Quirónsalud
Blog de la Escuela de Enfermería del Hospital Universitario Fundación Jiménez Díaz
Cuando pensamos en la soledad no deseada, es frecuente imaginar a una persona mayor que vive sola. Sin embargo, esta imagen no refleja toda la realidad. La evidencia muestra que la soledad no deseada puede afectar a personas de cualquier edad, desde la adolescencia hasta la vejez, aunque las circunstancias que la desencadenan sean diferentes en cada etapa de la vida (1,2).
Además, es importante distinguir entre vivir solo, aislamiento social y soledad no deseada, ya que a diferencia de lo que puede parecer, no significan lo mismo. El aislamiento social hace referencia a la falta objetiva de relaciones o contactos sociales, mientras que la soledad no deseada, es una experiencia subjetiva: es el sentimiento de que las relaciones que mantenemos no son suficientes o no responden a nuestras necesidades emocionales (3,4). Por ello, una persona puede vivir sola y no sentirse sola, o vivir rodeada de personas y sentirse sola.
Soledad no deseada. Un problema de salud pública
La Organización Mundial de la Salud (OMS), reconoce la conexión social como un determinante fundamental de la salud y advierte de que la soledad y el aislamiento social constituyen un problema creciente de salud pública, con repercusiones tanto en el bienestar emocional como en la salud física (3).
Aunque durante años se ha relacionado principalmente con el envejecimiento, estudios recientes muestran que la soledad no deseada también es especialmente frecuente en adolescentes y adultos jóvenes. Las transiciones vitales, el inicio de los estudios universitarios, la incorporación al mercado laboral, las dificultades para establecer relaciones significativas o el uso excesivo y poco satisfactorio de las redes sociales pueden favorecer este sentimiento de desconexión (5,6).
En las personas adultas, factores como las largas jornadas laborales, la conciliación familiar, el teletrabajo, una separación o el cuidado de familiares dependientes pueden reducir las oportunidades de mantener relaciones sociales de calidad (1,3).
En las personas mayores, la jubilación, la pérdida de seres queridos, las enfermedades crónicas o las limitaciones funcionales pueden aumentar el riesgo de experimentar soledad, aunque no todas las personas mayores la sufren ni todas las personas jóvenes están protegidas frente a ella (1,3).
¿Cómo puede afectar a nuestra salud?
La soledad no deseada no es una enfermedad, pero sí se asocia con un mayor riesgo de desarrollar problemas de salud física y mental cuando se mantiene en el tiempo (5,6).
En el ámbito emocional, se relaciona la soledad no deseada, con un mayor riesgo de ansiedad, depresión, estrés y menor bienestar psicológico. En niños, adolescentes y adultos jóvenes, además, puede favorecer problemas de salud mental que pueden persistir durante años si no se interviene de forma precoz (5,6).
Desde el punto de vista físico, la evidencia también muestra una asociación entre la soledad no deseada y un mayor riesgo de enfermedades cardiovasculares, deterioro cognitivo, fragilidad, peor calidad del sueño y un incremento de la mortalidad por todas las causas, especialmente cuando la soledad se acompaña de aislamiento social (1,7). Se cree que estas asociaciones están relacionadas con diferentes mecanismos, como el estrés crónico, la inflamación persistente, los cambios hormonales, así como con la adopción de hábitos de vida menos saludables, como el sedentarismo o una peor adherencia a los tratamientos médicos (4,7).
¿Qué podemos hacer?
La buena noticia es que la soledad no deseada puede prevenirse y abordarse.
No existe una única solución válida para todas las personas, pero la investigación indica que las intervenciones más eficaces son aquellas que combinan diferentes estrategias y se adaptan a las necesidades individuales (8).
Algunas recomendaciones que pueden resultar útiles son (8):
Hablar de la soledad también es cuidar la salud
La soledad no deseada no entiende de edad. Puede aparecer en cualquier momento de la vida y afectar a cualquier persona, independientemente de cuántas personas tenga a su alrededor.
Reconocerla sin estigmas, favorecer espacios de encuentro y fortalecer las relaciones sociales son medidas que contribuyen no solo a mejorar el bienestar emocional, sino también a proteger la salud física. Porque cuidar nuestras relaciones también forma parte de cuidar nuestra salud.
Elisa Belén Cortés Zamora
Profesora Escuela de Enfermería Fundación Jiménez Díaz-Universidad Autónoma de Madrid
Fuents consultadas




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