Quirónsalud
Blog del Dr. Daniel Martín Fernández-Mayoralas. Neurología. Complejo Hospitalario Ruber Juan Bravo y Olympia Centro Médico Pozuelo
Esofagitis eosinofílica.
Introducción y clínica: La esofagitis eosinofílica (EoE) es una enfermedad inflamatoria crónica del esófago, que afecta una de cada mil individuos, causada por una reacción retardada del sistema inmunológico a uno o varios alimentos (los más prevalentes son leche y trigo, pero hay muchos más)1. En los niños, se manifiesta de formas diferentes según la edad: los más pequeños pueden presentar vómitos recurrentes, dolor abdominal y dificultad para comer, mientras que los mayores suelen quejarse de dificultad para tragar (disfagia) o episodios de atragantamiento alimentario. Por ello lo pacientes con EoE pueden preferir alimentos blandos, purés o nutrición líquida, y pueden evitan ciertas carnes (perritos o filete) y pan tostado si hubo antecedentes previos de atragantamiento con estos alimentos. Si sospechas que tu hijo tiene estos síntomas, sobre todo la disfagia, es importante saber que no es "simplemente caprichoso con la comida": puede tratarse de un problema médico real que requiere diagnóstico y tratamiento2,3.
Diagnóstico: Se realiza mediante una endoscopia (una cámara pequeña que permite visualizar el interior del esófago) con toma de biopsias. Los médicos buscan la presencia de células inflamatorias específicas (eosinófilos) en el tejido esofágico, y descartan otras causas como el reflujo ácido o infecciones. En la endoscopia pueden verse marcas características (surcos lineales, placas blancas redondeadas, anillos concéntricos), aunque es importante saber que hasta un tercio de los niños tienen un esófago completamente normal a simple vista incluso teniendo la enfermedad. Por eso puede ser necesaria la biopsia2,3.
Tratamiento: Una vez confirmada la EoE, el tratamiento es multimodal: cambios en la dieta (eliminación empírica o dirigida de alimentos sospechosos de desencadenar la inflamación), medicamentos (por ejemplo: inhibidores de la bomba de protones y corticosteroides tópicos que se tragan), y en casos más severos o con complicaciones, nuevas terapias biológicas de indicación hospitalaria2,3. Lo importante es que esta enfermedad es tratable y controlable, pero requiere seguimiento médico prolongado (con control endoscópico-histológico y reintroducción progresiva variable en función del caso) para evitar que el esófago se cicatrice o estreche, lo que podría causar problemas más serios a largo plazo. Si tu hijo tiene dificultad persistente para tragar, vómitos frecuentes o antecedentes familiares de alergias, consulta con tu pediatra para una evaluación adecuada en gastroenterología infantil si lo cree pertinente2,3.
Esofagitis eosinofílica y trastornos neuropsiquiátricos.
Introducción: Existe una asociación entre la esofagitis eosinofílica (EoE) y un mayor riesgo de trastornos neurológicos y psiquiátricos, especialmente interiorizantes como la ansiedad o la depresión y del neurodesarrollo como el TDAH o el TEA, con mayor riesgo en niños y adultos jóvenes4-6. Otras enfermedades gastrointestinales (enfermedad inflamatoria intestinal, enfermedad celíaca) se han vinculado con psicopatología, pero en este texto hablaremos de la EoE al ser menos conocida dicha asociación4. Hasta el 50% de adultos y el 40% de niños con EoE presentan comorbilidad psiquiátrica documentada en registros médicos, aunque algunos estudios sugieren que la prevalencia real podría ser mayor si se incluyeran síntomas subclínicos de ansiedad. La comorbilidad se asocia con peor calidad de vida y mayor duración de síntomas4,5.
Trastorno por déficit de atención con/sin hiperactividad (TDAH)
La EoE es una enfermedad inflamatoria y alérgica (esto es, atópica), similar al asma, la rinitis alérgica o la dermatitis atópica, en la que el sistema inmunológico reacciona de forma exagerada contra ciertos alimentos, inflamando el esófago mediante la sobreexpresión de ciertas citocinas, como algunas interleukinas, y la activación de varios tipos de células: linfocitos tipo Th2 y eosinófilos2,3. Este mecanismo atópico, en sus aspectos básicos, es compartido con la EoE.
Esta caracterización es importante porque la investigación científica ha demostrado consistentemente que los trastornos atópicos en general se asocian con un mayor riesgo de TDAH7-9. Los estudios de metaanálisis muestran que los niños con enfermedades atópicas tienen entre un 30% y 80% más riesgo de TDAH en comparación con niños sin estas condiciones, por lo que es lógico inferir que los niños con EoE podrían tener un riesgo elevado de TDAH además de una mayor probabilidad de tener también cualquiera de las demás enfermedades atópicas comentadas y viceversa. Los estudios genéticos y epidemiológicos demuestran que EoE comparte la susceptibilidad y mecanismos fisiopatológicos de las demás enfermedades atópicas, reforzando su clasificación dentro del espectro atópico2,3.
Desde la perspectiva del neurólogo o psiquiatra infanto-juvenil, esto tiene una implicación clínica fundamental: cuando evaluamos a un niño con TDAH que presenta síntomas gastrointestinales típicos de EoE— vómitos recurrentes, dificultad para tragar (disfagia) o episodios de atragantamiento alimentario, dificultad para alimentarse o comportamientos de evitación alimentaria—no debemos atribuirlos de forma constante, exclusivamente, a ansiedad o factores psicosomáticos. Un atragantamiento episódico recurrente o disfagia verdadera son síntomas típicos de EoE, raramente de ansiedad pura. Hay que derivar a gastroenterología infanto-juvenil.
Al descartar o diagnosticar la EoE en un niño con TDAH, no solo tratamos una enfermedad inflamatoria: prevenimos que los síntomas gastrointestinales enmascaren el manejo del TDAH o sean interpretados como manifestaciones puramente psicológicas. El enfoque integral—evaluando ambos problemas—nos permite diagnósticos precisos y manejo terapéutico más efectivo.
Trastornos psiquiátricos relacionados con la restricción alimentaria
La EoE puede presentar síntomas que se superponen con trastornos alimentarios codificados en el DSM-5, como anorexia nerviosa o ARFID (avoidant restrictive food intake disorder o Trastorno de Evitación/Restricción de la Ingesta de Alimentos), incluyendo pérdida de peso o fallo de crecimiento, rechazo de alimentos, ansiedad alrededor de la comida, y conductas de masticar y escupir, por lo que hay que estar atento y descartar EoE en los pacientes con trastornos alimentarios cuando la clínica sea compatible con EoE (especialmente si hay disfagia, antecedentes personales o familiares de atopia y/ o atragantamientos espontáneos)1. El ARFID es un trastorno de restricción alimentaria basado en factores neurosensoriales (texturas, sabores, colores, apariencia) y miedo a consecuencias adversas (atragantamiento, vómitos), sin que existan preocupaciones por la imagen corporal o miedo a ganar peso, a diferencia de la anorexia nerviosa. Un niño con ARFID evita alimentos porque rechaza la textura o teme atragantarse; un niño con anorexia nerviosa los evita (sobre todos aquellos que considera con mayor densidad calórica) porque tiene miedo de engordar (distorsión de la imagen corporal, etcétera), u otros motivos diferentes a los del ARFID1. Por lo tanto, es fundamental obtener una historia detallada para aclarar la causa raíz de las aversiones alimentarias y tener descartada o bien tratada su EoE de presentarse de forma concomitante1. Aproximadamente un 25%-50% de niños con ARFID tiene Trastorno del espectro autista (TEA) comórbido10. Los trastornos alimentarios basados en factores neurosensoriales (texturas, sabores, colores, apariencia) y hábitos alimentarios rígidos son frecuentes en el TEA. Ante una pérdida significativa de peso o una deficiencia nutricional significativa, dependencia de alimentación enteral o suplementos nutricionales orales y la gravedad de la alteración de la alimentación excede la que se observa habitualmente en los niños con TEA, se justifica el diagnóstico de ARFID comórbido al TEA y por supuesto, descartar EoE si hay sospecha clínica.
Trastorno del espectro autista (TEA)
Los niños con EoE tienen un riesgo significativamente aumentado de presentar trastorno del espectro autista (TEA)—entre 3 y 4 veces mayor que la población general11. Además, esta relación funciona en ambas direcciones: los niños con TEA también tienen más probabilidad de desarrollar EoE11,12. El desafío clínico real emerge cuando se solapan la EoE, el TEA y el ARFID. Los niños con TEA frecuentemente presentan selectividad alimentaria extrema basada en factores sensoriales: rechazo a texturas, sabores o colores específicos y en bastantes casos un verdadero ARFID. Pero cuando esta selectividad se debe realmente a EoE—porque el niño siente dolor al tragar o teme atragantarse—el tratamiento debe abordar ambas condiciones11,12. No es suficiente trabajar solo los aspectos sensoriales o conductuales del TEA con/sin ARFID si hay inflamación esofágica no tratada11,12. Por tanto, en un niño con TEA que presenta restricción alimentaria severa, especialmente si tiene antecedentes de atopia o síntomas gastrointestinales típicos de EoE, se debe realizar una evaluación gastroenterológica y alérgica para descartar o confirmar EoE12. Solo así podemos ofrecer un manejo integral que trate simultáneamente la enfermedad inflamatoria, el componente neurosensorial del autismo y, si existe, el ARFID1.
Ansiedad/Depresión
Los niños y adolescentes con EoE presentan tasas significativamente más altas de ansiedad y depresión que la población general5. Los estudios muestran que hasta el 40% de los niños con EoE experimentan ansiedad y el 30% depresión, con cifras que aumentan progresivamente con la edad: en menores de 11 años, un 9% presenta depresión (comparado con menos del 2% en población general), mientras que en adolescentes de 11-17 años esta cifra alcanza el 20% (frente al 6% en población general)5,13. Esta relación es bidireccional y compleja. Por un lado, vivir con una enfermedad crónica que causa dolor al tragar, miedo a atragantarse, restricciones dietéticas severas y necesidad de endoscopias repetidas genera un estrés psicológico considerable que puede desencadenar ansiedad y depresión. Los niños con EoE reportan preocupaciones constantes sobre su enfermedad, síntomas físicos de ansiedad, problemas de sueño (duermen hasta un 22% menos horas que controles sanos), dificultades escolares y sociales, y miedo al estigma social relacionado con sus limitaciones alimentarias. Por otro lado, los trastornos de ansiedad y depresión pueden agravar la percepción de los síntomas esofágicos: los estudios demuestran que la hipervigilancia esofágica y la ansiedad específica relacionada con los síntomas predicen mejor la disfagia y la calidad de vida reducida que los propios hallazgos endoscópicos o histológicos. Además, la depresión se asocia con peor adherencia al tratamiento médico, complicando el control de la EoE13.
Lo importante es que esta es una relación reversible: tratando la EoE, podemos mejorar significativamente la ansiedad y depresión asociadas. Y ofreciendo apoyo psicológico (terapia cognitivo-conductual específica para la ansiedad relacionada con síntomas), podemos mejorar cómo el niño tolera y maneja la enfermedad.
Son esenciales las intervenciones multidisciplinarias que incluyan apoyo psicológico (terapia cognitivo-conductual, técnicas de reducción de estrés) junto con el tratamiento médico de la enfermedad inflamatoria y de la ansiedad/depresión si fuera necesario4,5. El riesgo psiquiátrico es particularmente elevado en los primeros años tras el diagnóstico, lo que hace esencial una detección temprana para prevenir el desarrollo de psicopatología más severa4,5,13.
Problemas neurológicos motores: La EoE se ha asociado raramente con alteraciones de la motilidad esofágica, pero estos efectos a largo plazo son poco frecuentes y se previenen con diagnóstico y tratamiento tempranos14.
Resumen final.
Los signos de alarma que sugieren evaluar EoE incluyen: disfagia (especialmente incapacidad para tragar pastillas), pérdida de peso aguda, indigestión persistente, antecedentes personales o familiares de atopia (asma, rinitis, eczema, alergias), episodios de atragantamiento o impactación alimentaria, y preferencia marcada por alimentos blandos desde edades tempranas, particularmente cuando estos síntomas aparecen junto con rechazo a carnes duras o pan2.
La evaluación y el tratamiento debe ser multidisciplinar: en caso de afectación neurológica y psiquiátrica, el manejo de la EoE debe incluir Gastroenterología +/- nutricionista + Alergología + Psiquiatría/ Neuropediatría1,2,5,7,14.
Como corolario, la EoE se asocia principalmente con trastornos psiquiátricos o del neurodesarrollo y, en menor medida, con alteraciones neurológicas básicamente limitadas a la motilidad esofágica. Se recomienda una evaluación proactiva de síntomas neuropsiquiátricos y alimentarios en estos pacientes, especialmente en niños y adultos jóvenes, para optimizar el manejo clínico1,2,5,7,14.
BIBLIOGRAFÍA
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4. Rojler L, Garber JJ, Butwicka A, Roelstraete B, Ludvigsson JF. Individuals With Eosinophilic Esophagitis Are at Greater Risk of Later Psychiatric Disorder. Am J Gastroenterol 2022;117:1046-55.
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9. Lin YT, Chen YC, Gau SS, Yeh TH, Fan HY, Hwang YY, et al. Associations between allergic diseases and attention deficit hyperactivity/oppositional defiant disorders in children. Pediatr Res 2016;80:480-5.
10. Islamoglu AH, Orhan S, Gurmese Z, Akgul S, Gezer S. Evaluation of Avoidant/Restrictive Food Intake Disorder and Nutrition-Related Factors in Autism Spectrum Disorder: A Case-Control Study. J Autism Dev Disord 2025.
11. Lima RV, Muniz MCR, Barroso LL, Pinheiro MCA, Matos YMT, Nogueira SBR, et al. Autism in patients with eosinophilic gastrointestinal disease: A systematic review with meta-analysis. Pediatr Allergy Immunol 2024;35:e14122.
12. Heifert TA, Susi A, Hisle-Gorman E, Erdie-Lalena CR, Gorman G, Min SB, et al. Feeding Disorders in Children With Autism Spectrum Disorders Are Associated With Eosinophilic Esophagitis. J Pediatr Gastroenterol Nutr 2016;63:e69-73.
13. Harris RF, Menard-Katcher C, Atkins D, Furuta GT, Klinnert MD. Psychosocial dysfunction in children and adolescents with eosinophilic esophagitis. J Pediatr Gastroenterol Nutr 2013;57:500-5.
14. Spechler SJ, Konda V, Souza R. Can Eosinophilic Esophagitis Cause Achalasia and Other Esophageal Motility Disorders? Am J Gastroenterol 2018;113:1594-9.
Dirigido de forma preferente, aunque no exclusiva, a madres y padres de niños con trastornos del neurodesarrollo y otras patologías neurológicas he elaborado una selección de los cinco "mejores" artículos publicados en 2025 sobre el trastorno por déficit de atención con o sin hiperactividad (TDAH).
Esta tarea es, en sentido estricto, imposible: a lo largo del año han aparecido decenas de trabajos de gran calidad. Aun así, el objetivo de esta selección no es tanto jerarquizar la evidencia como dar visibilidad a cinco artículos especialmente relevantes, priorizando aquellos con un enfoque práctico. En esta búsqueda me he alejado deliberadamente de la ciencia básica y molecular para centrarme en aspectos con impacto directo en la vida cotidiana: funcionamiento diario, estilo de vida, el papel emergente de las nuevas tecnologías y el impacto familiar.
1. El estilo de vida como tratamiento real (no solo consejos vacíos)
Artículo: Modifiable unhealthy lifestyle behaviours in subclinical manifestations of attention-deficit hyperactivity disorder: what are the first empirical results and putative clinical implications? Publicación: BJPsych Open. 2025 Mar 20;11(2):e66. (Basado en Subclinical attention-deficit hyperactivity disorder symptoms and unhealthy lifestyle behaviours. BJPsych Open. 2024 Oct 3;10(5):e168).
Los padres suelen preguntar: "¿Podemos hacer algo antes de medicar?". Este comentario basado en un estudio de 2024 remarca la validación científica de que ciertos factores modificables tienen una correlación directa no solo con el TDAH clínico, sino con los síntomas "subclínicos". El TDAH subclínico se refiere a la expresión de síntomas subumbrales con características distintivas del TDAH que no son lo suficientemente graves, numerosos o incapacitantes como para justificar un diagnóstico "completo". Sin embargo, es muy probable que las recomendaciones para cambiar los hábitos de vida desfavorables en los niñ@s y adolescentes "subclínicos" podrían, en última instancia, mejorar la calidad de vida relacionada con la salud de este grupo de adolescentes en riesgo de desarrollar el síndrome de TDAH en toda su extensión.
Algunos hábitos modificables en el TDAH subclínico (la "ventana de oportunidad"):
Dormir poco y mal: La privación de sueño empeora drásticamente la inatención; asegurar rutinas que garanticen horas suficientes y calidad de descanso es la primera línea de defensa.
Abuso de pantallas y "Nomofobia": El uso descontrolado del móvil y la dependencia tecnológica no son solo ocio pasivo, sino que retroalimentan la dispersión y la ansiedad.
Dieta desordenada y exceso de azúcar: Comer de forma impulsiva, a deshoras o con exceso de ultraprocesados y bebidas azucaradas agrava los picos de energía y la inestabilidad emocional.
Sedentarismo: La falta de actividad física priva al cerebro de un regulador natural de la dopamina; el deporte no es opcional, es parte del tratamiento preventivo.
Descontrol de impulsos: El consumo precoz de alcohol o atracones de comida son señales de alarma de una impulsividad no gestionada que puede derivar en problemas clínicos mayores.
Kristin nos dice a los padres (soy padre de tres niños): "No es culpa nuestra, pero tenemos poder de cambio". Mejorar la higiene del sueño y la actividad física no es solo 'bueno para la salud', sino que reduce la intensidad de los síntomas de inatención, incluso si el niño no tiene un diagnóstico severo.
2. El nuevo "villano": La Nomofobia y el TDAH
Artículo: Investigation of Nomophobia, Anxiety, and Depression Levels and Their Relationships in Children Diagnosed with Attention Deficit Hyperactivity Disorder Med J West Black Sea, Agosto 2025.
La batalla por las pantallas es el "pan nuestro de cada día" en mi casa y en mi consulta. Muchos padres me dicen angustiados: "Es que se pone agresivo si le quito el móvil". Este estudio de agosto de 2025 pone nombre a ese fenómeno: Nomofobia (el miedo irracional a estar desconectado).
Lo revelador para nosotros como padres es entender que el vicio, la adición, es biología. El cerebro TDAH tiene una "sed" de dopamina inmediata que las pantallas sacian al instante. El estudio confirma que la ansiedad que sienten al desconectarse es real y física.
Mi lectura para casa: No debemos enfadarnos por su ansiedad, sino ayudarles a regularla. No son "yonquis digitales" por elección; tienen un cerebro más vulnerable a la hiperestimulación. Este estudio tan reciente nos da una pista clave: la 'Nomofobia' en nuestros hijos con TDAH no es tanto por 'chatear', sino por la incomodidad de perder el acceso fácil a su fuente de estímulo. Es una dependencia de la 'comodidad digital' más que social. La solución no es prohibir sin más y sin ofrecer alternativas (lo prohibido atrae), sino pactar y ofrecer alternativas de "dopamina lenta" (deporte, juegos de mesa) antes de dar la "tablet".
Aquí tienes 3 medidas prácticas ("recetas caseras") que pueden funcionar, según la persona:
1. La regla del "Intercambio, no sustracción"
El cerebro TDAH entra en pánico ante el vacío. Si le quitas la pantalla y le dices "vete a jugar", el abismo de aburrimiento es doloroso. La práctica: Nunca retires la pantalla "en frío" para dejarle sin nada. El móvil se entrega a cambio de algo inmediatamente gratificante. Ejemplo: "Dame el móvil y te doy ya este batido de chocolate / vamos a tirar 5 canastas / jugamos una partida rápida de cartas". El cerebro recibe una "recompensa puente" que suaviza la caída de dopamina.
2. "Zonas Libres" (físicas), no "Horas Libres" (temporales)
El tiempo es abstracto para el cerebro TDAH ("luego te lo doy" es una tortura). El espacio físico es concreto y más fácil de respetar. La práctica: Crea zonas donde el móvil físicamente no entra. Ejemplo: "El móvil se carga en la cocina, nunca entra en el dormitorio". Si el cargador "duerme" en el salón, se elimina la lucha nocturna de voluntad. El entorno decide por ellos, lo cual reduce su ansiedad de tener que autocontrolarse.
3. El "Modo Avión" compartido (Modelaje)
Los niños con nomofobia a menudo copian la ansiedad de los padres. Si tú miras el mail en la cena, validas que la desconexión es peligrosa. La práctica: Un "parking de móviles" visible en la entrada de casa durante la cena o la hora de juegos. Ejemplo: Una caja bonita o cesta donde todos (padres incluidos) dejan el móvil silenciado 30 minutos al día. Ver a sus padres sobrevivir sin el móvil les baja la alerta inconsciente de que "algo urgente podría pasar".
3. Cuidar al cuidador: Tu estrés afecta a su tratamiento
Artículo: Quality of Life in Mothers of Children with ADHD: A Scoping Review. Children (Basel) 2025 Oct 12;12(10):1376.
En consulta, a menudo veo a madres y padres que se han abandonado a sí mismos para volcarse en el niño. Las madres, como suelen ser con más frecuencia, las principales cuidadoras, suelen experimentar un alto nivel de estrés y una disminución de su bienestar más acusado. Las madres indicaron regularmente una peor calidad de vida en comparación con los grupos de control, lo que demostró deficiencias en los ámbitos físico, psicológico, social y ambiental. Esta revisión de la última década (2015-2025) es un "tironcito de orejas" cariñoso para nosotros. El impacto del TDAH se extiende más allá del niño o adolescente, impacta brutalmente en la salud mental, social y física de los padres, especialmente de las madres, influyendo profundamente en las madres y a la unidad familiar en su conjunto.
Pero ojo al dato inverso: padres quemados tienen hijos con peor evolución. Solo un enfoque integrado centrado en la familia puede reducir la carga del trastorno y mejorar los resultados para todos los miembros de la familia.
El mensaje que me aplico: Cuidarse no es egoísmo, es una estrategia clínica. Si tú estás bien, tienes más paciencia, regulas mejor sus rabietas y el clima familiar mejora. Reservar esa hora para tu gimnasio, tu lectura o tu café con amigos es tan parte del tratamiento de tu hijo como la terapia psicopedagógica.
Importante: Estos resultados subrayan la necesidad de adoptar un enfoque centrado en la familia en el tratamiento del TDAH. Este enfoque incluiría un tratamiento eficaz de los síntomas del TDAH del niño con un apoyo personalizado para la madre y/o padre o ambos según el tipo y características familiares. No solo regular el comportamiento del niño mediante intervenciones basadas en la evidencia (terapia cognitivo-conductual, condicionamiento operante, estimulantes cuando son necesarios, etcétera), sino también evaluar y abordar metódicamente el malestar psicológico de la madre (otras veces el padre e idealmente ambos), ofrecer recursos que fortalezcan sus mecanismos de afrontamiento y su resiliencia, y fomentar las redes de apoyo social (como los grupos de apoyo para padres o los servicios de cuidado de relevo). Las intervenciones como los programas de gestión del estrés parental, el asesoramiento y la formación y psicoeducación de los padres específicamente diseñadas deben incorporarse al plan de atención para las familias de niños con TDAH.
4. El deporte: La medicina que no se compra en farmacia
Artículo: The effects of physical activity on mental health in adolescents with attention-deficit hyperactivity disorder: a randomized controlled trial. Int J Behav Nutr Phys Act. 2025 Apr 17;22(1):47.
A veces les digo a las familias en mi consulta: "El deporte no es solo ocio, es neuroquímica en movimiento". Este estudio de abril de 2025 es oro puro porque no es una simple encuesta, sino un ensayo clínico controlado (el "pata negra" de la ciencia). Los investigadores demostraron que los adolescentes con TDAH que seguían un programa de ejercicio estructurado no solo mejoraban en forma física, sino que reducían significativamente su ansiedad, depresión y agresividad comparados con los que no lo hacían.
Mi conclusión para padres: Muchas veces nos centramos tanto en las notas o en la terapia de gabinete que quitamos las extraescolares deportivas "porque no hay tiempo". Error. Este estudio nos grita que el ejercicio es un antidepresivo y ansiolítico natural para nuestros hijos. Antes de estudiar, que suden. Su cerebro necesita esa descarga motora para poder luego "frenar" y concentrarse. El deporte no compite con los estudios, los hace posibles, pues el ejercicio físico actúa directamente sobre las funciones ejecutivas del lóbulo frontal (el "director de orquesta" del cerebro). El estudio sugiere que el deporte no es solo para "cansarlos" y que duerman; es para activar su atención.
5. Perder el miedo al tratamiento: Datos, no opiniones
Artículo: Advancing the evidence base for child and adolescent psychopharmacology. BMJ Ment Health. 2025 Mar 3;28(1):e301634.
Entiendo el miedo. Cuando hablo de fármacos en consulta, veo esa mirada de preocupación: "¿Cambiará su personalidad?", "¿Es para siempre?". Este editorial de 2025 es una herramienta de tranquilidad. Recopila la evidencia más sólida y actual confirmando que los tratamientos, bien manejados por un profesional, son seguros, eficaces y, crucialmente, protectores a largo plazo contra otros riesgos (como el fracaso escolar o accidentes, entre otros pronósticos).
La reflexión final: Usar la ciencia a nuestro favor, a través de las herramientas que la evidencia nos pone en las manos, es un inteligente acto de amor. Este fin de año, que estos cinco estudios (podrían haber sido otros) nos recuerden que no estáis solos, y que cada cambio pequeño en casa —un paseo rápido, hacer deporte juntos, una tarde de juego de mesa en familia sin móviles, una cena para conversar sin pantallas cerca, una noche de bromas y risas antes del sueño— es un acto de amor revolucionario.
Introducción: un trastorno del neurodesarrollo persistente e infradiagnosticado
El TDAH es un trastorno del neurodesarrollo de inicio temprano que, en una parte significativa de los casos, persiste hasta la edad adulta. Lejos de ser una entidad restringida a la etapa escolar, continúa repercutiendo en la capacidad de planificación, autorregulación y funcionamiento laboral, académico y social. Muchos adultos llegan a la consulta tras años interpretando sus dificultades como fallos de personalidad o falta de disciplina, pese a presentar un patrón sindrómico claro desde la infancia.
2. Más que falta de atención: desregulación atencional y ejecutiva
El problema central en el TDAH adulto no es la ausencia de atención, sino la incapacidad para regularla y dirigirla de manera eficaz. La clínica típica incluye fluctuaciones marcadas del rendimiento atencional, hiperfoco selectivo, dificultades de planificación, memoria de trabajo, gestión del tiempo, procrastinación crónica y tendencia a funcionar únicamente bajo presión temporal o emocional.
Desde esta perspectiva, el TDAH se entiende como un trastorno multifactorial que afecta a las funciones ejecutivas, al procesamiento motivacional y a la regulación del comportamiento. El entorno suele malinterpretar estas dificultades como falta de voluntad o esfuerzo, lo que contribuye al deterioro emocional y social.
3. La desregulación emocional como componente clínico central
En adultos, la desregulación emocional es uno de los elementos con mayor impacto funcional. Aunque no aparezca aún como criterio diagnóstico nuclear en el DSM, se considera un fenómeno primario en un elevado porcentaje de pacientes.
Incluye labilidad afectiva, respuestas desproporcionadas al estrés, irritabilidad, dificultades para modular emociones negativas y vulnerabilidad ante la frustración. Se relaciona con conflictos interpersonales, bajo rendimiento laboral y elevada comorbilidad psiquiátrica. La evaluación sistemática de este componente es esencial para orientar el tratamiento.
4. Más allá de lo neurológico: impacto sistémico y comorbilidad somática
El TDAH adulto se asocia a mayor prevalencia de condiciones médicas como trastornos del sueño, obesidad, migrañas, síndrome metabólico, asma y enfermedad cardiovascular. Estas asociaciones no son meramente casuales: intervienen factores neurobiológicos, conductuales, endocrinos y de estilo de vida.
El abordaje clínico debe ir más allá de la esfera neuropsiquiátrica. La consulta del adulto con TDAH exige una valoración médica completa, cribado de comorbilidad somática relevante y coordinación con otras especialidades cuando procede.
5. Diagnóstico: una evaluación estructurada y sensible a la sospecha clínica
El diagnóstico del TDAH adulto debe realizarse mediante una evaluación cuidadosa que incluya:
Pruebas complementarias: solo cuando la sospecha clínica lo indica
Aunque no se recomiendan de forma rutinaria, el médico puede solicitar pruebas complementarias si existen signos o síntomas que sugieran otras patologías concomitantes o diagnósticos diferenciales:
El objetivo es descartar condiciones que puedan simular TDAH, coexistir con él o modificar el pronóstico.
6. Evolución histórica del concepto: del daño cerebral mínimo al TDAH a lo largo de la vida
El reconocimiento del TDAH adulto ha evolucionado a través de sucesivas versiones de los criterios diagnósticos del DSM, pasando desde antiguas formulaciones como "disfunción cerebral mínima" hasta la conceptualización actual. Hoy sabemos que no es un cuadro que siempre remita espontáneamente con la adolescencia, sino un trastorno crónico y frecuentemente infradiagnosticado.
7. TDAH de alto rendimiento: deterioro funcional invisible
Una parte significativa de adultos con TDAH mantiene estudios superiores, vida laboral estable o posiciones de alta exigencia. Sin embargo, su funcionamiento depende de estrategias compensatorias intensas y poco sostenibles: hiperorganización, funcionamiento por urgencia y esfuerzo cognitivo desproporcionado.
Desde el punto de vista clínico, es fundamental no interpretar el buen desempeño externo como ausencia de deterioro. El coste emocional y cognitivo acumulado puede ser tan relevante como el fracaso académico o laboral.
8. Implicaciones terapéuticas
El tratamiento debe ser multimodal:
El objetivo es reducir el deterioro clínicamente significativo y mejorar la calidad de vida de los pacientes.
Bibliografía seleccionada
(Referencias más importantes, ordenadas por relevancia clínica y evidencia):

Entre los hitos más importantes del desarrollo cognitivo infantil, la permanencia del objeto destaca por lo que revela sobre la capacidad del bebé para entender su entorno. Este concepto fue descrito por el célebre psicólogo suizo Jean Piaget, pionero en el estudio del desarrollo mental durante la infancia. Según el excelso psicólogo, la permanencia del objeto es la comprensión de que las personas y las cosas existen, aunque no estén presentes ante los ojos o el alcance del niño.
Esta habilidad suele aparecer de manera progresiva entre los 8 y 12 meses. Al principio, cuando un objeto sale de su vista, el bebé actúa como si hubiera dejado de existir: no lo busca ni parece esperarlo. Conforme se va acercando al año, muchos niños empiezan a buscar objetos ocultos, y en el clásico juego del cucú-tras esperan y celebran la "reaparición" del adulto. Este comportamiento indica que el niño ya está formando una idea mental más estable del mundo y de las personas que le rodean.
Para los neuropediatras, observar la aparición de esta capacidad es fundamental. Lo habitual es que la permanencia del objeto se consolide antes de los 16-18 meses. Si después de esa edad el niño todavía no muestra interés en buscar cosas que desaparecen o parece no notar la ausencia de personas conocidas, conviene consultarlo con el especialista para valorar de manera global el desarrollo. No hay que alarmarse: existen diferentes ritmos de maduración y a veces pequeñas variabilidades entran dentro de lo normal. Sin embargo, su retraso puede ser, junto a otros signos, una pista sobre posibles diferencias en el desarrollo, como ocurre en ocasiones en niños con trastorno del espectro autista (TEA). En estos casos, la permanencia del objeto puede no aparecer ni consolidarse o presentarse de forma "extraña", aunque siempre es importante considerar el conjunto y no solo un aspecto aislado del desarrollo antes de alarmarse, por supuesto.
El logro de la permanencia del objeto tiene consecuencias prácticas: facilita que el niño tolere mejor las ausencias breves, desarrolla su memoria y promueve la aparición del lenguaje, al poder referirse a personas u objetos que no están presentes en ese momento. Es, por tanto, el primer peldaño para construir la capacidad de anticipar, recordar y entender el entorno de forma más compleja.
En definitiva, tal como subrayó Piaget, este hito es una auténtica ventana al pensamiento infantil y nos ayuda tanto a reconocer un desarrollo armónico como a detectar, cuando sea necesario, la necesidad de una valoración más detallada. Si tienes dudas sobre este proceso, recuerda que cada niño evoluciona a su propio ritmo, y que cualquier consulta a tiempo permite acompañar y apoyar mejor a cada pequeño en su recorrido único.
El trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH) no siempre desaparece al crecer. En muchos adolescentes sigue presente y también puede continuar en la vida adulta. En Estados Unidos, por ejemplo, los estudios estiman que alrededor del 8–9 % de los adolescentes presenta síntomas compatibles con TDAH (ver: https://www.nimh.nih.gov/health/statistics/attention-deficit-hyperactivity-disorder-adhd
)
Vivir con TDAH en esta etapa puede traer varios desafíos: prestar atención en clase, organizarse, cumplir plazos, mantener el foco, relacionarse con los demás… Todo esto puede afectar al rendimiento escolar, la autoestima y el estado de ánimo. Además, cuando no se maneja bien, puede aumentar el riesgo de ansiedad, depresión, consumo de sustancias o trastornos de conducta, como el trastorno negativista desafiante (TND) o el trastorno disocial, que suelen aparecer cuando hay mucha frustración, conflictos familiares o sensación de falta de control. En algunos casos, el TDAH también se solapa con otros trastornos aparentemente muy diferentes, como ciertos trastornos de la personalidad o trastornos del estado de ánimo, como el trastorno de desregulación disruptiva del estado de ánimo (DMDD), lo que puede complicar el diagnóstico y el tratamiento.
¿Por qué tantos adolescentes dejan el tratamiento?
Durante la adolescencia, muchos jóvenes abandonan o cambian su tratamiento —ya sea la medicación o las intervenciones psicológicas y educativas—. Menos de la mitad sigue con el plan completo, especialmente al pasar a la vida adulta. Es una etapa en la que todo se mueve: el cuerpo, las amistades, la forma de pensar, los horarios, las prioridades… y también la percepción del propio TDAH. Muchos sienten que "ya no son niños" y que no quieren depender de una pastilla ni de citas médicas. Esa necesidad de decidir por sí mismos, tan necesaria para crecer, a veces los lleva a dejar de lado algo que les estaba ayudando.
Las razones suelen sonar razonables, pero con frecuencia esconden cansancio, inseguridad o el deseo de no sentirse diferentes: "ya me apaño solo", "eso del TDAH era cosa del cole", "no quiero ser el rarito que toma medicación", o "me la quito en verano y si me va bien, paso". También están las excusas más refinadas, como "ya controlo mis impulsos" o "prefiero ir natural", que en el fondo revelan miedo a depender o a admitir que aún hay dificultades. A veces hay efectos secundarios que desaniman, o padres que, agotados, bajan la guardia.
Pero dejar el tratamiento sin una buena planificación tiene su precio. No porque "sin medicación se hundan", sino porque muchos subestiman el papel que el TDAH sigue jugando en su vida diaria: en su organización, su motivación o su autocontrol. Lo que en la infancia eran despistes o impulsividad, en la adolescencia puede transformarse en suspensos, discusiones constantes, decisiones impulsivas o conductas de riesgo: coger el coche sin pensar, gastar dinero sin control o engancharse a pantallas o sustancias.
El problema no es solo que interrumpan algo que les ayudaba, sino que suelen hacerlo justo cuando más lo necesitan. La adolescencia exige más madurez, más independencia, más decisiones, más gestión emocional… y el cerebro con TDAH aún está aprendiendo a equilibrar todo eso. Es como soltar el cinturón de seguridad justo al entrar en la curva.
Por eso, más que insistir con frases como "tienes que tomarte la medicación", suele funcionar mejor cambiar la conversación. No se trata de obedecer, sino de entender que el tratamiento les ofrece herramientas para manejar su vida con más libertad. Cuando comprenden que no les quita autonomía, sino que les ayuda a tenerla, todo cambia. El objetivo no es "portarse bien" o "sacar buenas notas", sino vivir con menos caos y más opciones reales.
Además, el pronóstico para muchos adolescentes y adultos jóvenes con TDAH se deteriora de forma notable cuando los síntomas persisten y no se mantiene un tratamiento farmacológico de manera constante y adecuada. La evidencia muestra que quienes interrumpen el tratamiento tienen mayor riesgo de dificultades académicas, laborales y sociales, así como de desarrollar problemas emocionales o conductas de riesgo. En cambio, la continuidad terapéutica se asocia con mejor adaptación, menor impulsividad y mayor estabilidad emocional. Ver: https://pmc.ncbi.nlm.nih.gov/articles/PMC3520745/
Tratamientos y apoyos que realmente funcionan
Los fármacos estimulantes (como el metilfenidato o la lisdexanfetamina) y los no estimulantes (atomoxetina, guanfacina, etcétera) siguen siendo los tratamientos más eficaces para controlar los síntomas principales. Sin embargo, su efecto sobre la organización, la motivación o las relaciones sociales puede variar mucho entre personas. Por eso, lo ideal es que el tratamiento no se limite solo a la medicación, sino que se complemente con apoyos psicosociales: terapia psicológica para las comorbilidades, entrenamiento en habilidades y funciones ejecutivas, intervención familiar —a menudo esencial en los trastornos de conducta—, entre otros. Cada caso necesita un enfoque personalizado, teniendo en cuenta la edad, las características del joven y sus preferencias.
Aun así, no siempre el tratamiento "encaja bien" con el adolescente o el adulto joven. Es fundamental escuchar sus sensaciones y atender a sus demandas, especialmente cuando describen efectos adversos subjetivos como nerviosismo, apatía o la sensación de "no sentirse ellos mismos". Ajustar la dosis, el horario o incluso el tipo de fármaco puede marcar una gran diferencia. Este enfoque más flexible y personalizado mejora la tolerancia y refuerza la adherencia, porque el joven percibe que su experiencia importa y que el tratamiento se adapta a él, no al revés.
Las intervenciones psicosociales —como la terapia cognitivo-conductual, el entrenamiento en planificación o la entrevista motivacional— no siempre reducen los síntomas tanto como la medicación, pero aportan algo igual de importante: enseñan al adolescente a entenderse y a convivir mejor con su forma de ser. Le ayudan a anticipar dificultades, a manejar la frustración, a desarrollar estrategias y a construir rutinas que funcionan en la vida real.
Más que "curar", estas terapias dan estructura y sentido, fortalecen la autoestima y devuelven la sensación de control. Por eso, la combinación entre medicación y apoyo psicológico suele ofrecer los mejores resultados: una trabaja sobre los síntomas, la otra sobre la manera de vivir con ellos.
Cuando el tratamiento se plantea así —de manera integral y compartida— el adolescente se siente parte activa del proceso. Es clave explicarle qué es el TDAH, por qué no es culpa suya y qué opciones tiene para manejarlo. Cuando siente que tiene voz, la implicación mejora. También ayuda mucho facilitar el acceso a los servicios, ofrecer apoyos no farmacológicos y entender que el tratamiento no se reduce a "tomar o no tomar una pastilla".
En definitiva, el TDAH en la adolescencia puede manejarse con éxito si se combinan los tratamientos médicos con estrategias que refuercen la autonomía, la motivación, la planificación y la participación del joven. El objetivo va mucho más allá de "quitar síntomas": se trata de que el adolescente entienda su manera de funcionar, aprenda a vivir con ella y desarrolle herramientas que le sirvan cuando empiece su vida adulta.
Estrategias reales para hablar con adolescentes en casa
Referencias
Blog sobre los temas relacionados con la neuropedciatría: déficit de atención, hiperactividad, epilepsia, cefaleas, tics, encefalitis, problemas escolares, etc.
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