Quirónsalud
Blog del Dr. Daniel Martín Fernández-Mayoralas. Neurología. Complejo Hospitalario Ruber Juan Bravo y Olympia Centro Médico Pozuelo

Nuria no duerme. Y tampoco sus padres.
Nuria tiene 8 años. Por las tardes, como todos los niños de su clase, ve vídeos en la tablet -algo de dibujos, algún vídeo corto, nada fuera de lo habitual-. Cena (rechaza el pescado y la carne: pide pizza y espaguetis). Se ducha y empieza la batalla: protestas, excusas, vasos de agua, quiero jugar, "tengo miedo"... Su madre acaba tumbándose en la cama con ella hasta que se duerme. La nota inquieta. A veces tarda más de una hora. Y dos o tres veces por semana, Nuria aparece a las 3 de la mañana en el dormitorio de sus padres.
Nadie ha hecho nada mal. Simplemente hay algo que no encaja, y merece la pena entender qué es.
¿Es frecuente esto?
Más de lo que parece. Los problemas de sueño afectan a uno de cada tres niños en algún momento de su infancia. La mayoría se resuelven solos o con pequeños ajustes en la rutina. Pero algunos necesitan una evaluación más completa, y ahí es donde entra el neuropediatra.
¿Cuándo debería consultar con un especialista?
Cuando el problema lleva más de tres meses, ocurre casi todas las noches y está afectando al niño o a la familia durante el día. Señales concretas:
Le cuesta concentrarse en el colegio o tiene peor rendimiento
Está más irritable, impulsivo o hiperactivo de lo habitual
Ronca fuerte, hace pausas al respirar o suda mucho durante la noche
Tiene episodios nocturnos que asustan: gritos, se levanta dormido, se cae de la cama
Ninguno de estos síntomas debería normalizarse cuando es frecuente, intenso o interfiere con el día a día. Y la mayoría tienen solución.
¿Qué hace el neuropediatra en la consulta?
Más de lo que imaginas, y casi todo con preguntas.
La primera visita consiste en entender bien el problema: a qué hora se acuesta, cómo es la rutina, qué pasa con las pantallas por la tarde, cómo reaccionan los padres cuando el niño no duerme, si hay ronquido, si se mueve mucho, si hay algo que le preocupe. A veces pedimos que los padres rellenen un diario de sueño durante dos semanas, porque eso nos da más información real que cualquier prueba.
También exploramos al niño: su desarrollo, su comportamiento durante el día, y si hay algo físico — como unas amígdalas grandes — que pueda estar dificultando la respiración mientras duerme.
¿Hace falta alguna prueba?
No siempre. La mayoría de los problemas de sueño en niños se diagnostican con la historia clínica. Pero cuando hay dudas, disponemos de pruebas específicas:
Polisomnografía nocturna +/- test de latencias múltiples —una noche en el laboratorio con sensores que registran el sueño del niño en detalle. Indolora y enormemente precisa en manos de un equipo especializado.
EEG específico para epilepsia — porque no todo lo que ocurre por la noche es un trastorno del sueño. Cuando sospechamos crisis nocturnas, solicitamos un electroencefalograma diseñado para eso: con privación de sueño, de siesta o nocturno según el caso.
Analítica de sangre — sencilla, pero a veces la más reveladora. Hay pequeños hallazgos que a veces cambian el diagnóstico o el tratamiento por completo.
Pruebas excepcionales, que se piden muy raramente — Resonancia magnética cerebral y/o cervical, entre otras pruebas complementarias, en función de sospecha.
Derivación a otorrinolaringología — cuando la polisomnografía confirma una apnea obstructiva del sueño y se valora una intervención sobre la vía aérea. A veces a otros profesionales (genetista, neumólogo, etcétera).
¿Tiene solución?
Casi siempre, sí.El tratamiento depende del problema. A veces son cambios en la rutina y en cómo responden los padres por la noche — estrategias sencillas con evidencia sólida detrás. A veces es terapia cognitivo-conductual para un adolescente que lleva meses sin poder apagar la cabeza al acostarse. Y a veces es algo físico que, una vez identificado y tratado, cambia radicalmente el día a día del niño y de toda la familia.
Lo importante es no normalizar lo que no es normal. El sueño no es un lujo: es donde el cerebro de un niño consolida lo que aprendió, regula sus emociones y, literalmente, crece.
¿Y Nuria?
Una analítica sencilla mostró la ferritina por los suelos. Nuria tenía una ferropenia que nadie había relacionado con su sueño — y que explicaba, al menos en parte, por qué no podía quedarse quieta en su cama por la noche y conciliar el sueño. Con hierro, unos cambios en la rutina y entender cómo respondía su madre ante los despertares, las noches de la familia cambiaron.
Sin nada raro. Solo saber dónde mirar.
Enlace con algunos trucos para mejorar el sueño en nuestros niños/adolescentes
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