¿Bebés a partir de células de la piel? Lo que la ciencia sabe (y lo que no) sobre la gametogénesis in vitro

Antonio Urries. Instituto de Reproducción Asistida Quirónsalud Zaragoza

Hace poco, una paciente me comentó que había leído que se podía tener un hijo sin necesidad de óvulos propios. Le respondí que la ciencia ya se está haciendo esa misma pregunta, aunque la respuesta todavía se espera tarde años en llegar. Y es que tomar una célula de la piel y convertirla en un óvulo o un espermatozoide suena a ciencia ficción, pero es exactamente lo que persigue la gametogénesis in vitro (IVG, por sus siglas en inglés), una de las líneas de investigación más fascinantes (y más malinterpretadas) de la biología reproductiva actual.

¿Qué es realmente la IVG?

La idea, en teoría, es sencilla: tomar células madre pluripotentes (que pueden obtenerse en muchos tipos celulares del cuerpo) y guiarlas en el laboratorio, paso a paso, hasta convertirlas en óvulos o espermatozoides maduros. Si funcionara en humanos, abriría puertas hoy inimaginables: parejas del mismo sexo con hijos genéticamente propios de ambos, personas que perdieron su fertilidad por un tratamiento oncológico, o incluso, y aquí es donde la ciencia ficción riza el rizo, embriones con material genético de más de dos personas.

Ya en ratones se ha conseguido producir crías viables a partir de gametos generados así. En humanos, el reto es mucho mayor: nuestro proceso de formación de óvulos y espermatozoides es más largo, más complejo epigenéticamente, y hasta ahora nadie ha logrado completarlo de principio a fin en una placa de laboratorio.

Los avances recientes (y por qué hay que leerlos con lupa)

Este año se ha publicado un hallazgo interesante: un equipo describió un paso previo a la meiosis (la división celular que reduce a la mitad el material genético) que hasta ahora pasaba desapercibido, y que podría ser clave para mejorar la eficiencia del proceso in vitro. Es un avance de investigación básica. Un nuevo logro de los que hacen avanzar a la ciencia, pero que rara vez llega a los titulares tal y como es: un ladrillo más, no el edificio terminado.

Y aquí está el problema que más nos preocupa a los profesionales: existe una brecha creciente entre cómo se presenta la IVG en medios y redes y la realidad actual. Un análisis reciente de literatura bioética señala precisamente el riesgo que existe en la tendencia a asumir que la aplicación clínica está "a la vuelta de la esquina" cuando en realidad seguimos hablando, en el mejor de los casos, de estudios preclínicos con obstáculos técnicos serios por resolver: baja eficiencia, errores cromosómicos, y sobre todo, ninguna garantía de seguridad para una futura gestación o para el niño que naciera de ella.

La propia Sociedad Americana de Medicina Reproductiva ha publicado en 2026 una opinión de su Comité de Ética sobre el tema, y el mensaje de fondo es claro: es un terreno "potencialmente revolucionario", pero que enfrenta obstáculos científicos, éticos y sociales importantes antes de poder plantearse siquiera un primer ensayo en humanos.

Entonces, ¿ilusión o humo?

Ninguna de las dos cosas, y las dos a la vez. Es ilusión legítima porque la ciencia de base es sólida y el potencial, si algún día se resuelve, sería enorme. Pero sería irresponsable por mi parte no decir claramente que hoy, en 2026, la IVG en humanos no existe como opción real, ni la habrá previsiblemente en varios años. Ningún centro de reproducción asistida en el mundo puede ofrecértela, y cualquiera que lo prometa debería hacer saltar todas las alarmas.

Lo que sí tenemos es un campo de investigación vivo, con avances graduales y reales, y con un debate ético que conviene ir haciendo antes de que la tecnología esté madura, no después. Preguntas como quién debería tener acceso a esto, qué límites poner al número de "progenitores" genéticos de un embrión, o cómo garantizar la seguridad a largo plazo de estos futuros gametos, merecen discutirse con calma, sin la presión de una aplicación clínica inminente.

Kazuo Ishiguro exploró, en su novela Nunca me abandones, un mundo donde seres humanos son creados en laboratorio con un propósito predeterminado. Y lo hizo no desde el sensacionalismo, sino desde la pregunta más incómoda de todas: ¿qué nos hace, precisamente, humanos? La IVG está todavía muy lejos de plantear ese escenario, pero es precisamente ese tipo de preguntas (sobre identidad, sobre origen, sobre lo que debemos y no debemos hacer) las que conviene empezar a hacernos ya, con la ciencia que tenemos hoy sobre la mesa y no con la que imaginamos que tendremos mañana.

La gametogénesis in vitro es, hoy por hoy, ciencia básica con enorme potencial narrativo y mediático, pero clínicamente todavía en pañales. Como en tantos otros avances de nuestro campo, la actitud correcta combina curiosidad científica con paciencia y rigor: apasionante para seguir de cerca, prematuro para generar expectativas en quien busca un tratamiento hoy en día.