Quirónsalud
Blog del Dr. Francois Peinado. Urología. Hospital Universitario Ruber Juan Bravo

La enfermedad de Peyronie es una alteración cicatricial del pene en la que se forma una placa fibrosa en la túnica albugínea, la capa que rodea los cuerpos cavernosos. Esa placa puede producir dolor, curvatura durante la erección, acortamiento, estrechamiento del pene o deformidades en "reloj de arena". En muchos hombres, el problema no es solo anatómico: puede dificultar o impedir la penetración, afectar a la autoestima y generar ansiedad sexual.
Un estudio reciente publicado en IJIR: Your Sexual Medicine Journal analiza una de las técnicas quirúrgicas más importantes para los casos avanzados de enfermedad de Peyronie: la incisión de la placa con injerto, conocida en inglés como plaque incision and grafting o PIG. El trabajo recoge la experiencia de 15 años de un centro andrológico de alto volumen en Londres, con 325 pacientes operados entre 2009 y 2024. Es una de las series más amplias publicadas sobre esta técnica y aporta datos muy útiles para entender qué puede esperar un paciente cuando se somete a este tipo de cirugía.

La cirugía de Peyronie no es igual para todos los pacientes. En términos generales, existen tres grandes opciones quirúrgicas. La primera es la plicatura, que corrige la curvatura acortando el lado más largo del pene. Es una técnica eficaz, pero puede producir una pérdida de longitud. La segunda es la incisión de la placa con injerto, que busca liberar la zona retraída y cubrir el defecto con un material biológico. La tercera es el implante de prótesis de pene, especialmente indicado cuando además de la curvatura existe una disfunción eréctil importante que no responde bien al tratamiento médico.
La técnica analizada en este estudio, la incisión de placa con injerto, se reserva habitualmente para pacientes con curvaturas severas, deformidades complejas, estrechamiento del pene, reloj de arena o pérdida importante de longitud, siempre que la función eréctil esté razonablemente conservada. Es decir, no es una cirugía para todos los casos de Peyronie, sino para aquellos en los que la deformidad es suficientemente importante y el objetivo principal es recuperar una erección funcional para la penetración intentando preservar la longitud.
En este estudio, la edad media de los pacientes fue de 54 años. La curvatura preoperatoria mediana era de 80 grados, lo que indica que se trataba de casos muy severos. Casi el 90% de los pacientes presentaba curvatura dorsal, y el 46,8% tenía deformidades complejas, como estrechamiento del pene o deformidad en reloj de arena. Estos datos son importantes porque muestran que la técnica se aplicó en pacientes con una enfermedad avanzada, no en curvaturas leves o moderadas.

Los resultados funcionales fueron buenos. El 87% de los pacientes se declaró satisfecho con el resultado y el 90,1% volvió a mantener relaciones sexuales con penetración. Desde un punto de vista práctico, este es probablemente el dato más importante: la cirugía no busca conseguir un pene "perfecto" desde el punto de vista geométrico, sino permitir una relación sexual funcional y satisfactoria. En enfermedad de Peyronie avanzada, este matiz es fundamental para evitar expectativas irreales.
El estudio también mostró que todos los pacientes con datos intraoperatorios disponibles quedaron funcionalmente rectos tras la cirugía, considerando como éxito una curvatura residual de 20 grados o menos. Este umbral se acepta habitualmente porque una pequeña curvatura residual suele permitir relaciones sexuales sin dificultad significativa. En la práctica clínica, conviene explicar al paciente que el objetivo de la cirugía es corregir la deformidad de forma suficiente para recuperar la función, no necesariamente dejar una rectitud matemática absoluta.
Un aspecto muy relevante del estudio es la longitud del pene. La medición intraoperatoria mostró un cambio medio de +0,2 cm, es decir, una conservación o mínima ganancia de longitud en quirófano. Sin embargo, el 29,4% de los pacientes refirió después una percepción de reducción de longitud. Esta aparente contradicción es muy importante. La enfermedad de Peyronie ya puede haber producido acortamiento antes de la cirugía, y además el proceso de cicatrización posterior, la fibrosis y la remodelación del injerto pueden influir en la percepción final del paciente. Por eso, antes de operar, hay que hablar de longitud con mucha claridad. La cirugía puede preservar mejor la longitud que una plicatura en casos seleccionados, pero no garantiza recuperar el tamaño previo a la enfermedad.
Otro dato importante fue la sensibilidad. El 15,4% de los pacientes refirió disminución de sensibilidad en el glande o el pene, aunque en la mayoría fue transitoria: el 73,3% de los casos se recuperó. Esta información debe formar parte del consentimiento informado, especialmente en pacientes muy preocupados por la sensibilidad sexual.
En nuestra unidad de cirugía compleja de Peyronie, que tengo el privilegio de dirigir, valoramos cada caso de forma individualizada, porque no todas las curvaturas ni todos los pacientes necesitan el mismo tratamiento. En los casos más complejos —curvaturas severas, deformidades en reloj de arena, estrechamientos o pérdida importante de longitud— una parte muy relevante de las cirugías que realizamos se basa en técnicas reconstructivas con incisión de la placa e injerto, siempre que la función eréctil lo permita y tras una valoración detallada. El objetivo no es solo corregir la curvatura, sino recuperar una vida sexual funcional, segura y realista. Los pacientes con enfermedad de Peyronie que tengan dudas sobre su caso pueden solicitar una valoración especializada para estudiar qué opción terapéutica es la más adecuada.
Referencia: Sarna S, Pang KH, Christopher AN, Ralph DJ, Muneer A, Alnajjar HM. Plaque incision and grafting for Peyronie’s disease: 15-year experience and functional outcomes from a high-volume andrology centre. IJIR: Your Sexual Medicine Journal. 2026. doi:10.1038/s41443-026-01296-7. https://rdcu.be/fou9u

Lo que NO se puede conseguir y sus riesgos
La comunidad científica es categórica al advertir que no existen píldoras, lociones, cremas ni rutinas de ejercicios manuales que posean la capacidad de alterar permanentemente la longitud estructural del pene. Cualquier suplemento oral o producto tópico que prometa un crecimiento milagroso suele estar compuesto, en el mejor de los casos, por ingredientes que mejoran transitoriamente el flujo sanguíneo y la calidad de la erección, pero jamás generan un aumento real de tejido.
Asimismo, la inyección de sustancias y rellenos permanentes como la silicona líquida, la vaselina o los aceites de parafina está absolutamente contraindicada y es fuertemente condenada por la medicina moderna. El cuerpo humano es incapaz de metabolizar estos materiales exógenos, lo que inevitablemente desencadena reacciones inmunológicas severas. Estas prácticas clandestinas provocan la formación de granulomas, inflamación crónica, necrosis de la piel y deformidades irreversibles que destruyen la funcionalidad del órgano. En un número trágicamente alto de casos, el único tratamiento posible para estas complicaciones es la cirugía reconstructiva compleja o la amputación parcial del miembro.
La cirugía y la realidad del estado flácido
Cuando los pacientes deciden recurrir a la cirugía de alargamiento (un procedimiento conocido médicamente como sección del ligamento suspensorio o ligamentolisis), se enfrentan a una limitación biomecánica ineludible que deben comprender a cabalidad. Este procedimiento se basa en cortar el ligamento que ancla y estabiliza la base de los cuerpos cavernosos del pene al hueso púbico.
Al liberar este fuerte anclaje ligamentoso, el órgano cede por gravedad, permitiendo que una porción interna del pene se proyecte hacia el exterior. Sin embargo, la gran advertencia médica es que este alargamiento se consigue básica y casi exclusivamente en estado flácido. La intervención puede añadir entre 1 y 2 centímetros visuales al pene cuando está en reposo, pero no aumenta en absoluto la longitud estructural del pene durante el estado de erección.
Más aún, al cortar este pilar fundamental de soporte, el pene erecto puede perder su ángulo de elevación natural y su estabilidad intrínseca si no se realizan otras maniobras durante la cirugía como el anclaje del mismo. Esto provoca que el órgano se vuelva inestable, incontrolable o con un efecto de "bamboleo" durante la penetración, lo cual incrementa el riesgo de lesiones físicas y reduce drásticamente la funcionalidad y la satisfacción durante el acto sexual.
En conclusión, si bien la medicina estética urológica actual cuenta con herramientas para modificar la apariencia del pene en estado de reposo y aumentar su circunferencia de forma temporal, la capacidad para crear un pene anatómica y funcionalmente más largo durante una erección sigue siendo una imposibilidad biológica. En la gran mayoría de los casos, la intervención más efectiva y segura no requiere de bisturí ni inyecciones, sino de una correcta educación anatómica, apoyo psicológico y una reestructuración de la percepción corporal.
Referencias Bibliográficas
La preocupación por el tamaño de los genitales es una de las consultas más frecuentes en la medicina sexual masculina. A pesar de la vasta cantidad de información y desinformación disponible, el enfoque médico sobre el alargamiento requiere una evaluación rigurosa de lo que es anatómica y fisiológicamente posible. Este artículo desglosa la realidad clínica, psicológica y quirúrgica de los procedimientos de mejora genital.

La percepción del tamaño y el trastorno dismórfico
Desde una perspectiva puramente anatómica y estadística, la inmensa mayoría de los hombres que buscan intervenciones de alargamiento poseen dimensiones que caen perfectamente dentro del rango de la normalidad. Las evaluaciones antropométricas a gran escala, que han recopilado datos de miles de sujetos, establecen que el tamaño promedio de un pene erecto a nivel mundial oscila entre los 13 y 15 centímetros de longitud. Clínicamente, el diagnóstico de un verdadero "micropene" se reserva estrictamente para aquellos casos en los que la longitud máxima estirada o en erección es inferior a 7.5 centímetros. Esta es una condición médica infrecuente que suele estar asociada a deficiencias hormonales o genéticas durante el desarrollo fetal, y afecta a menos del 1% de la población.
Sin embargo, la percepción distorsionada sobre el propio cuerpo ha dado lugar a un aumento alarmante de la ansiedad por el tamaño. Esta insatisfacción constante y angustiante se clasifica a menudo como trastorno dismórfico peneano. En los pacientes que lo padecen, la preocupación es puramente subjetiva; el problema no reside en la anatomía física ni en la funcionalidad del órgano, sino en la salud mental y la autopercepción. Por ello, los protocolos médicos recomiendan encarecidamente que estos pacientes reciban evaluación y apoyo psicológico antes de considerar cualquier tipo de intervención invasiva, dado que la cirugía en estos casos no suele aliviar la insatisfacción subyacente y puede empeorar el cuadro.
Métodos complementarios de alargamiento:
Dentro del ámbito de la medicina basada en la evidencia, existen métodos seguros que ofrecen resultados medibles, aunque siempre dentro de márgenes modestos:
Referencias Bibliográficas
El deseo sexual masculino es un fenómeno complejo que va mucho más allá de la simple "ganas de sexo". Desde el punto de vista científico, se define como un estado motivacional que impulsa al individuo a buscar y participar en actividades sexuales. Este impulso no surge de manera aislada, sino que integra múltiples dimensiones: la cognitiva (pensamientos, fantasías, imaginación), la neurobiológica (hormonas y neurotransmisores) y la afectiva (estado de ánimo y emociones). Todas ellas confluyen para generar la experiencia subjetiva del deseo sexual.
Aunque el acto sexual suele estar motivado por el vínculo de pareja y la búsqueda de placer, desde una perspectiva evolutiva el deseo sexual cumple una función esencial: permitir la reproducción. En este sentido, el deseo actúa como un proceso intermedio entre la intención y la acción, activando conductas orientadas al encuentro sexual.
El término "libido", de origen freudiano, se utiliza habitualmente como sinónimo de deseo sexual. Sin embargo, en la práctica clínica y científica moderna, el concepto de deseo sexual se entiende como un constructo más amplio que integra tanto estados mentales como correlatos biológicos que inician la conducta sexual.
¿Cuándo hablamos de deseo sexual reducido?
El Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM-5) define el trastorno de deseo sexual hipoactivo masculino (MHSDD) como la presencia persistente o recurrente de una ausencia o marcada reducción de fantasías sexuales y deseo de actividad sexual que genera malestar clínicamente significativo y se mantiene durante al menos seis meses. Además, para establecer este diagnóstico, el cuadro no debe explicarse por otros trastornos mentales, problemas graves de pareja, consumo de fármacos o enfermedades médicas, incluidas las endocrinas. Este punto es clave: el MHSDD "puro" es relativamente infrecuente. En un amplio estudio clínico con más de 3.700 hombres que consultaban por disfunción sexual, aunque el 36 % refería bajo deseo sexual, solo el 14 % cumplía criterios de MHSDD aislado. En la mayoría de los casos, el bajo deseo coexistía con disfunción eréctil o trastornos eyaculatorios.
Por este motivo, una definición más pragmática, propuesta por la Cuarta Consulta Internacional en Medicina Sexual, describe el deseo sexual hipoactivo simplemente como una deficiencia persistente o recurrente de pensamientos, fantasías o deseo sexual, sin imponer criterios tan restrictivos. Esta definición resulta más útil en la práctica clínica diaria.
¿Con qué frecuencia se reduce el deseo sexual en el hombre?
Los datos epidemiológicos muestran que el deseo sexual reducido es relativamente frecuente, especialmente con el envejecimiento. El European Male Ageing Study (EMAS), que incluyó a más de 3.300 hombres entre 40 y 79 años, reveló que aproximadamente uno de cada seis hombres presenta alguna forma de disminución del deseo sexual.
Un hallazgo relevante de este estudio es que el descenso del deseo sexual muestra una clara relación con la edad, pero no con la mayoría de las enfermedades orgánicas. Solo el 1 % de los hombres más jóvenes (40–49 años) refería no pensar nunca en sexo, frente al 20 % en el grupo de mayor edad. Sin embargo, la frecuencia del pensamiento sexual no se vio afectada por enfermedades metabólicas, cardiovasculares o urológicas, sino que se asoció de forma significativa a factores psicológicos, especialmente la depresión. Este dato desmonta una idea muy extendida: el bajo deseo sexual masculino no es, en la mayoría de los casos, una consecuencia directa de enfermedades físicas, sino que responde a una interacción compleja entre cerebro, emociones y biología.
¿Cómo se genera el deseo sexual masculino? Bases neurobiológicas
La fisiopatología del deseo sexual masculino ha sido ampliamente estudiada, primero en modelos animales y posteriormente extrapolada al ser humano. Estos estudios han permitido identificar redes neuronales específicas implicadas en la motivación sexual.
En términos generales, los estímulos sexuales activan circuitos cerebrales que incluyen la amígdala, el hipocampo, el núcleo accumbens, el área tegmental ventral y la corteza prefrontal. Estas estructuras participan en la evaluación emocional del estímulo, la asignación de valor (recompensa) y la integración cognitiva del deseo. Los estudios de neuroimagen funcional en humanos han confirmado que el deseo sexual se asocia a la activación de regiones límbicas y corticales relacionadas con la motivación, la emoción y la anticipación del placer. A diferencia del amor romántico, que activa con mayor intensidad circuitos de apego y recompensa duradera, el deseo sexual se relaciona más con la expectativa de experiencias sensoriales placenteras.
Diversos neurotransmisores participan en este proceso. La dopamina desempeña un papel central como modulador de la motivación y la recompensa, mientras que otros sistemas —como la serotonina, la noradrenalina, la oxitocina, los melanocortinos y los opioides endógenos— pueden facilitar o inhibir el deseo sexual. Curiosamente, la manipulación farmacológica de estos sistemas ha demostrado ser más eficaz para inducir pérdida de deseo (por ejemplo, con antidepresivos ISRS) que, para tratarla de forma efectiva, lo que subraya la complejidad del fenómeno.
Neurocircuitos implicados en el deseo sexual

"¿Qué es el deseo sexual masculino?"
- Cognitiva: pensamientos y fantasías.
- Neurobiológica: neurotransmisores y hormonas.
- Afectiva: emociones y estado de ánimo.
"Deseo sexual reducido: lo que dicen los datos"
Referencia:
Fifth International Consultation on Sexual Medicine (ICSM 2024) "Definition of normal and reduced sexual desire in the male"

La terapia con testosterona (TRT, por sus siglas en inglés) se ha convertido en uno de los tratamientos más discutidos en medicina masculina en los últimos años. A medida que los hombres envejecen, es común que los niveles de testosterona disminuyan gradualmente y que aparezcan síntomas como falta de energía, disminución de la libido, cambios de humor o anemia asociada. Sin embargo, iniciar tratamiento hormonal no es una decisión trivial y debe basarse en criterios clínicos sólidos, tanto para maximizar los beneficios como para minimizar los posibles riesgos.
Antes de considerar la TRT, es esencial confirmar que un hombre tenga hipogonadismo clínico: es decir, niveles sanguíneos de testosterona consistentemente bajos acompañados de síntomas claros atribuibles a esa deficiencia. La evidencia actual proviene de revisiones sistemáticas que muestran que, en hombres con deficiencia moderada de testosterona, la terapia puede mejorar la actividad sexual, el deseo, corregir la anemia y ofrecer una leve mejoría en energía, estado de ánimo y movilidad física.
Es importante señalar que no todos los síntomas que un hombre atribuye a "baja testosterona" responderán a la terapia. Por ejemplo, la TRT no ha demostrado beneficio claro en la mejora de la cognición en hombres sin trastornos cognitivos previos, no previene la progresión de la diabetes en personas con prediabetes, ni mejora el control glucémico en quienes ya tienen diabetes establecida.
Un aspecto que preocupa tanto a médicos como a pacientes es la seguridad de la TRT. En el pasado, se creía que la terapia aumentaba el riesgo de eventos cardiovasculares o de cáncer de próstata, pero los datos más recientes son más tranquilizadores. Estudios grandes han mostrado que no hay un aumento significativo en el riesgo de infarto de miocardio ni de accidente cerebrovascular en hombres con enfermedad cardiovascular preexistente tratados con testosterona en comparación con placebo, y no hay evidencia sólida de que la TRT aumente el riesgo de cáncer de próstata.
No obstante, no está exenta de efectos secundarios. Algunos hombres pueden desarrollar eritrocitosis (aumento excesivo de glóbulos rojos), lo que puede elevar el riesgo de eventos trombóticos si no se monitoriza adecuadamente. Otros efectos adversos potenciales incluyen acné, piel grasa, aumento de la presión arterial, retención de líquidos, agrandamiento de las mamas (ginecomastia), cambios en el perfil lipídico y, en casos raros, alteraciones del sueño o exacerbación de apnea del sueño.
Un punto clave es que los beneficios de la TRT varían entre individuos, y su eficacia es mayor cuando existe una deficiencia clara y no simplemente un descenso leve dentro de los límites aceptados de normalidad. Además, los efectos sobre la función eréctil pueden ser modestos; la mejora más consistente se observa sobre el deseo sexual y la energía.
Otra consideración crítica es la supresión del eje hipotálamo-hipófisis-gónadas con el uso de testosterona exógena, lo que puede llevar a reducción de la producción endógena, oligospermia o incluso azoospermia si no se consideran estrategias de preservación de la fertilidad en hombres que desean tener hijos.
En algunos casos, existen alternativas terapéuticas como el uso de moduladores selectivos del receptor de estrógeno (como el clomifeno), que pueden aumentar la producción endógena de testosterona y resultar especialmente útiles en hombres que desean preservar fertilidad. Esto debe evaluarse individualmente con un especialista.
Finalmente, hay un énfasis creciente en que la decisión de iniciar TRT debe tomarse de forma compartida entre médico y paciente, basándose en una evaluación clínica completa, pruebas de laboratorio repetidas en condiciones adecuadas (niveles matinales en ayunas), y una discusión honesta sobre expectativas, posibles beneficios y riesgos a corto y largo plazo.
Referencias:
What Clinicians Need to Know Before Prescribing Testosterone — Medscape, Septiembre 09, 2025.
Blog especializado en el tratamiento de los problemas de próstata y salud sexual del varón.
2.026
2.025
2.024
2.023
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