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Blog del Servicio de Hematología de la Fundación Jiménez Díaz
Los linfocitos son un tipo de glóbulo blanco o leucocito fundamental para nuestras defensas. Algunos son capaces de reconocer de forma muy precisa microorganismos patógenos y otros elementos ajenos al organismo, y recordarlos para responder mejor si vuelven a aparecer. Aquello que el sistema inmune identifica como extraño recibe el nombre de antígeno.
Se originan en la médula ósea, la "fábrica" donde se producen todas las células de la sangre y completan su desarrollo en otros órganos, como el timo o los ganglios linfáticos.
¿Qué tipo de linfocitos existen y cuál es su función?
Antes de describir los diferentes tipos de linfocitos es importante recordar que nuestro sistema inmune cuenta con dos grandes tipos de defensa. La inmunidad innata actúa de forma rápida y general frente a las amenazas, mientras que la inmunidad adaptativa reconoce cada amenaza de manera más específica y puede generar memoria. Los linfocitos B y T forman parte de la inmunidad adaptativa, mientras que los linfocitos NK pertenecen a la inmunidad innata.
Los linfocitos B son los responsables de fabricar anticuerpos, unas proteínas capaces de reconocer de forma específica los antígenos, facilitando así su eliminación.
Los linfocitos T coordinan gran parte de la respuesta inmunitaria. Algunos ayudan a activar otras células de defensa, mientras que otros son capaces de reconocer y destruir directamente células infectadas por virus o incluso células tumorales.
Los linfocitos NK ("Natural Killer"), son capaces de detectar células anormales sin necesidad de haber tenido contacto previo con ellas y eliminarlas.
Una de las características más fascinante de los linfocitos B y T es su memoria. Después de superar una infección, una parte de ellos permanece en nuestro organismo durante años, e incluso durante toda la vida, preparada para responder con mayor rapidez si el mismo antígeno vuelve a aparecer.
¿Tengo que preocuparme si los linfocitos aparecen bajos o altos en una analítica?
Los linfocitos representan aproximadamente entre el 20% y el 45 % de los leucocitos. Sin embargo, para saber si su número es normal, es más útil valorar el recuento absoluto, ya que el porcentaje depende del número de leucocitos totales. En los adultos, los linfocitos suelen estar entre 1.200 y 4.000 por microlitro de sangre, aunque este rango puede variar según la edad y el laboratorio.
La linfopenia, es decir, un número de linfocitos inferior a la cifra normal, no siempre significa que exista una enfermedad. Una infección reciente, el estrés físico importante o ciertas medicaciones, entre otras causas, pueden hacer que el número de linfocitos disminuya. Cuando esta situación es persistente o muy marcada sí puede ser necesario estudiar su causa.
La linfocitosis, una cifra elevada, tampoco implica necesariamente un problema grave. Es muy frecuente durante o después de algunas infecciones o de forma reactiva a muchos procesos inflamatorios u otras situaciones.
Como ocurre con muchas alteraciones analíticas, el resultado no debe interpretarse de forma aislada y es necesario tener en cuenta también la sintomatología y el resto de parámetros de la analítica.
¿Existen enfermedades relacionadas con los linfocitos?
Dado que participan en gran parte de los mecanismos de defensa del organismo, las enfermedades relacionadas con los linfocitos son muy variadas.
Cuando no ejercen su función defensiva de forma adecuada pueden aparecer inmunodeficiencias, situaciones en las que el organismo tiene mayor dificultad para combatir determinadas infecciones.
En otras ocasiones ocurre lo contrario: los linfocitos reaccionan de forma excesiva o inadecuada y pueden atacar tejidos sanos del propio organismo. Es lo que ocurre en muchas enfermedades autoinmunes, como la artritis reumatoide o el lupus.
También existen enfermedades en las que los linfocitos se transforman y comienzan a multiplicarse de forma descontrolada. Es el caso de algunas leucemias y linfomas, enfermedades hematológicas cuyo diagnóstico y tratamiento han experimentado grandes avances en las últimas décadas.
Los linfocitos y las vacunas
Probablemente uno de los mayores avances de la medicina moderna haya sido aprender a "entrenar" a los linfocitos antes de que aparezca una determinada infección.
Las vacunas enseñan al sistema inmune a reconocer un microorganismo, sin necesidad de sufrir la enfermedad. De este modo, si entramos en contacto con él más adelante, los linfocitos pueden responder de forma más rápida y eficaz.
Gracias a esta memoria inmunológica, las vacunas han permitido controlar muchas enfermedades e incluso erradicar alguna de ellas, como la viruela, que durante siglos provocó millones de muertes.
En resumen:
Los linfocitos son elementos fundamentales del sistema inmune. Algunos reconocen antígenos de forma específica y generan memoria, mientras que otros detectan y eliminan células anormales. Gracias a ellos, las vacunas pueden protegernos, desarrollamos inmunidad tras superar muchas infecciones y contamos con una defensa más eficaz frente a determinados patógenos e incluso algunas células tumorales.
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