan con mayor eficacia y generan más fuerza.
Se mejora el equilibrio y la coordinación, claves para acciones rápidas como cambios de dirección, fintas, aterrizajes y desplazamientos defensivos.
Se potencia la concentración y la confianza, al comprender mejor cómo se comporta el cuerpo en movimiento.
El baloncesto favorece la aparición de ciertos patrones posturales, como los siguientes:
Incremento de la curva torácica, asociado a falta de extensión cervicotorácica y a posiciones de flexión mantenidas durante el bote o el tiro.
Frecuentemente consecuencia de la debilidad del core, especialmente de la musculatura abdominal profunda y del acortamiento de los flexores de cadera.
Posiciones prolongadas de flexión de tronco afectan a la cadena anterior del hombro y predisponen a lesiones como tendinopatías o pinzamientos.
Una mala alineación del pie puede repercutir en la mecánica de rodilla, cadera y columna lumbar.
Cuando estos desequilibrios persisten, aparecen compensaciones: estructuras que no deberían participar en ciertos movimientos comienzan a hacerlo, incrementando tensión y riesgo de lesión.
El core es el motor de estabilidad y el centro de transmisión de fuerzas entre tren inferior y superior. En baloncesto, su papel es determinante.
Un core fuerte proporciona una base sólida que permite al jugador mantener el control durante movimientos explosivos o de contacto.
También es fundamental a la hora de mejorar la precisión, coordinación y potencia. Un core eficiente estabiliza la columna y optimiza la transferencia de fuerzas en gestos como el tiro, la defensa o los cambios de ritmo.
Todo lo anterior se traduce en un jugador más eficaz, que se mueve mejor, se fatiga menos y tolera mejor la carga de entrenamiento y competición.
Dependiendo del nivel del jugador (profesional, amateur o en formación), el trabajo debe adaptarse. Algunas estrategias efectivas son:
Movimientos que reproduzcan gestos del baloncesto, cuidando la alineación corporal y evitando compensaciones.
Ideales para mejorar postura, movilidad, flexibilidad y conciencia corporal.
Programas completos que incluyan tanto musculatura global como estabilizadores profundos del core: transverso del abdomen, multífidos, glúteos, diafragma, suelo pélvico.
La evaluación de la postura y del core en jugadores de baloncesto es un proceso integral que combina observación clínica, análisis funcional y pruebas específicas tanto en el consultorio como directamente en la cancha.
En consulta, el primer paso suele ser una observación general del jugador en diferentes posiciones —de pie, sentado y en movimiento— con el objetivo de identificar posibles desviaciones como aumentos de la cifosis, lordosis pronunciadas o desalineaciones en hombros y pelvis. En algunos casos, esta observación se complementa con herramientas como la línea de plomada o sistemas de sensores que permiten analizar con mayor precisión la alineación de la cabeza, el tronco y los miembros inferiores. A continuación, se explora la movilidad articular de la columna vertebral, las caderas y los hombros para detectar restricciones o tensiones que puedan influir en su postura habitual o en su técnica de juego.
La valoración del core dentro de la consulta también requiere una aproximación práctica. Se utilizan pruebas de estabilidad, como las planchas o los puentes, que permiten observar la capacidad del jugador para mantener una postura estable con cargas mínimas. A esto se suman pruebas de fuerza mediante dinamometría o escalas de valoración muscular. Finalmente, se analizan movimientos específicos relacionados con el baloncesto para comprobar cómo el core participa en la transmisión de fuerzas y en la estabilidad durante acciones complejas.
Cuando pasamos a la cancha, la evaluación adquiere un carácter más dinámico y contextual. Aquí se observa cómo se coloca el jugador en reposo durante el partido, cómo adopta su postura defensiva o cómo se alinea justo antes de tirar o recibir el balón. Se prestan especial atención a los movimientos explosivos: saltos y aterrizajes, cambios de dirección, desplazamientos defensivos y acciones de dribling. Para enriquecer este análisis, suele recurrirse a cámaras o aplicaciones de biomecánica que permiten revisar el movimiento en detalle y detectar compensaciones sutiles que a simple vista podrían pasar inadvertidas.
La función del core también se evalúa durante estas acciones en campo. Se observa si el jugador mantiene una buena estabilidad cuando aterriza, si su tronco se controla adecuadamente durante los cambios de ritmo o si pierde alineación cuando aparece la fatiga. De hecho, uno de los indicadores más reveladores es cómo responde su cuerpo después de varios minutos de juego intenso: un core eficiente permite recuperarse más rápido y mantener la calidad del movimiento incluso en situaciones de agotamiento.
Finalmente, el propio jugador se convierte en una fuente de información clave. Preguntarle cómo percibe su estabilidad, su control durante el juego y sus sensaciones de fatiga ayuda a completar la fotografía global de su salud postural y del funcionamiento de su zona central.
En muchos jugadores es habitual ver que, al entrenar el core, activan más la musculatura superficial que la profunda, lo que reduce la eficacia del ejercicio y favorece compensaciones que pueden acabar convirtiéndose en malas rutinas de movimiento. También es frecuente que mantengan posturas incorrectas durante los entrenamientos, reforzando patrones que luego se trasladan a la cancha.
Por parte de los entrenadores, uno de los fallos más repetidos es no adaptar los ejercicios a las necesidades individuales de cada jugador, aplicando programas generales que no corrigen sus desequilibrios. A veces el trabajo se centra solo en ganar fuerza, dejando de lado la movilidad o el control postural, y en otras ocasiones no se supervisa la técnica, permitiendo que los jugadores repitan movimientos poco eficientes. Además, en algunos equipos aún se infravalora el papel del core en el rendimiento, lo que reduce la dedicación a este tipo de entrenamiento.
A lo largo de la temporada, el fisioterapeuta se convierte en una figura clave para mantener el equilibrio corporal del jugador y prevenir lesiones. Su labor comienza con la identificación de desequilibrios posturales y limitaciones en el movimiento, algo esencial para comprender cómo se comporta el cuerpo del deportista durante el juego. A partir de esta evaluación, diseña programas personalizados que buscan mejorar la postura, fortalecer el core y reducir compensaciones que, con el tiempo, podrían derivar en lesiones.
Cuando un jugador ya está lesionado, el fisioterapeuta marca el camino de la recuperación y la readaptación, asegurándose de que regrese a la cancha con la máxima seguridad y eficiencia. Además, su trabajo coordinado con entrenadores, preparadores físicos y el resto del equipo médico garantiza que cada deportista mantenga una base postural sólida que le permita rendir al máximo durante toda la temporada.
En definitiva, la reeducación postural y el fortalecimiento del core no son complementos: son la base sobre la que se construye el rendimiento y la longevidad deportiva en los jugadores de baloncesto. Integrarlos en la rutina de entrenamiento y en la evaluación clínica marca la diferencia entre un jugador eficiente y uno que, a pesar de su talento, sufre limitaciones físicas evitables
Dr. Gonzalo Samitier, cirujano ortopédico especialista en rodilla, hombro y lesiones deportivas del Hospital Quirónsalud Badalona, Patrocinador Oficial del Club Joventut Badalona y Partner de Servicios Médicos
La rotura del ligamento cruzado anterior (LCA) es una de las lesiones más temidas por los jugadores de baloncesto. Este ligamento, ubicado en el centro de la rodilla, mantiene la estabilidad cuando saltas, frenas o cambias de dirección.
Una mala caída, un giro brusco o un aterrizaje en una pierna pueden bastar para romperlo.
En la mayoría de los casos no hay contacto directo: el jugador apoya mal, la rodilla se va hacia adentro y la tibia gira sobre el fémur, lo que se conoce como valgo forzado con rotación externa.
Este movimiento genera una tensión tan grande que el ligamento puede romperse en milésimas de segundo.
Además, hay factores que aumentan el riesgo:
Cuando se rompe el LCA, el jugador suele sentir:
El diagnóstico se confirma con exploración física (test de Lachman o pivot shift) y una resonancia magnética, que muestra con claridad la lesión y posibles daños asociados.
En cuanto al tratamiento, las cirugías actuales del LCA son cada vez más efectivas y personalizadas.
Entre los avances más destacados:
Gracias a estas mejoras, los deportistas se recuperan antes y con mejores resultados.
La recuperación no se mide por semanas, sino por función y progreso.
De forma general, se sigue este esquema:
Antes de regresar a la pista, deben cumplirse ciertos criterios:
El regreso demasiado temprano es uno de los principales factores de recaída.
Evitar la lesión es posible. Los programas preventivos (como FIFA 11+ o PEP) reducen el riesgo hasta un 50%.
Las claves son:
En resumen, la lesión del LCA puede ser dura, pero ya no es el fin de la carrera deportiva.
Con cirugía avanzada, una buena rehabilitación y prevención constante, muchos jugadores vuelven a rendir al más alto nivel.
Cuidar tus rodillas es cuidar tu futuro deportivo.
La actividad deportiva se ha instalado de manera definitiva en nuestro día a día, tanto a nivel profesional como de aficionado. Y es que mantenernos activos gracias a la práctica de algún deporte se ha convertido en un elemento fundamental para disfrutar de una vida saludable gracias a sus múltiples beneficios físicos y psicológicos. Si quieres conocer todo lo que el deporte puede hacer por ti, y cómo practicarlo de forma segura, en este blog podrás encontrar los mejores consejos de nuestros expertos en medicina deportiva.
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