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Blog del Dr. Daniel Martín Fernández-Mayoralas. Neurología. Complejo Hospitalario Ruber Juan Bravo y Olympia Centro Médico Pozuelo

  • La psicología de prescribir psicofármacos en niños y adolescentes: más allá de la receta

    Prescribir psicofármacosPrescribir psicofármacos

    Prescribir un psicofármaco en la infancia y adolescencia no es un gesto meramente técnico. Una receta también comunica: cómo entendemos el malestar, qué esperamos que cambie y quién "tiene el control" del proceso. Por eso, en psicofarmacología pediátrica, el éxito depende tanto de la molécula como del contexto relacional en el que esa medicación se introduce.

    Este enfoque, desarrollado con gran claridad por Pruett, Shashank, Joshi y Martín en su tratado de 2011, sigue siendo vigente porque ilumina una verdad clínica cotidiana: el tratamiento farmacológico no ocurre en el vacío, sino dentro de una alianza, una familia, una escuela y un sistema asistencial que influyen en cada decisión.

    1) La alianza terapéutica: el verdadero "vehículo" del fármaco: en la práctica real, el pilar de un tratamiento farmacológico eficaz no es solo el fármaco en sí. Es la alianza terapéutica: la calidad del vínculo, la confianza, la claridad del plan y la sensación de que estamos trabajando en la misma dirección. Una advertencia clásica lo resume bien: con demasiada frecuencia, la receta marca el final de la entrevista, cuando debería ser el inicio de una alianza.

    En pediatría esto se complica por un hecho estructural: la relación es triangular (niño–padres–clínico). En la preadolescencia, la alianza con cuidadores es decisiva: facilitan, supervisan, sostienen el plan. En la adolescencia, hay que reequilibrar: el profesional debe ser percibido como aliado del adolescente, no como "el agente" de padres o escuela, sin perder una supervisión razonable. Además, la alianza no siempre se "sella" en una sola visita, a veces hay que tener paciencia.

    2) ¿Qué significa tomar medicación para un niño o un adolescente? Los pacientes no toman solo una sustancia: toman también un significado. Incluso los más pequeños elaboran ideas, miedos y fantasías sobre lo que hace el medicamento y lo que dice de ellos.En los adolescentes esto es especialmente visible. Pueden mejorar clínicamente y, a la vez, sentirse incómodos con preguntas del tipo:"¿Esto soy yo… o es el fármaco?""Si necesito pastillas, ¿significa que estoy enfermo?"

    Es importante que el niño sienta que él también participa en su mejoría. Si percibe que solo la medicación "hace el trabajo", puede dejar de reconocerse como parte activa del cambio, lo cual beneficia a su autonomía, motivación y esperanza realista. En consulta conviene explorar metáforas y temores, porque suelen ser clínicamente informativos: para algunas familias la medicación es "un veneno" o una "camisa de fuerza"; para otras, una "poción" o un "salvavidas". No se trata de discutir la metáfora, sino de entender qué revela y cómo afecta la adherencia.

    3) Los niños no son adultos chiquititos.: desarrollo, cuerpo e identidad.

    Un aspecto diferencial en pediatría es que el significado del fármaco cambia con el desarrollo. La pubertad intensifica la sensibilidad hacia el cuerpo, la imagen corporal y la pertenencia social. Por eso, cualquier medicación que afecte peso, piel, sueño, estado de ánimo o sexualidad puede vivirse con gran carga emocional (por ejemplo, la ritualización de la toma en niños pequeños -pensamiento mágico normativo-).

    Incluso la frecuencia de dosificación puede convertirse en mensaje: en un contexto de confianza puede tranquilizar; en un contexto tenso puede vivirse como intrusión o como prueba de "estar muy enfermo".

    4) El "efecto contexto": placebo, esperanza y respuesta de significado. El principio es el Hipocrático, "lo primero, no hacer daño", más hay otro principio práctico: ofrecer cuidado con confianza y esperanza razonables. La expectativa, sostenida por una relación sólida, no es un adorno; tiene efectos reales sobre síntomas y funcionamiento: parte del efecto terapéutico no proviene solo del principio activo, sino del significado que el paciente atribuye al tratamiento, del ritual, de la narrativa compartida y de la experiencia de estar acompañado. En otras palabras: el fármaco actúa en un organismo, pero el tratamiento sucede en una persona.

    5) Familia y adherencia: no existe "solo una receta" En la mayoría de casos los padres no son observadores neutrales: son parte del tratamiento. Consienten, compran, supervisan, negocian resistencias, interpretan efectos secundarios y explican al niño por qué debe tomar algo que quizá no desea.Por eso, una alianza funcional con cuidadores no es opcional. Y también por eso conviene explorar expectativas parentales: para unos, la medicación confirma que el problema era serio; para otros, inaugura el miedo a una "enfermedad crónica" o a una etiqueta permanente.Estrategias sencillas que suelen ayudar:Reforzar logros y conductas de adherencia sin culpabilizar.Psicoeducación clara (qué esperamos, cuándo reevaluamos, qué vigilar).Simplificar pautas y anclarlas a rutinas.Ajustar formato/palatabilidad si es una barrera real.Hablar abiertamente de costes y logística si están interfiriendo.

    6) Escuela y presiones externas: cuando el contexto también prescribe. La escuela es un actor central, especialmente en TDAH y conductas disruptivas: allí los síntomas se hacen visibles y afectan rendimiento, convivencia y autoestima. A veces, el entorno escolar atribuye al fármaco un poder excesivamente "específico y garantizado", y presiona para prescribir o ajustar dosis.Escuchar a los docentes puede aportar información valiosa, pero conviene sostener un marco clínico: objetivos funcionales claros, medición de cambios relevantes y decisiones basadas en formulación, no en urgencias del sistema.

    A esto se suman otras presiones: tiempos asistenciales limitados, la lógica de la "revisión de medicación" breve y, en segundo plano, el marketing farmacéutico y la desconfianza que puede generar en algunas familias. Todo ello puede erosionar la alianza si no se nombra y se maneja con transparencia.

    7) Tratamiento compartido: coordinación o fragmentación. Es frecuente que el prescriptor no sea quien hace la psicoterapia. Esto puede funcionar muy bien, pero exige coordinación real: diagnóstico compartido, objetivos compatibles, roles claros y comunicación suficiente. Cuando el tratamiento se divide sin coordinación, suele dividirse también la narrativa clínica: mensajes contradictorios, responsabilidades difusas y dificultades de adherencia. La prevención es simple en concepto (aunque exigente en práctica): plan común y comunicación estructurada. Esto es, construir relaciones con quien sostiene la vida real del paciente: familia, escuela, terapeutas, primaria.

    8) Para cerrar. La psicofarmacología pediátrica es neurobiología, sí. Pero también es vínculo, significado y contexto. Las moléculas importan; sin embargo, el modo en que una familia entiende la medicación y el lugar que el niño o el adolescente le asigna a ese tratamiento suelen decidir tanto como el principio activo.Prescribir bien implica ser "bilingüe": hablar el lenguaje de la biología y el de la psicología relacional, e integrarlos en cada acto clínico.

    Referencias

    Pruett, J. R., Shashank, J., Joshi, S. V., & Martin, A. (2011). Psychopharmacology for child and adolescent psychiatrists: A primer. En A. Martin & F. R. Volkmar (Eds.), Lewis’s Child and Adolescent Psychiatry: A Comprehensive Textbook (4ª ed.). Wolters Kluwer.

    Martin, A., & Volkmar, F. R. (2011). Lewis’s Child and Adolescent Psychiatry: A Comprehensive Textbook (4ª ed.). Wolters Kluwer.

    Blackwell, B. (1989). Treatment adherence. British Journal of Psychiatry, 155, 142–147.

    Moerman, D. E., & Jonas, W. B. (2002). Deconstructing the placebo effect and finding the meaning response. Annals of Internal Medicine, 136(6), 471–476.

    Park, L. C., & Covi, L. (1965). Nonblind placebo trial: An exploration of neurotic patients’ responses to placebo when its inert content is disclosed. Archives of General Psychiatry, 12(3), 336–345.

    Winnicott, D. W. (1965). The maturational processes and the facilitating environment. Hogarth Press.

  • TDAH en la adolescencia: el reto de cumplir BIEN el tratamiento farmacológico

    El trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH) no siempre desaparece al crecer. En muchos adolescentes sigue presente y también puede continuar en la vida adulta. En Estados Unidos, por ejemplo, los estudios estiman que alrededor del 8–9 % de los adolescentes presenta síntomas compatibles con TDAH (ver: https://www.nimh.nih.gov/health/statistics/attention-deficit-hyperactivity-disorder-adhdEste enlace se abrirá en una ventana nueva)

    Vivir con TDAH en esta etapa puede traer varios desafíos: prestar atención en clase, organizarse, cumplir plazos, mantener el foco, relacionarse con los demás… Todo esto puede afectar al rendimiento escolar, la autoestima y el estado de ánimo. Además, cuando no se maneja bien, puede aumentar el riesgo de ansiedad, depresión, consumo de sustancias o trastornos de conducta, como el trastorno negativista desafiante (TND) o el trastorno disocial, que suelen aparecer cuando hay mucha frustración, conflictos familiares o sensación de falta de control. En algunos casos, el TDAH también se solapa con otros trastornos aparentemente muy diferentes, como ciertos trastornos de la personalidad o trastornos del estado de ánimo, como el trastorno de desregulación disruptiva del estado de ánimo (DMDD), lo que puede complicar el diagnóstico y el tratamiento.

    ¿Por qué tantos adolescentes dejan el tratamiento?

    Durante la adolescencia, muchos jóvenes abandonan o cambian su tratamiento —ya sea la medicación o las intervenciones psicológicas y educativas—. Menos de la mitad sigue con el plan completo, especialmente al pasar a la vida adulta. Es una etapa en la que todo se mueve: el cuerpo, las amistades, la forma de pensar, los horarios, las prioridades… y también la percepción del propio TDAH. Muchos sienten que "ya no son niños" y que no quieren depender de una pastilla ni de citas médicas. Esa necesidad de decidir por sí mismos, tan necesaria para crecer, a veces los lleva a dejar de lado algo que les estaba ayudando.

    Las razones suelen sonar razonables, pero con frecuencia esconden cansancio, inseguridad o el deseo de no sentirse diferentes: "ya me apaño solo", "eso del TDAH era cosa del cole", "no quiero ser el rarito que toma medicación", o "me la quito en verano y si me va bien, paso". También están las excusas más refinadas, como "ya controlo mis impulsos" o "prefiero ir natural", que en el fondo revelan miedo a depender o a admitir que aún hay dificultades. A veces hay efectos secundarios que desaniman, o padres que, agotados, bajan la guardia.

    Pero dejar el tratamiento sin una buena planificación tiene su precio. No porque "sin medicación se hundan", sino porque muchos subestiman el papel que el TDAH sigue jugando en su vida diaria: en su organización, su motivación o su autocontrol. Lo que en la infancia eran despistes o impulsividad, en la adolescencia puede transformarse en suspensos, discusiones constantes, decisiones impulsivas o conductas de riesgo: coger el coche sin pensar, gastar dinero sin control o engancharse a pantallas o sustancias.

    El problema no es solo que interrumpan algo que les ayudaba, sino que suelen hacerlo justo cuando más lo necesitan. La adolescencia exige más madurez, más independencia, más decisiones, más gestión emocional… y el cerebro con TDAH aún está aprendiendo a equilibrar todo eso. Es como soltar el cinturón de seguridad justo al entrar en la curva.

    Por eso, más que insistir con frases como "tienes que tomarte la medicación", suele funcionar mejor cambiar la conversación. No se trata de obedecer, sino de entender que el tratamiento les ofrece herramientas para manejar su vida con más libertad. Cuando comprenden que no les quita autonomía, sino que les ayuda a tenerla, todo cambia. El objetivo no es "portarse bien" o "sacar buenas notas", sino vivir con menos caos y más opciones reales.

    Además, el pronóstico para muchos adolescentes y adultos jóvenes con TDAH se deteriora de forma notable cuando los síntomas persisten y no se mantiene un tratamiento farmacológico de manera constante y adecuada. La evidencia muestra que quienes interrumpen el tratamiento tienen mayor riesgo de dificultades académicas, laborales y sociales, así como de desarrollar problemas emocionales o conductas de riesgo. En cambio, la continuidad terapéutica se asocia con mejor adaptación, menor impulsividad y mayor estabilidad emocional. Ver: https://pmc.ncbi.nlm.nih.gov/articles/PMC3520745/Este enlace se abrirá en una ventana nueva

    Tratamientos y apoyos que realmente funcionan

    Los fármacos estimulantes (como el metilfenidato o la lisdexanfetamina) y los no estimulantes (atomoxetina, guanfacina, etcétera) siguen siendo los tratamientos más eficaces para controlar los síntomas principales. Sin embargo, su efecto sobre la organización, la motivación o las relaciones sociales puede variar mucho entre personas. Por eso, lo ideal es que el tratamiento no se limite solo a la medicación, sino que se complemente con apoyos psicosociales: terapia psicológica para las comorbilidades, entrenamiento en habilidades y funciones ejecutivas, intervención familiar —a menudo esencial en los trastornos de conducta—, entre otros. Cada caso necesita un enfoque personalizado, teniendo en cuenta la edad, las características del joven y sus preferencias.

    Aun así, no siempre el tratamiento "encaja bien" con el adolescente o el adulto joven. Es fundamental escuchar sus sensaciones y atender a sus demandas, especialmente cuando describen efectos adversos subjetivos como nerviosismo, apatía o la sensación de "no sentirse ellos mismos". Ajustar la dosis, el horario o incluso el tipo de fármaco puede marcar una gran diferencia. Este enfoque más flexible y personalizado mejora la tolerancia y refuerza la adherencia, porque el joven percibe que su experiencia importa y que el tratamiento se adapta a él, no al revés.

    Las intervenciones psicosociales —como la terapia cognitivo-conductual, el entrenamiento en planificación o la entrevista motivacional— no siempre reducen los síntomas tanto como la medicación, pero aportan algo igual de importante: enseñan al adolescente a entenderse y a convivir mejor con su forma de ser. Le ayudan a anticipar dificultades, a manejar la frustración, a desarrollar estrategias y a construir rutinas que funcionan en la vida real.
    Más que "curar", estas terapias dan estructura y sentido, fortalecen la autoestima y devuelven la sensación de control. Por eso, la combinación entre medicación y apoyo psicológico suele ofrecer los mejores resultados: una trabaja sobre los síntomas, la otra sobre la manera de vivir con ellos.

    Cuando el tratamiento se plantea así —de manera integral y compartida— el adolescente se siente parte activa del proceso. Es clave explicarle qué es el TDAH, por qué no es culpa suya y qué opciones tiene para manejarlo. Cuando siente que tiene voz, la implicación mejora. También ayuda mucho facilitar el acceso a los servicios, ofrecer apoyos no farmacológicos y entender que el tratamiento no se reduce a "tomar o no tomar una pastilla".

    En definitiva, el TDAH en la adolescencia puede manejarse con éxito si se combinan los tratamientos médicos con estrategias que refuercen la autonomía, la motivación, la planificación y la participación del joven. El objetivo va mucho más allá de "quitar síntomas": se trata de que el adolescente entienda su manera de funcionar, aprenda a vivir con ella y desarrolle herramientas que le sirvan cuando empiece su vida adulta.

    Estrategias reales para hablar con adolescentes en casa

    1. Haz que la charla sea un "quiero entenderte" y no un "te lo exijo". En vez de "tienes que tomar la medicación", prueba con "¿qué te parece cómo va esto? ¿Qué te ayuda, qué no?". Abrir el diálogo siempre funciona mejor que imponer.
    2. Relaciónalo con sus propios intereses. Más que hablar de lo que "hay que hacer", vincúlalo con lo que le importa: "¿Qué te gustaría mejorar para tener más tiempo libre, menos discusiones, mejores notas?".
    3. Dale opciones reales. "¿Prefieres tomarla antes o después de desayunar?", "¿Quieres llevarla tú en la mochila o la dejo lista?". Sentir que decide es parte del compromiso.
    4. Valida lo que siente. "Sé que esto te agota, que a veces piensas que no sirve tanto, y lo entiendo." Cuando se sienten escuchados, bajan las defensas y aumenta la cooperación.
    5. Hazlo en equipo, no en modo vigilancia. Padres y madres pueden acompañar sin controlar. Que el adolescente sienta apoyo, no presión.
    6. Revisad juntos el plan. "¿Qué ha ido bien esta semana? ¿Qué podríamos cambiar?". La flexibilidad es mejor que la rigidez.
    7. Usa apoyos visuales y recordatorios. Apps, notas, alarmas o rutinas claras. No se trata de repetir órdenes, sino de construir sistemas que funcionen.
    8. Refuerza el esfuerzo, no solo el resultado. Un "gracias por intentarlo" puede ser más útil que un "ya era hora". El reconocimiento sincero motiva.
    9. Busca aliados externos. Psicólogos, tutores o mentores pueden ser figuras de referencia que alivien la carga familiar.
    10. Hablad del futuro. "¿Dónde te gustaría estar dentro de un año? ¿Qué cosas te ayudarían a llegar ahí?" Ver el TDAH como algo manejable —no como un obstáculo— da sentido y esperanza.

    Referencias

    1. Chan E, Fogler JM, Hammerness PG. Treatment of Attention-Deficit/Hyperactivity Disorder in Adolescents: A Systematic Review. JAMA. 2016;315(18):1997–2008. doi:10.1001/jama.2016.5453
    2. Posner J, Polanczyk GV, Sonuga-Barke E. Attention-Deficit Hyperactivity Disorder. Lancet. 2020;395(10222):450–462. doi:10.1016/S0140-6736(19)33004-1
    3. Wolraich ML, Wibbelsman CJ, Brown TE, et al. Attention-Deficit/Hyperactivity Disorder Among Adolescents: A Review of the Diagnosis, Treatment, and Clinical Implications. Pediatrics. 2005;115(6):1734–1746. doi:10.1542/peds.2004-1959
    4. Titheradge D, Godfrey J, Eke H, et al. Why Young People Stop Taking Their Attention Deficit Hyperactivity Disorder Medication: A Thematic Analysis of Interviews With Young People. Child: Care, Health and Development. 2022;48(5):724–735. doi:10.1111/cch.12978
    5. Bussing R. Editorial: Trials and Tribulations of Developing Adolescent Attention-Deficit/Hyperactivity Disorder Interventions: Digging Deep to Stay Motivated. Journal of the American Academy of Child and Adolescent Psychiatry. 2021;60(6):685–687. doi:10.1016/j.jaac.2020.12.002
    6. Sibley MH, Flores S, Murphy M, et al. Research Review: Pharmacological and Non-Pharmacological Treatments for Adolescents With Attention Deficit/Hyperactivity Disorder – A Systematic Review of the Literature. Journal of Child Psychology and Psychiatry. 2025;66(1):132–149. doi:10.1111/jcpp.14056
    7. Mattingly GW, Wilson J, Ugarte L, Glaser P. Individualization of Attention-Deficit/Hyperactivity Disorder Treatment: Pharmacotherapy Considerations by Age and Co-Occurring Conditions. CNS Spectrums. 2021;26(3):202–221. doi:10.1017/S1092852919001822
    8. Wolraich ML, Hagan JF, Allan C, et al. Clinical Practice Guideline for the Diagnosis, Evaluation, and Treatment of Attention-Deficit/Hyperactivity Disorder in Children and Adolescents. Pediatrics. 2019;144(4):e20192528. doi:10.1542/peds.2019-2528
  • Narcolepsia, el trastorno del sueño que va más allá de la somnolencia (II parte)

    NarcolepsiaNarcolepsia

    Narcolepsia en niños y adolescentes

    Aproximadamente un tercio de los pacientes desarrollan síntomas antes de los 15 años de edad. Puede aparecer a partir de los cinco o seis años de edad, pero en raras ocasiones puede manifestarse incluso en la edad preescolar. En la infancia y adolescencia, la narcolepsia puede confundirse fácilmente con otros problemas, como el trastorno por déficit de atención con hiperactividad (TDAH), la depresión o la ansiedad. Cuando la narcolepsia comienza en la infancia, como suele ocurrir, puede presentar varias características únicas, síntomas diferentes a los adultos, entre ellas cataplejía atípica caracterizada por hipotonía facial que llama la atención por lo inusual del gesto, o signos motores extraños habitualmente de tipo coreiforme, pubertad precoz, aumento de peso rápido e inexplicable y somnolencia diurna que se manifiesta principalmente como siestas habituales o irritabilidad e hiperactividad. La debilidad facial puede manifestarse como una caída de la mandíbula, descenso de los párpados (ptosis), movimientos de balanceo de la cabeza o protrusión de la lengua. Este cuadro ha dado lugar al término "facies catapléctica", que constituye una característica clínica distintiva de la narcolepsia infantil. Esta debilidad suele corresponder a una cataplejía parcial y sostenida, que no necesariamente se desencadena por emociones. Otras manifestaciones atípicas de la cataplejía en la infancia pueden incluir signos motores positivos, como elevación de las cejas, movimientos periorales y balanceo de la cabeza o el tronco6.

    Además, en los niños, la narcolepsia a menudo se pasa por alto como causa de somnolencia incapacitante, y es frecuente que se retrase el diagnóstico. Uno de los motivos es que los niños con somnolencia diurna por narcolepsia pueden ser confundidos con "vagos" y convertirse en el blanco de comentarios negativos de sus compañeros. Las quejas de mala memoria y niveles reducidos de concentración son casi universales. Lo más probable es que estos síntomas reflejen una disminución de la vigilancia o breves episodios de (micro) sueño y pueden ser extremadamente incapacitantes o incluso peligrosos. Como tal, los problemas relacionados con la disminución de la memoria y la concentración siempre deben abordarse específicamente en la entrevista diagnóstica y el seguimiento4. Estas manifestaciones conductuales de la somnolencia se perciben como síntomas intensos de TDAH, aunque el TDAH también puede ser una comorbilidad de la narcolepsia7.

    ¿Por qué se tarda tanto en diagnosticarla?

    El diagnóstico de la narcolepsia suele retrasarse muchos años, a veces más de una década. Esto se debe a que sus síntomas se confunden con otros trastornos más frecuentes, como insomnio, apnea del sueño, depresión o incluso problemas de comportamiento. Además, la presencia de otras enfermedades asociadas (comorbilidades) puede enmascarar los síntomas principales y dificultar el reconocimiento del problema.

    Impacto en la vida diaria

    La narcolepsia afecta de forma importante la calidad de vida. No solo dificulta el rendimiento escolar o laboral, sino que también puede afectar las relaciones sociales, la autoestima y el estado de ánimo. Incluso con tratamiento, muchas personas experimentan limitaciones en su vida cotidiana.

    Conclusión

    La narcolepsia es mucho más que "tener sueño". Es un trastorno complejo, a menudo infradiagnosticado, que requiere una mayor conciencia social y médica. Reconocer sus síntomas y entender que puede afectar a niños y adultos es el primer paso para mejorar la vida de quienes la padecen.

    BIBLIOGRAFÍA

    1. Longstreth WT, Jr., Koepsell TD, Ton TG, Hendrickson AF, van Belle G. The epidemiology of narcolepsy. Sleep 2007;30:13-26.

    2. Hunt NJ, Rodriguez ML, Waters KA, Machaalani R. Changes in orexin (hypocretin) neuronal expression with normal aging in the human hypothalamus. Neurobiol Aging 2015;36:292-300.

    3. Fronczek R, Schinkelshoek M, Shan L, Lammers GJ. The orexin/hypocretin system in neuropsychiatric disorders: Relation to signs and symptoms. Handb Clin Neurol 2021;180:343-58.

    4. Overeem S, van Litsenburg RRL, Reading PJ. Sleep disorders and the hypothalamus. Handb Clin Neurol 2021;182:369-85.

    5. Maski K, Pizza F, Liu S, Steinhart E, Little E, Colclasure A, et al. Defining disrupted nighttime sleep and assessing its diagnostic utility for pediatric narcolepsy type 1. Sleep 2020;43.

    6. Pizza F, Franceschini C, Peltola H, Vandi S, Finotti E, Ingravallo F, et al. Clinical and polysomnographic course of childhood narcolepsy with cataplexy. Brain 2013;136:3787-95.

    7. Lecendreux M, Lavault S, Lopez R, Inocente CO, Konofal E, Cortese S, et al. Attention-Deficit/Hyperactivity Disorder (ADHD) Symptoms in Pediatric Narcolepsy: A Cross-Sectional Study. Sleep 2015;38:1285-95.

    8. Szakacs A, Hallbook T, Tideman P, Darin N, Wentz E. Psychiatric comorbidity and cognitive profile in children with narcolepsy with or without association to the H1N1 influenza vaccination. Sleep 2015;38:615-21.

    9. Takahashi N, Nishimura T, Harada T, Okumura A, Choi D, Iwabuchi T, et al. Polygenic risk score analysis revealed shared genetic background in attention deficit hyperactivity disorder and narcolepsy. Transl Psychiatry 2020;10:284.

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