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Las pantallas forman parte de la rutina diaria y cumplen una función útil en el trabajo, el ocio y la comunicación. El problema no reside en su uso, sino en cómo se utilizan y en el espacio que terminan ocupando en el día a día. Cuando el tiempo de exposición aumenta, se encadenan tareas sin pausas y desaparecen los momentos de descanso real, pueden empezar a aparecer efectos sobre el sueño, la concentración y el bienestar emocional.

La llamada sobrecarga digital no depende solo de cuántas horas se pasa ante una pantalla, también influye la forma en que se consume ese contenido. Alternar constantemente aplicaciones, recibir notificaciones continuas, enlazar estímulos rápidos o utilizar dispositivos en momentos que deberían estar destinados al descanso, dificulta que el cerebro tenga pausas reales y favorece una sensación de fatiga mental que puede acabar repercutiendo en el rendimiento cognitivo y en la regulación emocional.

"Los dispositivos electrónicos no son un problema en sí mismos. La dificultad aparece cuando su uso ocupa todo el espacio disponible, elimina las pausas y hace que el cerebro encadene estímulos sin tiempo real de recuperación", explica el Dr. Gustavo Adolfo Cañete, jefe del servicio de Psiquiatría del Hospital Quirónsalud del Vallès.


Cuando la conexión constante empieza a pasar factura

Uno de los primeros ámbitos en los que suele notarse un uso poco equilibrado de pantallas es el descanso. La estimulación cognitiva mantenida y la exposición a la luz de los dispositivos dificultan la desconexión previa al sueño y pueden retrasar la conciliación o hacer que el descanso sea menos reparador.

También puede aparecer una mayor dificultad para mantener la atención en tareas sostenidas, sobre todo cuando se está muy habituado a estímulos breves, rápidos y cambiantes. No se trata tanto de una pérdida brusca de capacidad como de una adaptación a un tipo de consumo que favorece la inmediatez y hace más difícil sostener el foco en actividades prolongadas o menos estimulantes.

A ello se suma su posible impacto en el ánimo. La falta de pausas, la sensación de saturación y la dificultad para desconectar pueden traducirse en irritabilidad, cansancio mental, menor tolerancia a la frustración o sensación de agobio al final del día.

"Muchas personas no consultan por un malestar claramente identificable, sino por una sensación de saturación, dificultad para concentrarse o cansancio mental al final del día. A menudo, detrás hay una rutina digital sin apenas momentos de desconexión", señala el especialista.


Un impacto que puede ser mayor en niños y adolescentes

Aunque la sobrecarga digital puede afectar a cualquier edad, en niños y adolescentes conviene extremar la atención. En estas etapas, el uso de dispositivos no debería desplazar actividades básicas para su desarrollo y bienestar, como dormir bien, moverse, jugar o mantener relaciones presenciales.

En la práctica, puede ser útil establecer momentos sin pantallas, sacar el móvil del dormitorio y pactar una rutina de cierre digital al final del día.

"Más que prohibir, lo importante es ordenar el uso de los dispositivos y evitar que ocupen espacios clave como el descanso, la comida o la desconexión al final del día. Ahí es donde suelen empezar muchos de los problemas", explica el Dr. Cañete.


Pequeños cambios para un uso más equilibrado

Algunas medidas sencillas pueden ayudar a mejorar la relación con las pantallas y reducir su impacto sobre el sueño, la atención y el estado de ánimo:

  • introducir pausas breves y regulares durante el uso continuado de dispositivos;
  • evitar alternar de forma constante entre aplicaciones, tareas o contenidos;
  • revisar qué notificaciones son realmente necesarias y reducir las que interrumpen de forma continua;
  • limitar el consumo de contenidos muy breves o muy estimulantes cuando ya existe cansancio mental;
  • reservar la última parte del día para actividades menos activadoras y favorecer una desconexión progresiva antes de dormir;
  • compensar el tiempo de pantalla con movimiento, descanso y actividades presenciales.

"No siempre hace falta hacer cambios drásticos. A menudo, basta con reducir la estimulación continua, introducir pausas y recuperar momentos de desconexión real para notar mejoría en el descanso, en la concentración y en cómo nos encontramos durante el día", concluye el Dr. Cañete.