Quirónsalud
Blog de Salud y bienestar mental del Hospital Quirónsalud Digital
Francisco Gerecitano Lozano, psicólogo sanitario en Hospital Quirónsalud Digital
Hubo un tiempo en que el duelo se llevaba puesto. La ropa negra, los espejos cubiertos, la casa sin música: el dolor tenía uniforme, tenía plazo y tenía testigos. Hemos ido desmontando esos rituales uno a uno y hemos ganado libertad, pero hemos perdido algo: el permiso para no estar bien durante el tiempo que haga falta.
Desde la psicología, el duelo se define como el proceso de adaptación que sigue a la pérdida de un vínculo significativo. No es un sinónimo elegante de tristeza: es un trabajo. La mente tiene que aprender a habitar un mundo del que falta alguien, y ese aprendizaje ocupa el cuerpo tanto como la cabeza: insomnio, falta de apetito, un cansancio que no cede con el descanso.
Conviene decirlo claro: el duelo no es un trastorno mental. El DSM-5-TR lo considera una respuesta esperable ante la pérdida. Cada persona lo atraviesa a su ritmo, y ese ritmo depende del vínculo que existía, de cómo se produjo la muerte y del apoyo con el que se cuenta.

El modelo más citado es el de la psiquiatra Elisabeth Kübler-Ross, que en 1969 describió cinco fases:
La mente amortigua lo que todavía no puede sostener: se sigue poniendo un plato de más en la mesa.
Llega la rabia y con ella la necesidad de un culpable: los médicos, uno mismo, el propio fallecido por haberse ido.
La cabeza reescribe el pasado buscando el punto exacto donde todo pudo torcerse.
Se apaga la actividad. La ausencia deja de ser una noticia y pasa a ser un paisaje.
No es olvidar ni dejar de doler. Es que la pérdida, por fin, cabe dentro de una vida.
Ahora bien, se han divulgado tanto que hay quien teme estar haciendo el duelo mal al no reconocerlas en orden. Lo que la psicología del duelo ha aprendido desde entonces es claro: no hay un orden fijo ni un calendario. Se solapan, se saltan, vuelven cuando parecían superadas. Son un mapa aproximado, no un itinerario obligatorio.
Casi siempre el dolor termina reordenándose solo: no desaparece, pero deja sitio. En torno a una de cada diez personas adultas en duelo, sin embargo, el proceso se enquista. El DSM-5-TR incorporó en 2022 el trastorno de duelo prolongado: se diagnostica cuando, pasado al menos un año desde la muerte (seis meses en niños y adolescentes), persisten un anhelo intenso del fallecido o una preocupación constante por él, junto a un malestar que impide hacer vida normal.
Las señales que deben alertar son el aislamiento sostenido, la culpa que no cede y los dos extremos del recuerdo: la casa donde se ha borrado todo rastro del ausente y la casa convertida en museo.
Pedir ayuda no es admitir un fracaso. La terapia de duelo no borra la pérdida ni acelera el proceso: ofrece un lugar donde poner palabras a lo que duele y ordenar la culpa. Si quieres saber cómo ayuda la terapia a superar el duelo o dar el paso con una terapia especializada para superar el duelo
, disponible también en modalidad online.
Superar el duelo no es dejar de querer a quien se fue, sino aprender a quererlo de otra manera. La clave está en no atravesarlo a solas: sostener los vínculos, respetar los propios tiempos y pedir ayuda cuando el dolor deja de moverse. Si crees que tú o alguien cercano lleváis demasiado tiempo detenidos en el mismo punto, acudid a profesionales de la salud mental.
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