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En verano, los baños en piscinas y playas forman parte del día a día de muchas familias. Los niños pasan más tiempo en el agua, se sumergen, juegan y repiten los baños varias veces al día, lo que puede mantener el oído húmedo durante más tiempo y favorecer la aparición de molestias o infecciones.

"El contacto repetido con el agua contribuye a mantener húmeda la piel del conducto auditivo y debilitar su función protectora, favoreciendo la aparición de irritaciones o infecciones. En los más pequeños, estas molestias pueden traducirse en dolor o sensación de oído taponado, pero también mostrarse irritables, dormir peor o evitar que les toquen la oreja", apunta el Dr. Henry José Marcano, jefe de Servicio del área de Pediatría del Hospital Quirónsalud del Vallès.


¿Qué es la otitis?

La otitis es una inflamación del oído que, en algunos casos, puede estar relacionada con una infección. Según la zona afectada, se diferencia entre otitis externa, media e interna.

La otitis externa se localiza en el conducto auditivo y es frecuente tras los baños, por lo que también se conoce como "oído del nadador". En cambio, la otitis media afecta al espacio situado detrás del tímpano y es habitual durante la infancia. Y, por último, la interna es menos frecuente y puede alterar la audición y el equilibrio.

"Ante un dolor de oído, lo importante no es solo cuánto duele, sino cómo ha empezado, cómo evoluciona y qué otros síntomas aparecen. Esa información, junto con la exploración, ayuda a diferenciar una irritación leve de una otitis que requiere tratamiento", sostiene el especialista.


¿Por qué puede aparecer después del baño?

El agua que permanece en el conducto auditivo puede reblandecer la piel y alterar su barrera protectora, favoreciendo la proliferación de bacterias u hongos.

Introducir bastoncillos para secar o limpiar el oído puede producir pequeñas lesiones, eliminar parte del cerumen protector o desplazar la suciedad hacia el interior.

"Después del baño, lo adecuado es secar únicamente la parte externa y facilitar la salida natural del agua. Intentar limpiar el oído en profundidad suele ser contraproducente, porque los bastoncillos pueden empujar el cerumen hacia dentro y producir lesiones que facilitan la inflamación o la infección", explica el Dr. Marcano.


Síntomas que conviene reconocer

El dolor de oído es la manifestación más frecuente, pero también pueden aparecer:

  • Sensación de oído taponado.

  • Picor.

  • Disminución temporal de la audición.

  • Fiebre.

  • Zumbidos.

  • Secreción o supuración.

En niños pequeños, el malestar puede manifestarse con irritabilidad, llanto, dificultad para dormir o rechazo de la comida. Tocarse la oreja de forma repetida puede acompañar al dolor, aunque este gesto aislado no confirma una otitis.

La aparición de vértigo, problemas de equilibrio, inflamación alrededor de la oreja o debilidad facial requiere valoración médica rápida.


Qué hacer ante el dolor de oído

Hasta conocer la causa, conviene mantener el oído seco y evitar nuevos baños. Además, no deben introducirse bastoncillos, algodón, pinzas ni otros objetos.

Tampoco se recomienda aplicar gotas, antibióticos, alcohol, aceite o remedios caseros sin indicación profesional, puesto que algunos productos pueden resultar inadecuados si existe una lesión o perforación del tímpano.

El tratamiento dependerá del tipo de otitis y de su origen. Puede incluir medidas para controlar el dolor y, cuando esté indicado, medicación tópica u oral.

"El tratamiento debe adaptarse al tipo de otitis y al estado del tímpano. Aplicar gotas o administrar antibióticos por cuenta propia puede enmascarar los síntomas o resultar inadecuado para la causa real del dolor", afirma el experto en Pediatría.


¿Cuándo acudir al pediatra?

Conviene consultar si el dolor de oído es intenso, persiste o empeora. También si aparece fiebre, supuración o una pérdida apreciable de audición; o si los síntomas no mejoran en 24 o 48 horas.

Asimismo, debe valorarse con especial prudencia en lactantes y niños pequeños, ante episodios repetidos o cuando el cuadro se acompaña de decaimiento, vómitos, mareo, inflamación alrededor de la oreja o alteraciones del equilibrio.

"El dato más útil es la evolución. Un dolor que no mejora, se acompaña de fiebre o supuración o empieza a limitar el descanso y la actividad del niño debe valorarse para orientar el tratamiento adecuado", concluye el jefe de Servicio del área de Pediatría del Hospital Quirónsalud del Vallès.