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Blog del Dr. Francois Peinado. Urología. Hospital Universitario Ruber Juan Bravo

Para proseguir con este artículo, la disfunción eréctil postoperatoria es uno de los puntos más delicados. Entre los hombres que tenían una función eréctil normal antes de la cirugía, el 22,2% desarrolló disfunción eréctil nueva tras la intervención. La mayoría pudo manejarse con fármacos como los inhibidores de la fosfodiesterasa tipo 5, aunque algunos necesitaron tratamientos más avanzados, como inyecciones intracavernosas o incluso una prótesis de pene secundaria. Este dato no debe utilizarse para asustar, pero sí para informar con honestidad.
Uno de los hallazgos más interesantes del trabajo es que la disfunción eréctil postoperatoria no dependió principalmente del tamaño del injerto ni de que la deformidad fuera compleja. Lo que más se asoció al riesgo de disfunción eréctil fue la presencia de enfermedad cardiovascular, diabetes u otros factores metabólicos. De hecho, el análisis multivariable mostró que la enfermedad cardiovascular o la diabetes se asociaban de forma significativa con la disfunción eréctil postoperatoria, con una odds ratio de 6,19. Además, el 72,3% de los pacientes que desarrollaron disfunción eréctil tenía factores de riesgo cardiovascular o diabetes.
Este punto cambia la forma de interpretar la cirugía. No todo deterioro de la erección después de una intervención debe atribuirse exclusivamente al bisturí. En muchos hombres, la enfermedad de Peyronie convive con una salud vascular deteriorada. La erección es un fenómeno vascular muy sensible, y la diabetes, la hipertensión, el tabaco, la obesidad, la enfermedad coronaria o la resistencia a la insulina pueden condicionar el resultado final. Por tanto, la evaluación cardiovascular y metabólica debe formar parte de la valoración preoperatoria.
Curiosamente, entre los hombres que ya tenían disfunción eréctil antes de la cirugía, el 37% refirió mejoría de la función eréctil después de la intervención. Esto puede explicarse porque, en algunos pacientes, el problema principal no es solo vascular, sino mecánico: la curvatura, el dolor, el estrechamiento o la deformidad impiden una relación sexual eficaz. Al corregir la anatomía, algunos hombres recuperan confianza, mejoran la penetración y perciben mejor función sexual. Aun así, este dato debe interpretarse con prudencia, porque no significa que la cirugía con injerto sea un tratamiento de la disfunción eréctil. Si la disfunción eréctil es severa o no responde a fármacos, la opción más lógica suele ser la prótesis de pene.

Las complicaciones quirúrgicas fueron relativamente bajas. En el seguimiento, las complicaciones ocurrieron en el 4,4% de los pacientes. Las infecciones de herida fueron del 1,4%, los hematomas o colecciones que requirieron drenaje fueron poco frecuentes, y solo un 0,3% precisó evacuación quirúrgica de un hematoma. La reoperación fue necesaria en el 8,5% de los pacientes, por motivos como corrección de curvatura residual, tratamiento de disfunción eréctil o procedimientos relacionados con longitud o pene enterrado.
El estudio también aporta una enseñanza muy práctica: los pacientes con curvaturas más severas parecieron estar más satisfechos después de la cirugía. Esto tiene sentido. Cuando la deformidad inicial es muy limitante, la mejoría funcional se percibe de manera más clara. En cambio, un paciente con una curvatura menos dramática puede tener expectativas más exigentes respecto a longitud, sensibilidad o rectitud. Por eso, en la consulta es fundamental individualizar la indicación y explicar con detalle qué puede y qué no puede conseguir la cirugía.
Desde el punto de vista clínico, este artículo refuerza varias ideas. La primera es que la incisión de placa con injerto es una técnica útil para Peyronie severa o compleja en pacientes bien seleccionados. La segunda es que debe realizarse preferentemente en centros con experiencia en cirugía andrológica reconstructiva. No es una cirugía menor ni puramente estética: exige una adecuada valoración de la curvatura, de la placa, de la longitud, de la función eréctil y de las expectativas del paciente. La tercera es que la salud metabólica y cardiovascular importa tanto como la técnica quirúrgica. Un paciente con diabetes mal controlada, hipertensión, tabaquismo, obesidad abdominal o enfermedad coronaria no tiene el mismo pronóstico eréctil que un paciente vascularmente sano.
En la práctica, antes de indicar una cirugía con injerto conviene realizar una historia sexual detallada, valorar la calidad de las erecciones, documentar la curvatura con fotografías adecuadas o erección inducida, medir la longitud peneana estirada y considerar un Doppler peneano cuando existe duda sobre la función vascular. También es razonable valorar factores de riesgo cardiometabólico: glucosa, HbA1c, perfil lipídico, presión arterial, tabaco, obesidad abdominal y antecedentes cardiovasculares. En algunos pacientes, optimizar estos factores antes de la cirugía puede mejorar el resultado funcional y reducir el riesgo de disfunción eréctil posterior.
El protocolo de rehabilitación utilizado en el estudio también es interesante. Todos los pacientes realizaron rehabilitación peneana postoperatoria con tadalafilo 5 mg diario desde la segunda semana y terapia con dispositivo de vacío durante 10 minutos diarios desde la tercera semana, durante tres meses. Aunque cada caso debe individualizarse, esta estrategia tiene lógica: favorecer oxigenación, elasticidad tisular y recuperación funcional durante la fase de cicatrización.
Para el paciente, el mensaje final debe ser equilibrado. La cirugía con incisión de placa e injerto puede ofrecer muy buenos resultados en manos expertas: alta satisfacción, alta tasa de recuperación de relaciones sexuales y buena corrección de deformidades severas. Pero no es una cirugía milagrosa. Puede haber pérdida percibida de longitud, cambios de sensibilidad, curvatura residual, necesidad de tratamientos para la erección o incluso reintervención. Por eso, el éxito no depende solo de operar bien, sino de seleccionar bien, medir bien, informar bien y cuidar la salud vascular del paciente.
La enfermedad de Peyronie no debe entenderse únicamente como una cicatriz localizada en el pene. En muchos hombres es también una oportunidad para revisar la salud sexual, vascular y metabólica. Cuando un paciente consulta por curvatura peneana, no basta con medir los grados de desviación. Hay que valorar la erección, el riesgo cardiovascular, la diabetes, el estilo de vida y el impacto psicológico. Esa visión integral es, probablemente, una de las principales lecciones de este estudio.
En nuestra unidad de cirugía compleja de Peyronie, que tengo el privilegio de dirigir, valoramos cada caso de forma individualizada, porque no todas las curvaturas ni todos los pacientes necesitan el mismo tratamiento. En los casos más complejos —curvaturas severas, deformidades en reloj de arena, estrechamientos o pérdida importante de longitud— una parte muy relevante de las cirugías que realizamos se basa en técnicas reconstructivas con incisión de la placa e injerto, siempre que la función eréctil lo permita y tras una valoración detallada. El objetivo no es solo corregir la curvatura, sino recuperar una vida sexual funcional, segura y realista. Los pacientes con enfermedad de Peyronie que tengan dudas sobre su caso pueden solicitar una valoración especializada para estudiar qué opción terapéutica es la más adecuada.
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