Quirónsalud
Blog del Dr. Daniel Martín Fernández-Mayoralas. Neurología. Complejo Hospitalario Ruber Juan Bravo y Olympia Centro Médico Pozuelo
Una explicación para familias, pacientes y público general

Un fenómeno que llamó la atención durante la pandemia
Los tics son movimientos o sonidos breves, repetitivos y difíciles de controlar por completo. Forman parte de trastornos bien conocidos, entre ellos el síndrome de Tourette. Sin embargo, durante la pandemia de COVID-19 comenzaron a llegar a consultas de distintos países muchos adolescentes y jóvenes con una presentación llamativa: movimientos, sonidos, palabras o conductas que parecían tics, pero que habían aparecido de forma muy rápida, a menudo con gran intensidad y con características poco habituales en el Tourette clásico.
A este cuadro se le denomina actualmente functional tic-like behaviours (FTLB), que podríamos traducir como comportamientos funcionales parecidos a tics o, de forma más sencilla, tics funcionales. Se consideran una manifestación de un trastorno neurológico funcional.
Conviene aclarar desde el principio algo fundamental: «funcional» no significa fingido, voluntario ni imaginario. Los síntomas son reales y pueden producir un deterioro importante de la vida escolar, familiar y social. Lo que cambia respecto a los tics propios del síndrome de Tourette es el mecanismo por el que se generan.
El interés científico por estos cuadros creció con enorme rapidez. Un consenso internacional de expertos de la European Society for the Study of Tourette Syndrome (ESSTS), publicado por Pringsheim y colaboradores en 2023, propuso criterios clínicos para reconocerlos. Más recientemente, Andersen y colaboradores han revisado la literatura acumulada durante los cinco años posteriores al inicio de la pandemia.
Su revisión incluyó 24 estudios: 16 sobre características clínicas, seis de seguimiento y solamente dos centrados específicamente en el tratamiento. Este último dato es importante: sabemos bastante más sobre cómo reconocer los tics funcionales que sobre cuál es la mejor manera de tratarlos.
No son simplemente un Tourette que empieza tarde
La edad de aparición proporciona una primera pista.
En los estudios resumidos por Andersen, la edad media de comienzo fue de 7,4 años en los grupos con síndrome de Tourette y de 15,6 años en los grupos con FTLB.
La diferencia es considerable, pero no debe convertirse en una regla automática. El síndrome de Tourette, según los criterios DSM-5-TR, debe comenzar antes de los 18 años. Por tanto, que unos tics aparezcan durante la adolescencia no permite concluir por sí solo que sean funcionales. Del mismo modo, una persona que ya tenía un trastorno de tics puede desarrollar posteriormente síntomas funcionales añadidos.
Más informativa que la edad aislada puede ser la velocidad con la que aparece el cuadro.
Los tics típicos suelen desarrollarse gradualmente. Aparece inicialmente un repertorio relativamente limitado, que va cambiando con el tiempo; unos tics desaparecen, otros aparecen y su intensidad aumenta y disminuye.
En los tics funcionales, por el contrario, el comienzo puede ser tan rápido que el adolescente o sus padres recuerdan la semana, el día o incluso la situación concreta en que empezó todo. En pocos días o semanas pueden aparecer numerosos movimientos y vocalizaciones y alcanzar rápidamente una intensidad considerable.
El consenso de la ESSTS utiliza precisamente tres grandes grupos de información para diferenciarlos:
Para considerar un cuadro clínicamente definido deben cumplirse los tres criterios mayores. Para considerarlo clínicamente probable se requieren dos criterios mayores y uno menor.
¿Cómo son los tics funcionales?
No existe un único «tic funcional». De hecho, una de las conclusiones importantes de la revisión de Andersen es precisamente la heterogeneidad del fenómeno.
Aun así, algunos patrones aparecen con mayor frecuencia.
Los FTLB tienden a incluir comportamientos más complejos: movimientos amplios de brazos y manos, golpearse el pecho o la cabeza, tocar o golpear a otras personas, lanzar objetos, realizar gestos ofensivos, quedarse bloqueado o presentar episodios muy intensos y prolongados que se han denominado tic attacks.
Las vocalizaciones también pueden ser complejas: palabras, frases completas o expresiones ofensivas, en ocasiones sorprendentemente dependientes de la situación en la que se encuentra el paciente.
Esto merece una aclaración porque existe una imagen popular bastante distorsionada del síndrome de Tourette. La coprolalia, es decir, pronunciar palabras obscenas o socialmente inapropiadas de manera involuntaria, es probablemente uno de sus síntomas más conocidos por el público, pero en realidad solo aparece en una minoría de las personas con Tourette.
En los estudios reunidos por Andersen, las vocalizaciones y conductas complejas de este tipo fueron considerablemente más frecuentes entre los pacientes con FTLB que entre los grupos comparadores con Tourette.
El consenso ESSTS considera también orientadores otros rasgos: presentar desde el principio numerosos movimientos complejos, estereotipias o manierismos; que un mismo movimiento aparezca de forma variable; movimientos amplios o «balísticos»; que los síntomas no sigan la progresión habitual desde la cara y la cabeza hacia otras partes del cuerpo; palabras o frases muy dependientes del contexto, o comportamientos que recuerden a los observados previamente en otras personas o en determinadas referencias culturales.
También pueden existir oscilaciones extraordinarias dentro de un mismo día. Hay actividades durante las cuales los síntomas desaparecen prácticamente durante horas y otras situaciones en las que se intensifican de manera espectacular. Pueden incorporarse síntomas nuevos cada pocos días y, en algunos pacientes, aumentar durante la propia exploración médica.
Para cumplir el criterio fenomenológico propuesto por la ESSTS deben aparecer al menos cuatro de nueve características clínicas de este tipo.


La vuelta al cole puede ser un momento especialmente sensible para muchos niños y adolescentes con TDAH. Después de varias semanas con horarios más flexibles, menos demandas académicas y más tiempo libre, de pronto vuelven los madrugones, las prisas, los deberes, las agendas, las extraescolares y las normas del aula.
Esto no significa que septiembre tenga que ser necesariamente un desastre. Al contrario: cuando la familia prepara la transición con cierta antelación, la vuelta al colegio puede ser mucho más tranquila. El objetivo no es empezar el curso con una organización perfecta, sino reducir el caos de los primeros días y ayudar al niño a recuperar rutinas sin vivirlo como un castigo.
En los niños con TDAH, los cambios bruscos suelen costar más. No es falta de voluntad. El problema está en funciones como la planificación, la gestión del tiempo, la inhibición de impulsos, la memoria de trabajo y la regulación emocional. Por eso, pequeños apoyos externos pueden marcar una gran diferencia.
La regla de las dos semanas
Una recomendación sencilla es empezar a preparar la vuelta al cole unas dos semanas antes del primer día de clase. No hace falta transformar la casa en un cuartel ni adelantar todos los horarios de golpe. Suele funcionar mejor hacer una transición gradual.
El mensaje para el niño no debería ser "se acabó lo bueno", sino "vamos a ayudarte a que el inicio sea más fácil". Ese cambio de enfoque reduce mucha resistencia.
Preparar también la parte emocional
Algunos niños dicen claramente que están "nerviosos" (por "ansiosos" en realidad). Muchos expresan su ansiedad con dolor abdominal (habitualmente alrededor del ombligo), dolor de cabeza, irritabilidad, mal humor, dificultades para dormir o rechazo a hablar del colegio. En todos esos casos conviene validar la emoción antes de intentar corregir la conducta.
Frases como "entiendo que te dé pereza volver" o "es normal estar algo nervioso cuando empieza un curso nuevo" suelen abrir más puertas que "no pasa nada" o "no exageres". Validar no significa permitir cualquier comportamiento, sino reconocer que la emoción existe para poder manejarla mejor.
Visitar el colegio y ensayar lo básico
Cuando hay cambio de centro, cambio de etapa o paso a un edificio nuevo, puede ayudar mucho hacer una visita previa. No siempre es posible, pero cuando el colegio lo permite, ver el aula, la entrada, el baño, el comedor o el lugar donde se deja la mochila reduce la incertidumbre.
En niños con TDAH no basta con explicar muchas veces una rutina. A menudo necesitan verla, practicarla y repetirla. Por eso resulta útil ensayar tareas aparentemente simples: preparar la mochila, meter la agenda en el sitio correcto, elegir la ropa del día siguiente o comprobar el horario.

Organización: cuanto más visible, mejor
La organización no debe depender solo de la memoria del niño. Para muchos niños con TDAH, "acuérdate" no es una estrategia suficiente. Funcionan mejor los apoyos visibles, sencillos y repetidos.
La clave es que el sistema sea tan simple que pueda mantenerse incluso en semanas complicadas. Un plan muy sofisticado que se abandona a los cuatro días no ayuda.
El "doble cuerpo": estar cerca sin hacerlo por él
Una herramienta muy útil es el llamado "doble cuerpo" o body doubling. Consiste en que un adulto esté presente mientras el niño inicia una tarea, sin hacerla por él. Por ejemplo, el padre puede leer o trabajar en la misma habitación mientras el niño prepara la mochila o coloca el material.
La presencia del adulto actúa como un ancla: reduce la distracción, facilita el inicio de la tarea y evita que todo termine en una discusión. Es importante no convertirlo en vigilancia constante ni en interrogatorio. La idea es acompañar el arranque para que el niño vaya ganando autonomía.
Hablar con el colegio antes de que aparezca el problema
Siempre que sea posible, es útil contactar con el tutor o el equipo de orientación al inicio del curso. No se trata de etiquetar al niño, sino de explicar qué estrategias suelen ayudarle y qué situaciones le desregulan más.
En España no hablamos habitualmente de Plan 504 o IEP, como en el sistema estadounidense. Lo práctico es revisar con el colegio las medidas de apoyo disponibles: asiento preferente, instrucciones por pasos, revisión de agenda, reducción de carga cuando sea necesario, más tiempo en exámenes, supervisión de transiciones o coordinación con orientación.
Medicación: no improvisar en septiembre
Si el niño ha hecho "descanso" o ha disminuido variado la dosis de medicación, oincluso ha variado el/los fáramcos en verano, septiembre no debería ser el momento de improvisar. Es recomendable revisar con su médico cuándo reiniciar, o aumentar la dosis, qué dosis y qué objetivos se buscan: atención en clase, menor impulsividad, mejor convivencia, menos accidentes, más capacidad para terminar tareas o mejor regulación emocional.
En algunos niños tiene sentido retomar el tratamiento unos días antes del inicio escolar para observar tolerancia, apetito, sueño y duración del efecto. En otros casos puede preferirse empezar con el colegio. La decisión debe individualizarse, especialmente si durante el verano hubo pérdida de peso, insomnio, irritabilidad o cambios importantes en la conducta.
Cinco objetivos realistas para las primeras semanas
Estos objetivos parecen modestos, pero son muy importantes. La vuelta al cole no se gana en un solo día; se construye durante las primeras semanas.
Cuidado con llenar septiembre de exigencias
Después del verano, muchas familias intentan recuperar de golpe todo lo pendiente: horarios, lectura, cuadernos, deporte, idiomas, música y normas nuevas. En un niño con TDAH, demasiados cambios simultáneos pueden provocar bloqueo o explosiones de conducta.
Es preferible elegir dos o tres prioridades y consolidarlas. Cuando una rutina funciona, se añade otra. La consistencia suele ser más eficaz que la intensidad.
Mensaje final para las familias
La vuelta al cole de un niño con TDAH no necesita perfección; necesita preparación, estructura y adultos que entiendan cómo funciona su cerebro. Anticipar, simplificar, acompañar el inicio de las tareas, proteger el sueño y coordinarse con el colegio puede cambiar mucho el clima familiar.
El objetivo no es que el niño empiece septiembre sin dificultades, sino que no se sienta solo frente a ellas. Cuando el entorno está bien organizado, muchos niños con TDAH pueden volver al colegio con más seguridad, menos conflictos y más confianza en sus propias capacidades.

Enlace al video explicativo: https://www.youtube.com/watch?v=Hxh9dqaCLs0

Cada mes de junio muchas familias plantean la misma pregunta en la consulta: «¿Qué hacemos con el TDAH durante el verano?». ¿Conviene suspender la medicación? ¿Es bueno dejar descansar al niño? ¿Le vendrá bien un campamento? ¿Debe seguir estudiando? ¿Hay que mantener horarios o podemos relajarlos?
La respuesta es sencilla de formular, aunque no siempre de aplicar: depende del niño. No existe una receta universal. El objetivo no es convertir el verano en una prolongación del colegio, pero tampoco dejarlo todo al azar: actualmente disponemos de una cantidad considerable de evidencia científica que permite orientar a las familias y evitar algunos errores frecuentes.
Durante años se habló del verano como una especie de "pausa terapéutica". Al desaparecer los deberes y los exámenes, parecía que el TDAH también quedaba en suspenso. Sin embargo, el colegio es solo uno de los escenarios donde se manifiesta. La impulsividad, las dificultades para organizarse, la baja tolerancia a la frustración o los problemas para regularse pueden seguir presentes en casa, con los hermanos, en los viajes, en los campamentos o en la convivencia diaria.
La buena noticia es que el verano también puede ser una gran oportunidad. Con menos presión académica, muchas familias pueden trabajar aspectos que durante el curso quedan tapados por los deberes: autonomía, habilidades sociales, autoestima, deporte, sueño y relación familiar.

Por eso, el objetivo del verano no debería ser "olvidarse del TDAH", sino aprovechar un entorno más flexible para fortalecer habilidades que el niño necesitará durante todo el año.
Para conseguirlo, conviene organizar el verano alrededor de cinco claves sencillas:

El mejor verano para un niño con TDAH no es necesariamente el más relajado, sino el que consigue combinar diversión, autonomía, movimiento, descanso y una estructura suficiente para que pueda funcionar mejor.
Cinco ideas prácticas para empezar este verano
Mantener una hora razonable para acostarse y levantarse, aunque sea más flexible que durante el curso.
Planificar cada día una actividad física o al aire libre.
Reducir pantallas por la noche y evitar que sean el eje de todo el verano.
Dar pequeñas responsabilidades: preparar la mochila de la piscina, ayudar en una compra o cuidar una rutina sencilla.
Buscar experiencias de éxito: deporte, música, lectura compartida, cocina, excursiones o cualquier actividad en la que el niño pueda sentirse capaz.
Los niños con TDAH suelen ir mejor cuando el verano no es completamente caótico ni completamente rígido. Necesitan descanso, juego y desconexión del colegio, pero también una organización básica que les permita anticipar qué va a ocurrir, qué se espera de ellos y cómo pueden conseguir refuerzos positivos.
Uno de los modelos más estudiados con demostración de mejoras medibles de los síntomas del TDAH, son los llamados Summer Treatment Programs, o programas terapéuticos de verano. Son programas intensivos, desarrollados inicialmente por Pelham y colaboradores, dirigidos sobre todo, aunque no exclusivamente, a niños de 6 a 12 años con TDAH. Se desarrollaron inicialmente en Estados Unidos y combinan deporte, actividades académicas breves, entrenamiento en habilidades sociales, normas claras, sistemas de puntos, recompensas y trabajo con las familias. No equivalen a un campamento ordinario y no siempre son fáciles de trasladar a nuestro entorno, pero nos enseñan algo muy útil: los niños con TDAH mejoran cuando el ambiente es previsible, activo y positivo.
La mayoría de los niños con TDAH pueden disfrutar de campamentos ordinarios cuando existe una supervisión adecuada y los monitores conocen sus necesidades. Conviene informar al campamento de forma clara y práctica: qué le ayuda, qué situaciones le cuestan más y qué estrategias suelen funcionar. No se trata de etiquetar al niño, sino de darle más oportunidades de éxito.
El verano también puede reforzar la autoestima. Aprender una habilidad nueva, participar en un deporte, hacer una excursión o asumir pequeñas responsabilidades puede ayudar a que el niño se vea menos definido por sus dificultades escolares y más por sus capacidades reales.


En cuanto a la medicación, las llamadas "vacaciones terapéuticas" pueden ser razonables en algunos casos, por ejemplo si hay pérdida de apetito intensa y significativa, problemas de sueño de difícil control, bajo peso o, sobre todo, preocupación por el crecimiento. Pero no deberían hacerse de forma automática. Es más: las "vacaciones terapéuticas" deben ser la excepción, no la regla. La mayoría de niños siguen beneficiándose del tratamiento farmacológico aunque no tengan colegio, no solo para regular mejor la impulsividad, la convivencia, los viajes, los campamentos o las actividades sociales, sino también cuando la concentración está moderadamente afectada. No solo se aprende en el colegio. La decisión debe tomarse con el médico especialista (neuropediatra psquiatra infanto-juvenil) , valorando beneficios y riesgos en cada caso.

La actividad física es otro pilar fundamental. Sabemos que el ejercicio regular puede ayudar a mejorar la atención, la impulsividad, las funciones ejecutivas y el estado de ánimo. En la práctica, esto significa que el verano debería incluir movimiento diario: deporte, piscina, bicicleta, caminatas, juegos al aire libre, artes marciales o deportes de equipo. No se trata solo de "cansar al niño", sino de ayudar a su cerebro a autorregularse mejor.
El sueño merece una atención especial. Muchos niños con TDAH tienen dificultad para dormirse, despertares, sueño insuficiente o ritmos muy retrasados. Cuando duermen mal, suelen estar más irritables, más impulsivos y con peor atención durante el día. Por eso conviene evitar que el verano se convierta en un desorden completo de horarios. Puede haber más flexibilidad que durante el curso, pero manteniendo una hora razonable de acostarse y levantarse, reduciendo pantallas por la noche y buscando luz natural por la mañana.
Los padres. El manejo del TDAH no depende solo del niño y hay evidencia científica sobre el entrenamiento conductual para padres. Las normas claras, las instrucciones breves, los refuerzos positivos, la anticipación de transiciones y la coherencia entre adultos pueden cambiar mucho el clima familiar. El verano puede ser una buena oportunidad para practicar estas estrategias sin la presión diaria de deberes y exámenes.

En resumen: el verano de un niño con TDAH debe ser más flexible que el curso escolar, pero no completamente desorganizado. El objetivo no es que estudie más ni que esté permanentemente ocupado. El objetivo es que llegue a septiembre habiendo ganado autonomía, confianza, experiencias positivas y herramientas para desenvolverse mejor en su vida diaria.

La epilepsia con crisis mioclónico-atónicas es un síndrome epiléptico de la infancia. Durante muchos años se ha conocido como epilepsia mioclónico-astática o síndrome de Doose. En la clasificación actual de la ILAE se prefiere el término epilepsia con crisis mioclónico-atónicas, porque describe mejor el tipo de crisis más característico: una sacudida breve, seguida de una pérdida brusca de tono, que puede provocar una caída.
Es un síndrome poco frecuente, pero muy importante en neuropediatría porque puede comenzar de forma llamativa, con muchas crisis en poco tiempo, y porque a menudo genera gran preocupación en las familias. Además, puede confundirse con otros síndromes epilépticos de la infancia, como el síndrome de Lennox-Gastaut, el síndrome de Dravet, algunas epilepsias genéticas o metabólicas, y otros cuadros con caídas bruscas.
El objetivo de esta entrada es explicar, de forma comprensible para familias, qué es este síndrome, cómo se reconoce, qué papel tienen el EEG, la resonancia y la genética, y qué sabemos hoy sobre su evolución.
Diagnóstico diferencial
El diagnóstico diferencial es muy importante. Algunas epilepsias pueden parecerse mucho al inicio.
El síndrome de Lennox-Gastaut puede producir caídas y varios tipos de crisis, pero suele asociar crisis tónicas, especialmente durante el sueño, punta-onda lenta generalizada y actividad rápida paroxística en sueño.
El síndrome de Dravet suele comenzar antes, con crisis prolongadas desencadenadas por fiebre o enfermedad, a menudo durante el primer año de vida. Más adelante pueden aparecer mioclonías, pero no es típico que la crisis mioclónico-atónica sea la forma principal.
La epilepsia mioclónica del lactante puede empezar antes, pero las crisis no suelen tener la secuencia clara de sacudida seguida de pérdida de tono con caída.
También hay que considerar epilepsias con activación por sueño, epilepsias genéticas concretas, encefalopatías epilépticas del desarrollo y enfermedades metabólicas. Entre estas últimas, una de las más importantes es el déficit de GLUT1.
¿Qué es el déficit de GLUT1 y por qué importa?
El déficit de GLUT1 es una enfermedad causada por alteraciones en el gen SLC2A1. Este gen participa en el transporte de glucosa al cerebro. Cuando falla, el cerebro puede recibir menos combustible del que necesita.
El déficit de GLUT1 puede parecerse a una epilepsia con crisis mioclónico-atónicas. Puede asociar crisis, ausencias, movimientos anormales, problemas de coordinación, dificultades cognitivas o empeoramiento con el ayuno o el esfuerzo.
Es importante porque su diagnóstico cambia el tratamiento: la dieta cetogénica puede ser especialmente eficaz, ya que ofrece al cerebro una fuente alternativa de energía. Por eso, cuando el cuadro lo sugiere, debe considerarse de forma específica.
¿Tiene una causa genética?
Esta es una de las áreas que más ha cambiado en los últimos años. Antes se hablaba mucho del síndrome de Doose como si fuera una entidad bastante homogénea. Hoy sabemos que la epilepsia con crisis mioclónico-atónicas es más compleja.
En muchos niños no se encuentra una única causa genética clara. Puede existir una predisposición familiar o poligénica, parecida a la que se observa en otras epilepsias generalizadas. En estos casos, hay una susceptibilidad genética, pero no necesariamente una mutación única que explique todo.
En otros niños sí se identifican variantes en genes concretos. No existe "el gen del síndrome de Doose". Se han descrito muchos genes posibles, relacionados con canales iónicos, receptores, sinapsis, transportadores, regulación del desarrollo cerebral y funcionamiento neuronal. Entre los genes descritos en la literatura están SLC2A1, SLC6A1, CHD2, SCN1A, SCN2A, SCN8A, SYNGAP1, STXBP1, NEXMIF y otros.
Esto no debe asustar a las familias. La genética no significa fatalidad. Significa información. Puede ayudar a confirmar una causa, orientar el pronóstico, evitar pruebas innecesarias, ajustar el seguimiento, estudiar a la familia si procede y, en algunos casos, modificar el tratamiento.
¿Qué prueba genética conviene?
Durante años se han usado paneles de genes de epilepsia. Son útiles, pero tienen limitaciones: pueden quedarse cortos si no incluyen genes recientemente descritos o si la cobertura técnica no es adecuada.
Por eso, cada vez se recomienda más considerar estudios genéticos amplios, especialmente el exoma, sobre todo cuando hay datos atípicos, retraso del desarrollo, epilepsia resistente, afectación cognitiva, trastornos del movimiento, antecedentes familiares relevantes o evolución no esperada.
El exoma tiene una ventaja importante: si hoy no se encuentra una causa, puede reanalizarse en el futuro, cuando se descubran nuevos genes o nuevas asociaciones clínicas.
Dicho de forma sencilla: un estudio genético negativo no descarta el diagnóstico, y un estudio positivo no determina por sí solo el futuro del niño. La genética es una pieza más del puzzle.
¿Cuál es el pronóstico?
El pronóstico es variable. Algunos niños evolucionan muy bien, consiguen controlar las crisis y pueden incluso retirar medicación con el tiempo. Otros presentan epilepsia resistente, dificultades cognitivas, problemas de atención, alteraciones de conducta o discapacidad intelectual.
En la literatura reciente se insiste en una idea muy importante: el comienzo aparatoso, con muchas crisis al principio, no siempre predice una mala evolución. En cambio, el desarrollo global del niño antes y alrededor del inicio de la epilepsia parece ser un dato pronóstico muy relevante.
Esto significa que, además de contar crisis, hay que valorar lenguaje, motricidad, conducta, atención, sueño, aprendizaje y autonomía. La pregunta no es solo "¿cuántas crisis tiene?", sino también "¿cómo está funcionando el niño?".
El TDAH y las dificultades ejecutivas son frecuentes. Algunos niños tienen problemas de atención, impulsividad, inquietud, planificación, conducta o regulación emocional. Estos problemas pueden mejorar al controlar las crisis, pero a veces necesitan intervención específica: apoyo escolar, neuropsicología, logopedia, terapia ocupacional, orientación familiar o tratamiento farmacológico si está indicado.
¿Cómo se trata?
El tratamiento debe individualizarse. No hay una receta única válida para todos los niños.
Entre los fármacos clásicos utilizados en este síndrome están el valproato, las benzodiacepinas, la etosuximida cuando predominan ausencias, y otros fármacos según el tipo de crisis y el perfil del niño. En algunos casos pueden usarse combinaciones.
La dieta cetogénica tiene un papel importante, especialmente en casos resistentes y de forma muy especial si se sospecha o confirma déficit de GLUT1. No debe improvisarse: requiere un equipo con experiencia, seguimiento nutricional y control médico.
También es importante evitar fármacos que puedan empeorar algunas epilepsias generalizadas, dependiendo del caso. Por eso el diagnóstico sindrómico es tan relevante: no todas las caídas ni todas las mioclonías se tratan igual.
Los tratamientos más nuevos pueden ser útiles en situaciones concretas, pero la evidencia específica para este síndrome todavía es limitada. En una entrada dirigida a familias conviene ser prudentes: lo fundamental sigue siendo diagnosticar bien, valorar el desarrollo, tratar las crisis y acompañar al niño en su conjunto.
¿Qué deben vigilar las familias?
Las familias deben consultar si aparecen caídas bruscas repetidas, cabezadas repentinas, sacudidas breves, episodios de desconexión, empeoramiento del equilibrio, somnolencia extraña, cambios bruscos de conducta o periodos de confusión.
También deben vigilar el impacto en el colegio: atención, lenguaje, aprendizaje, memoria, conducta, sueño y fatiga. A veces el problema no es solo la crisis visible, sino el efecto acumulado de la actividad epiléptica, el sueño alterado, los tratamientos y la preocupación familiar.
En los niños con caídas frecuentes, la prevención de traumatismos es esencial. Puede ser necesario adaptar actividades, valorar protección craneal en fases de muchas caídas, informar al colegio y evitar situaciones de riesgo hasta que las crisis estén mejor controladas.
Mensaje final
La epilepsia con crisis mioclónico-atónicas, antes llamada síndrome de Doose, es una epilepsia infantil compleja, pero reconocible. Su signo más característico es la crisis con sacudida breve y pérdida brusca de tono, que puede provocar caídas repentinas.
Hoy sabemos que no es una enfermedad única y simple. Puede tener bases genéticas diferentes, evolución variable y necesidades distintas según cada niño. Por eso es importante hacer un diagnóstico cuidadoso, descartar otros síndromes, valorar el EEG, considerar la resonancia cuando proceda y no olvidar el estudio genético, especialmente si hay datos de alarma o evolución atípica.
Para las familias, el mensaje debe ser realista, pero no fatalista. Algunos niños tienen una evolución difícil al principio y luego mejoran mucho. Otros necesitan tratamientos prolongados y apoyos específicos. En todos los casos, el objetivo no es solo reducir crisis, sino proteger el desarrollo, el aprendizaje, la conducta, el sueño y la calidad de vida del niño y su familia.

La epilepsia con crisis mioclónico-atónicas es un síndrome epiléptico de la infancia. Durante muchos años se ha conocido como epilepsia mioclónico-astática o síndrome de Doose. En la clasificación actual de la ILAE se prefiere el término epilepsia con crisis mioclónico-atónicas, porque describe mejor el tipo de crisis más característico: una sacudida breve, seguida de una pérdida brusca de tono, que puede provocar una caída.
Es un síndrome poco frecuente, pero muy importante en neuropediatría porque puede comenzar de forma llamativa, con muchas crisis en poco tiempo, y porque a menudo genera gran preocupación en las familias. Además, puede confundirse con otros síndromes epilépticos de la infancia, como el síndrome de Lennox-Gastaut, el síndrome de Dravet, algunas epilepsias genéticas o metabólicas, y otros cuadros con caídas bruscas.
El objetivo de esta entrada es explicar, de forma comprensible para familias, qué es este síndrome, cómo se reconoce, qué papel tienen el EEG, la resonancia y la genética, y qué sabemos hoy sobre su evolución.
¿A qué edad aparece?
La epilepsia con crisis mioclónico-atónicas suele comenzar en la infancia, típicamente entre los 2 y los 5 años, aunque los criterios diagnósticos aceptan un rango aproximado entre los 6 meses y los 8 años. Es más frecuente en niños que en niñas.
Muchos niños han tenido un desarrollo previo normal. En otros puede existir algún retraso leve del lenguaje, del desarrollo motor o del aprendizaje antes del inicio de las crisis. Este dato es importante, no para alarmar, sino porque ayuda a valorar mejor el pronóstico y a decidir si conviene hacer estudios genéticos más amplios.
También puede haber antecedentes familiares de epilepsia o de crisis febriles. Esto no significa necesariamente que la familia haya "transmitido" directamente una enfermedad concreta, sino que en algunos casos existe una predisposición genética a tener crisis.
¿Cómo son las crisis?
La crisis más característica es la crisis mioclónico-atónica. Primero aparece una sacudida breve, como un sobresalto o una contracción brusca. Inmediatamente después se produce una pérdida de tono muscular. Si el niño está de pie, puede caerse al suelo; si está sentado, puede dar una cabezada brusca o desplomarse hacia delante.
Para las familias, estas crisis suelen ser muy impactantes porque las caídas pueden ser repentinas y provocar golpes. A veces se confunden con torpeza, tropiezos, desmayos o problemas de equilibrio, sobre todo al principio.
Además de las crisis mioclónico-atónicas, pueden aparecer otros tipos de crisis:
En algunos niños el inicio es explosivo, con muchas crisis en pocos días o semanas. A esto algunos autores lo llaman una fase "tormentosa". Aunque impresiona mucho, los estudios recientes sugieren que un inicio muy aparatoso no siempre implica un mal pronóstico por sí mismo.
¿Por qué se considera una encefalopatía epiléptica y del desarrollo?
Este síndrome se incluye dentro de las encefalopatías epilépticas y del desarrollo. Esta expresión puede sonar muy dura, pero conviene entenderla bien.
Significa que las crisis y las descargas epilépticas pueden interferir con el desarrollo del niño, con su atención, su lenguaje, su aprendizaje, su conducta o su sueño. También significa que en algunos niños puede existir una causa de base -por ejemplo genética- que contribuya tanto a la epilepsia como a las dificultades del desarrollo.
La parte positiva de este concepto es que controlar la epilepsia puede ayudar a mejorar la evolución cognitiva y conductual. En muchos niños, cuando las crisis se controlan y el EEG mejora, también mejora la atención, el rendimiento, la conducta y el funcionamiento diario.
Por eso no hay que mirar solo las crisis. Hay que valorar al niño completo: lenguaje, motricidad, atención, conducta, sueño, aprendizaje, autonomía y estado emocional de la familia.
¿Qué se ve en el electroencefalograma (EEG)?
El EEG es una prueba muy importante. Lo más típico es encontrar descargas generalizadas de punta-onda o polipunta-onda, generalmente entre 2 y 6 Hz. Estas descargas pueden aumentar con el sueño, con la privación de sueño o con maniobras de activación como la hiperventilación.
A veces las descargas generalizadas se fragmentan y pueden parecer focales o multifocales. Esto puede generar dudas, pero en este síndrome no debería existir una alteración focal persistente siempre en la misma zona. Si aparece una anomalía focal constante, hay que pensar en otras causas.
Durante una crisis mioclónico-atónica, el componente mioclónico se relaciona con una punta o polipunta generalizada; después aparece una onda lenta, que se corresponde con la pérdida de tono. En centros especializados, el vídeo-EEG con registro muscular puede demostrar esta secuencia con mucha precisión, aunque no siempre es imprescindible para el diagnóstico.
¿Hace falta una resonancia magnética?
La resonancia magnética cerebral suele ser normal. En mi opinión debe realizarse bien para diagnosticar el síndrome cuando el cuadro clínico y el EEG son algo atípicos, pero se realiza con frecuencia para descartar otras causas, especialmente si hay datos atípicos.
La presencia de una lesión estructural que explique las crisis obliga a replantear el diagnóstico. Lo mismo ocurre si el niño tiene crisis claramente focales, una exploración neurológica anormal o alteraciones focales persistentes en el EEG.
¿Cómo se diagnostica?
El diagnóstico es clínico y electroencefalográfico. Se sospecha cuando un niño de la edad adecuada presenta crisis mioclónico-atónicas, con inicio relativamente brusco de varios tipos de crisis generalizadas, y un EEG compatible.
Hay datos que apoyan el diagnóstico:
Y hay datos que obligan a ser prudentes y pensar en otros diagnósticos:
En resumen: no basta con que un niño se caiga o tenga mioclonías. Hay que unir edad, tipo de crisis, EEG, desarrollo previo, exploración y evolución.
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