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Blog del Servicio de Hematología de la Fundación Jiménez Díaz
Nuestro cuerpo tiene un sistema defensivo muy eficaz: el sistema inmunitario. Gracias a él, podemos enfrentarnos cada día a virus, bacterias y otros microorganismos sin enfermar constantemente. Una de sus funciones más importantes es distinguir lo propio de lo ajeno, atacando solo aquello que resulta extraño o potencialmente peligroso, que pone en riesgo nuestra salud.
Sin embargo, este sistema no siempre funciona correctamente. En algunas personas, existen alteraciones congénitas que impiden que sus mecanismos de defensa se desarrollen o actúen de forma eficaz, como lo hacen normalmente. Como consecuencia, el organismo queda más expuesto a infecciones y otros problemas de salud.
En este artículo nos adentramos en el mundo, a veces desconocido, de las inmunodeficiencias primarias: un grupo de enfermedades en las que el sistema inmunitario no cumple adecuadamente con su función desde el nacimiento.
¿Qué es una inmunodeficiencia? ¿Qué tipos hay?
Llamamos inmunodeficiencia a una situación en la que el sistema inmunitario no funciona correctamente. Esta situación puede deberse a una cantidad insuficiente de determinados componentes o a un mal funcionamiento de los mismos. Como resultado, las defensas pierden eficacia, aumentando la susceptibilidad a diferentes tipos de infecciones. En ocasiones, además, la respuesta inmune desregulada no solamente conduce a defectos en su función, sino que también puede ocasionar una activación exagerada de la misma y puede volverse contra el propio organismo, dando lugar a enfermedades autoinmunes.
Según su origen, distinguimos dos grandes grupos de inmunodeficiencias:
Las inmunodeficiencias secundarias se adquieren a lo largo de la vida, por lo que los pacientes no nacen con ellas. Son más frecuentes que las primarias. Las causas más habituales a nivel mundial son la malnutrición, las infecciones crónicas que deterioran especialmente el sistema inmune (como el VIH en las fases avanzadas de la enfermedad) y el uso prolongado de fármacos inmunosupresores, empleados en el tratamiento de enfermedades autoinmunes o de algunos tipos de cáncer, muchos de ellos hematológicos.
Las inmunodeficiencias primarias, por su parte, son enfermedades generalmente presentes desde el nacimiento, que pueden asociar alteraciones en otros aparatos o sistemas, y debidas a alteraciones genéticas que afectan a distintos componentes del sistema inmunitario. Tienden a provocar infecciones recurrentes por microorganismos poco agresivos u oportunistas, y tal y como hemos comentado previamente también predisponen a fenómenos autoinmunes o inflamatorios crónicos.
Existen más de 400 tipos de inmunodeficiencias primarias, que se clasifican según la parte del sistema inmunitario afectada: problemas en la producción de anticuerpos, defectos del complemento (que es un sistema de proteínas del plasma que nos defiende de patógenos de forma inespecífica), alteraciones funcionales de ciertas células cuya función es eliminar microorganismos (fagocitos), o trastornos combinados que afectan a varios mecanismos a la vez.
El déficit selectivo de inmunoglobulina A (IgA) es la inmunodeficiencia primaria más frecuente, mientras que la inmunodeficiencia variable común es la que más síntomas produce en la práctica clínica.
¿Qué es la inmunodeficiencia variable común?
La inmunodeficiencia variable común no es una única enfermedad, sino un conjunto de trastornos caracterizados por la producción insuficiente de anticuerpos, debida a un defecto en la maduración de los linfocitos B (un tipo de glóbulo blanco que se especializa en la producción de anticuerpos, proteínas especializadas en reconocer y atacar microorganismos de forma selectiva y específica).
Suele manifestarse en la adolescencia o en la edad adulta temprana (entre los 20 y 30 años) y afecta a ambos sexos en una frecuencia similar. En algunos casos se identifican mutaciones genéticas concretas que afectan al desarrollo de los linfocitos B; en otros con la causa es desconocida.
Clínicamente, se acompaña de infecciones respiratorias y digestivas recurrentes –como sinusitis, bronquitis o neumonías-. Además, puede asociarse a enfermedades autoinmunes o a un riesgo aumentado de ciertos cánceres, especialmente linfomas.
El tratamiento consiste en administrar anticuerpos (inmunoglobulinas) de forma periódica para compensar el déficit de estos. Gracias a ello, la mayoría de los pacientes puede llevar una vida casi normal, aunque el pronóstico depende en gran medida de la aparición de complicaciones a largo plazo.
¿Cuándo debemos sospechar una inmunodeficiencia?
Debemos sospechar una inmunodeficiencia si las infecciones son más frecuentes, más graves o más difíciles de tratar de lo que resulta habitual. Algunas señales de alerta son:
Si la respuesta es "sí" a alguna de estas preguntas, es recomendable consultar con un médico para valorar si puede existir una inmunodeficiencia.
¿Puede una analítica detectar una inmunodeficiencia?
En las analíticas rutinarias, el dato más relacionado con la inmunidad suele ser el hemograma, que, entre otros parámetros, mide el número de glóbulos blancos (leucocitos) y sus diferentes tipos.
Si los leucocitos están bajos (lo que se conoce como leucopenia) de forma persistente, puede ser recomendable una valoración médica. Sin embargo, es importante saber que tener los leucocitos bajos en una analítica aislada no suele significar que exista una inmunodeficiencia. En la mayoría de los casos, se trata de situaciones transitorias y que no revisten importancia clínica.
El diagnóstico de una inmunodeficiencia primaria rara vez se establece con análisis rutinarios. Generalmente se sospechan porque el paciente presenta (sea en los primeros meses o años de vida o en la edad adulta), infecciones de repetición o especialmente graves. Esto lleva a la realización de otros estudios más específicos y dirigidos: cuantificación de inmunoglobulinas, determinación de subpoblaciones linfocitarias, proteinograma (estudio que mide la distribución de proteínas en sangre) o estudios de función leucocitaria.
¿Existe tratamiento para estas enfermedades?
El tratamiento de las inmunodeficiencias primarias depende en gran medida de la gravedad del cuadro clínico y de las complicaciones acompañantes. En los casos más leves, como el déficit de IgA, puede ser suficiente con el seguimiento médico y el tratamiento precoz de las infecciones. En cambio, en la inmunodeficiencia variable común se administran periódicamente inmunoglobulinas para prevenir infecciones.
Finalmente, en las formas más graves, como las inmunodeficiencias combinadas severas, el tratamiento curativo consiste en el trasplante alogénico de precursores hematopoyéticos, preferiblemente en los primeros años de vida.
La investigación en terapias génicas ha avanzado notablemente, abriendo la posibilidad de corregir directamente los defectos genéticos responsables de alguna de estas enfermedades o de reemplazar déficits de proteínas que se encuentran disminuidas en otras.
El manejo de estos pacientes requiere de un enfoque multidisciplinar, en el que colaboran inmunólogos clínicos, hematólogos, pediatras, infectólogos y otros especialistas según las complicaciones asociadas.
Dr. Gonzalo Castellanos Arias
Servicio de Hematología y Hemoterapia
Hospital Universitario Fundación Jiménez Díaz
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