Artrosis y frío, por qué el descenso de temperatura puede aumentar la rigidez y el dolor articular

Con la llegada del frío, muchas personas que conviven con artrosis notan un empeoramiento de los síntomas: las articulaciones se sienten más rígidas al levantarse, el movimiento cuesta más y el dolor aparece con mayor facilidad. No se trata solo de una percepción subjetiva. El descenso de la temperatura y la humedad ambiental pueden influir en cómo se manifiesta la enfermedad y en cómo se vive el día a día.
"El frío no provoca artrosis, pero sí puede aumentar la sensación de rigidez y dolor en las articulaciones que ya están afectadas", explica la Dra. Nuria Martí, jefa del Servicio de Reumatología del Hospital Universitari General de Catalunya.
¿Qué es la artrosis y cómo se manifiesta?
La artrosis es una enfermedad articular degenerativa caracterizada por el desgaste progresivo del cartílago que recubre los extremos de los huesos. Ese cartílago actúa como un amortiguador natural que permite que la articulación se mueva de forma suave. Cuando se deteriora, el rozamiento aumenta y aparecen síntomas como dolor, rigidez y pérdida de movilidad.
Según la Sociedad Española de Reumatología, su prevalencia se sitúa en torno al 29,35% en personas mayores de 40 años, lo que supone más de 7 millones de personas en España y más de 600 millones en el mundo.
"En localizaciones como las manos, su impacto en la autonomía es especialmente relevante: el dolor y la rigidez pueden dificultar tareas tan básicas como vestirse, cocinar o trabajar", apunta la especialista.
Medidas prácticas para aliviar el dolor y la rigidez en invierno
El frío y la humedad pueden intensificar los síntomas por varios motivos. Las bajas temperaturas favorecen la contracción muscular y reducen la elasticidad de los tejidos que rodean la articulación, lo que se traduce en mayor rigidez y dificultad para iniciar el movimiento.
Además, los cambios en la presión atmosférica, más frecuentes en invierno, pueden influir en la percepción del dolor en articulaciones ya sensibles. A ello se suma que, durante los meses fríos, muchas personas reducen su nivel de actividad física, permanecen más tiempo en reposo y se mueven menos, lo que contribuye a la sensación de "articulaciones agarrotadas".
Para minimizar este impacto, algunas medidas sencillas pueden ayudar en el día a día:
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Aplicar calor antes de moverse: una ducha templada, una manta eléctrica o calor local durante unos minutos ayuda a "despertar" la articulación antes de iniciar la actividad.
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Estirar a diario y mantenerse activo: caminar a ritmo suave, ejercicios de estiramiento en casa o actividades en piscina climatizada ayudan a preservar la movilidad y reducir el agarrotamiento.
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Evitar el sedentarismo prolongado: levantarse cada 45–60 minutos y hacer movimientos suaves disminuye la rigidez.
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Cuidar el peso corporal: reduce la carga sobre articulaciones como rodillas y caderas y puede mejorar el dolor a medio plazo.
Opciones terapéuticas cuando el dolor limita la calidad de vida
Cuando las medidas de autocuidado y el tratamiento conservador no son suficientes y el dolor se vuelve persistente o incapacitante, es importante consultar para valorar opciones terapéuticas ajustadas a cada caso. El abordaje suele combinar estrategias, según articulación afectada, intensidad de síntomas y perfil del paciente.
Una de ellas es la radioterapia a dosis bajas, una técnica con un largo recorrido en el ámbito médico que, aplicada de forma muy específica, puede contribuir a reducir el dolor y la inflamación en determinadas formas de artrosis. Su objetivo no es revertir el desgaste del cartílago, sino mejorar la sintomatología y facilitar la funcionalidad articular.
Este tipo de radioterapia actúa modulando la respuesta inflamatoria local, lo que puede traducirse en una disminución progresiva del dolor y de la rigidez. Se trata de un tratamiento no invasivo y que se valora siempre tras una evaluación clínica individualizada.
"No todos los pacientes con artrosis son candidatos a este abordaje. Su indicación depende de factores como la articulación afectada, la intensidad y persistencia del dolor, la respuesta a tratamientos previos y la situación clínica global del paciente", apunta la Dra. Martí. Por ello, su uso se plantea dentro de un enfoque médico riguroso y personalizado.
"La radioterapia a dosis bajas puede ser una herramienta útil para el control del dolor en artrosis concreta y bien seleccionada, especialmente cuando otras medidas no han sido suficientes", explica la jefa del Servicio de Reumatología del Hospital Universitari General de Catalunya.
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