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El Día Mundial del Alzheimer nos recuerda la importancia de visibilizar una enfermedad que, solo en nuestro país, afecta a unas 800.000 personas, y de la que cada año se diagnostican alrededor de 40.000 nuevos casos, según la Sociedad Española de Neurología.

Olvidar dónde se han dejado las llaves o tardar en recordar un nombre puede ser un despiste cotidiano. Sin embargo, cuando los olvidos se repiten, progresan y empiezan a dificultar tareas habituales, es necesario consultar con un especialista.

"Todavía existe cierta tendencia a asociar cualquier problema de memoria al envejecimiento o, en el extremo contrario, a vivir la posibilidad de un diagnóstico de Alzheimer con miedo y estigma. Hablar de la enfermedad con normalidad es importante porque ayuda a las familias a reconocer cambios, pedir ayuda y llegar antes a una valoración neurológica", explica el Dr. Ernest Balaguer, facultativo especialista en Neurología del Hospital Universitari General de Catalunya.


No todo olvido forma parte del envejecimiento

La enfermedad de Alzheimer es una enfermedad neurodegenerativa que afecta de forma progresiva a distintas funciones cognitivas, especialmente a la memoria, aunque también puede alterar el lenguaje, la orientación, el razonamiento o la conducta.

A medida que avanza y estas dificultades interfieren de forma significativa en la autonomía y en las actividades cotidianas, puede dar lugar a una demencia. De hecho, el Alzheimer es la causa más frecuente de demencia.

Aunque la edad es su principal factor de riesgo, no debe considerarse una consecuencia normal del envejecimiento. También pueden influir los antecedentes familiares y otros factores individuales, y en algunos casos la enfermedad puede comenzar antes de los 65 años.

"Cuando alguien que siempre se ha organizado bien empieza a tener dificultades reiteradas para manejar asuntos cotidianos, seguir una conversación o desenvolverse en entornos conocidos, merece la pena estudiarlo", señala el especialista.


¿A qué señales debemos prestar atención?

Los síntomas iniciales pueden confundirse con cansancio, estrés, depresión o despistes habituales. Entre las señales a las que conviene prestar atención se encuentran:

  • Dificultad para recordar conversaciones o hechos recientes.
  • Repetición frecuente de preguntas o comentarios.
  • Olvido de citas, encargos o información importante.
  • Problemas para encontrar palabras o seguir una conversación.
  • Desorientación temporal o dificultad para orientarse.
  • Errores al gestionar dinero, medicación u otras tareas conocidas.
  • Pérdida de iniciativa, apatía, irritabilidad o cambios de conducta.
  • Mayor lentitud, inseguridad o abandono de actividades habituales.

En ocasiones, estos cambios son más evidentes para la familia que para la propia persona. Por ello, la información del entorno resulta especialmente útil para conocer cuándo comenzaron los síntomas, cómo han evolucionado y hasta qué punto están afectando a su autonomía.

"La familia aporta una perspectiva que muchas veces no obtenemos únicamente en la consulta. Puede explicar, por ejemplo, si una dificultad ha aparecido recientemente, si se está repitiendo o si está modificando la forma en que esa persona se relaciona, se organiza o realiza sus actividades habituales. Esa información tiene un gran valor clínico", afirma el doctor.


¿Cómo se llega al diagnóstico?

La presencia de estos síntomas no significa necesariamente que exista una enfermedad de Alzheimer. Alteraciones del sueño, trastornos del ánimo, determinados medicamentos y otras enfermedades pueden producir dificultades cognitivas, por lo que el diagnóstico requiere una valoración individualizada.

El estudio comienza con una historia clínica detallada y una exploración neurológica. A ello suele sumarse una evaluación cognitiva que permite analizar de forma objetiva funciones como la memoria, la atención, el lenguaje o la capacidad ejecutiva. Según los hallazgos y las características de cada paciente, pueden indicarse análisis, pruebas de neuroimagen u otras exploraciones complementarias.

Existen biomarcadores que permiten confirmar el diagnóstico de una forma más precisa: la determinación de proteína tau y amiloide (y su cociente) ya sea en líquido cefalorraquídeo o en plasma (pTau-217). También se incluyen las pruebas PET de amiloide o de tau como diagnóstico de confirmación.

"Nuestro objetivo no es poner una etiqueta a un síntoma, sino entender cuál es su causa. Para llegar a un diagnóstico necesitamos integrar cómo han comenzado y evolucionado los cambios, la exploración neurológica, el rendimiento cognitivo y, cuando está indicado, las pruebas complementarias. Ese proceso permite distinguir entre distintas causas de deterioro y plantear el seguimiento más adecuado", explica el especialista.

Llegar antes a una valoración permite, además, planificar los siguientes pasos con el paciente y su familia. Cuando existe una enfermedad neurodegenerativa, el seguimiento neurológico sirve para valorar su evolución, adaptar las opciones terapéuticas a cada fase y abordar las necesidades que pueden ir apareciendo.

"El diagnóstico afecta a la persona, pero también a su entorno. Por eso la atención no termina al identificar la enfermedad: implica explicar qué está ocurriendo, resolver dudas, acompañar la evolución y ayudar a la familia a anticipar decisiones y necesidades. Ese acompañamiento forma parte de una atención neurológica de calidad", concluye el Dr. Balaguer, facultativo especialista en Neurología del Hospital Universitari General de Catalunya.