Quirónsalud
Blog del Servicio de Alergología del Hospital Universitario Quirónsalud Pozuelo
"En la analítica de mi hijo ha salido positiva la IgE a la leche".
"Le han hecho las pruebas y es positivo al huevo, al trigo y a varios frutos secos".
"Como tiene la IgE positiva, nos han dicho que no puede comer ese alimento".

Son situaciones muy frecuentes en la consulta de Alergología Infantil y pueden generar mucha preocupación en las familias. Sin embargo, hay una idea fundamental que conviene conocer: tener una prueba de alergia positiva no significa necesariamente que el niño sea alérgico a ese alimento, es decir, sensibilización no es lo mismo que alergia.
Cuando realizamos un prick test en la piel o medimos en sangre la IgE específica frente a un alimento, estamos buscando si el sistema inmunitario del niño ha producido anticuerpos IgE frente a ese alimento. Si la prueba es positiva, hablamos de sensibilización. Pero para hablar de alergia alimentaria, necesitamos demostrar que esa sensibilización tiene relevancia clínica: es decir, que la exposición al alimento provoca por sí solo o en presencia de cofactores, una reacción compatible con una alergia. Por eso, una prueba positiva debe interpretarse siempre junto con la historia clínica.
Un ejemplo, imaginemos un niño al que se realiza una analítica y aparece una IgE específica positiva frente al kiwi. Esto nos indica que está sensibilizado frente a algún componente relacionado con el kiwi, pero no nos permite afirmar por sí solo que el niño sea alérgico al kiwi. Si el niño come kiwi habitualmente y nunca ha presentado síntomas, la interpretación será muy diferente de la de un niño que cada vez que lo consume desarrolla urticaria, hinchazón o dificultad respiratoria o la de un niño que hace varios años que no lo come y desconoce su tolerancia actual.
Por eso, en Alergología, la historia clínica es el punto de partida del diagnóstico. ¿Entonces para qué sirven las pruebas de alergia?
Son herramientas fundamentales, pero deben utilizarse de forma dirigida. El prick test y la determinación de IgE específica pueden ayudar a confirmar que existe sensibilización frente al alimento que sospechamos y, dependiendo del alimento y de los resultados obtenidos, pueden aportar información muy útil sobre la probabilidad de que exista una alergia clínica.
Además, en algunos alimentos podemos estudiar proteínas alergénicas concretas mediante el llamado diagnóstico molecular o diagnóstico por componentes y que nos dan información de si se relacionan con reacciones más graves o no, o si otros alimentos pueden darnos alergia por parecido entre sus proteínas. Por ejemplo, en algunos niños con sospecha de alergia a los frutos secos, conocer frente a qué proteínas concretas existe sensibilización puede ayudar al alergólogo a interpretar mejor el resultado y ser más o menos restrictivo en sus recomendaciones.
Sin embargo, incluso las técnicas más avanzadas tienen sus limitaciones y no sustituyen automáticamente a la valoración clínica ni a la provocación oral cuando esta está indicada.
¿Y qué ocurre si la prueba es positiva pero el niño nunca ha tenido síntomas?
Esta es una de las situaciones en las que más dudas pueden surgir. Si un niño está comiendo un alimento con normalidad y no presenta síntomas, una prueba positiva no debería llevar automáticamente a retirar ese alimento de su dieta sino que el alergólogo deberá valorar al paciente antes de tomar una decisión y analizar entre otras cosas si hay tolerancia verdadera (hay casos que toleran el alimento y sin embargo al comerlo en presencia de un cofactor como el ejercicio, desarrollan síntomas alergicos).
Eliminar alimentos sin una indicación clara puede tener consecuencias importantes: restricciones dietéticas innecesarias, ansiedad en el niño y la familia, dificultades en el colegio o en situaciones sociales y, especialmente en niños pequeños, riesgo de que la dieta sea nutricionalmente menos adecuada. De hecho, se han publicado estudios en niños a los que se habían retirado alimentos principalmente por presentar una IgE positiva y que, tras realizar una provocación oral, pudieron volver a incorporarlos a su alimentación. Por eso, ante una prueba positiva, la pregunta no debería ser únicamente: "¿A qué alimentos ha dado positivo?" sino: "¿Qué significado y qué repercusión puede tener este resultado en este niño concreto?"
Cuando existe una duda razonable sobre si un niño es realmente alérgico a un alimento, el alergólogo puede plantear una prueba de provocación oral. Consiste en administrar el alimento de forma controlada y progresiva, siguiendo un protocolo establecido y bajo supervisión médica. Es una prueba especialmente importante porque permite responder a la pregunta que realmente queremos resolver: ¿Este niño puede comer este alimento sin presentar una reacción alérgica? La provocación oral se considera el método de referencia para confirmar o descartar una alergia alimentaria mediada por IgE cuando el diagnóstico no puede establecerse únicamente con la historia clínica y las pruebas disponibles.
No obstante, no es necesario realizar una provocación a todos los niños con una prueba positiva. La decisión debe individualizarse, teniendo en cuenta la historia clínica, el alimento implicado, los resultados de las pruebas y el riesgo de la prueba.
En resumen:
Por eso, ante una analítica con varias IgE positivas, lo más importante no es hacer una lista de alimentos que el niño "no puede comer", sino acudir a un alergólogo para interpretar cada resultado dentro de su historia clínica.
Una buena valoración alergológica puede evitar tanto el riesgo de pasar por alto una alergia real como el de imponer al niño restricciones alimentarias innecesarias.
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Lourdes Pérez González |
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