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Blog del Dr. Daniel Martín Fernández-Mayoralas. Neurología. Complejo Hospitalario Ruber Juan Bravo y Olympia Centro Médico Pozuelo

  • La psicología de prescribir psicofármacos en niños y adolescentes: más allá de la receta

    Prescribir psicofármacosPrescribir psicofármacos

    Prescribir un psicofármaco en la infancia y adolescencia no es un gesto meramente técnico. Una receta también comunica: cómo entendemos el malestar, qué esperamos que cambie y quién "tiene el control" del proceso. Por eso, en psicofarmacología pediátrica, el éxito depende tanto de la molécula como del contexto relacional en el que esa medicación se introduce.

    Este enfoque, desarrollado con gran claridad por Pruett, Shashank, Joshi y Martín en su tratado de 2011, sigue siendo vigente porque ilumina una verdad clínica cotidiana: el tratamiento farmacológico no ocurre en el vacío, sino dentro de una alianza, una familia, una escuela y un sistema asistencial que influyen en cada decisión.

    1) La alianza terapéutica: el verdadero "vehículo" del fármaco: en la práctica real, el pilar de un tratamiento farmacológico eficaz no es solo el fármaco en sí. Es la alianza terapéutica: la calidad del vínculo, la confianza, la claridad del plan y la sensación de que estamos trabajando en la misma dirección. Una advertencia clásica lo resume bien: con demasiada frecuencia, la receta marca el final de la entrevista, cuando debería ser el inicio de una alianza.

    En pediatría esto se complica por un hecho estructural: la relación es triangular (niño–padres–clínico). En la preadolescencia, la alianza con cuidadores es decisiva: facilitan, supervisan, sostienen el plan. En la adolescencia, hay que reequilibrar: el profesional debe ser percibido como aliado del adolescente, no como "el agente" de padres o escuela, sin perder una supervisión razonable. Además, la alianza no siempre se "sella" en una sola visita, a veces hay que tener paciencia.

    2) ¿Qué significa tomar medicación para un niño o un adolescente? Los pacientes no toman solo una sustancia: toman también un significado. Incluso los más pequeños elaboran ideas, miedos y fantasías sobre lo que hace el medicamento y lo que dice de ellos.En los adolescentes esto es especialmente visible. Pueden mejorar clínicamente y, a la vez, sentirse incómodos con preguntas del tipo:"¿Esto soy yo… o es el fármaco?""Si necesito pastillas, ¿significa que estoy enfermo?"

    Es importante que el niño sienta que él también participa en su mejoría. Si percibe que solo la medicación "hace el trabajo", puede dejar de reconocerse como parte activa del cambio, lo cual beneficia a su autonomía, motivación y esperanza realista. En consulta conviene explorar metáforas y temores, porque suelen ser clínicamente informativos: para algunas familias la medicación es "un veneno" o una "camisa de fuerza"; para otras, una "poción" o un "salvavidas". No se trata de discutir la metáfora, sino de entender qué revela y cómo afecta la adherencia.

    3) Los niños no son adultos chiquititos.: desarrollo, cuerpo e identidad.

    Un aspecto diferencial en pediatría es que el significado del fármaco cambia con el desarrollo. La pubertad intensifica la sensibilidad hacia el cuerpo, la imagen corporal y la pertenencia social. Por eso, cualquier medicación que afecte peso, piel, sueño, estado de ánimo o sexualidad puede vivirse con gran carga emocional (por ejemplo, la ritualización de la toma en niños pequeños -pensamiento mágico normativo-).

    Incluso la frecuencia de dosificación puede convertirse en mensaje: en un contexto de confianza puede tranquilizar; en un contexto tenso puede vivirse como intrusión o como prueba de "estar muy enfermo".

    4) El "efecto contexto": placebo, esperanza y respuesta de significado. El principio es el Hipocrático, "lo primero, no hacer daño", más hay otro principio práctico: ofrecer cuidado con confianza y esperanza razonables. La expectativa, sostenida por una relación sólida, no es un adorno; tiene efectos reales sobre síntomas y funcionamiento: parte del efecto terapéutico no proviene solo del principio activo, sino del significado que el paciente atribuye al tratamiento, del ritual, de la narrativa compartida y de la experiencia de estar acompañado. En otras palabras: el fármaco actúa en un organismo, pero el tratamiento sucede en una persona.

    5) Familia y adherencia: no existe "solo una receta" En la mayoría de casos los padres no son observadores neutrales: son parte del tratamiento. Consienten, compran, supervisan, negocian resistencias, interpretan efectos secundarios y explican al niño por qué debe tomar algo que quizá no desea.Por eso, una alianza funcional con cuidadores no es opcional. Y también por eso conviene explorar expectativas parentales: para unos, la medicación confirma que el problema era serio; para otros, inaugura el miedo a una "enfermedad crónica" o a una etiqueta permanente.Estrategias sencillas que suelen ayudar:Reforzar logros y conductas de adherencia sin culpabilizar.Psicoeducación clara (qué esperamos, cuándo reevaluamos, qué vigilar).Simplificar pautas y anclarlas a rutinas.Ajustar formato/palatabilidad si es una barrera real.Hablar abiertamente de costes y logística si están interfiriendo.

    6) Escuela y presiones externas: cuando el contexto también prescribe. La escuela es un actor central, especialmente en TDAH y conductas disruptivas: allí los síntomas se hacen visibles y afectan rendimiento, convivencia y autoestima. A veces, el entorno escolar atribuye al fármaco un poder excesivamente "específico y garantizado", y presiona para prescribir o ajustar dosis.Escuchar a los docentes puede aportar información valiosa, pero conviene sostener un marco clínico: objetivos funcionales claros, medición de cambios relevantes y decisiones basadas en formulación, no en urgencias del sistema.

    A esto se suman otras presiones: tiempos asistenciales limitados, la lógica de la "revisión de medicación" breve y, en segundo plano, el marketing farmacéutico y la desconfianza que puede generar en algunas familias. Todo ello puede erosionar la alianza si no se nombra y se maneja con transparencia.

    7) Tratamiento compartido: coordinación o fragmentación. Es frecuente que el prescriptor no sea quien hace la psicoterapia. Esto puede funcionar muy bien, pero exige coordinación real: diagnóstico compartido, objetivos compatibles, roles claros y comunicación suficiente. Cuando el tratamiento se divide sin coordinación, suele dividirse también la narrativa clínica: mensajes contradictorios, responsabilidades difusas y dificultades de adherencia. La prevención es simple en concepto (aunque exigente en práctica): plan común y comunicación estructurada. Esto es, construir relaciones con quien sostiene la vida real del paciente: familia, escuela, terapeutas, primaria.

    8) Para cerrar. La psicofarmacología pediátrica es neurobiología, sí. Pero también es vínculo, significado y contexto. Las moléculas importan; sin embargo, el modo en que una familia entiende la medicación y el lugar que el niño o el adolescente le asigna a ese tratamiento suelen decidir tanto como el principio activo.Prescribir bien implica ser "bilingüe": hablar el lenguaje de la biología y el de la psicología relacional, e integrarlos en cada acto clínico.

    Referencias

    Pruett, J. R., Shashank, J., Joshi, S. V., & Martin, A. (2011). Psychopharmacology for child and adolescent psychiatrists: A primer. En A. Martin & F. R. Volkmar (Eds.), Lewis’s Child and Adolescent Psychiatry: A Comprehensive Textbook (4ª ed.). Wolters Kluwer.

    Martin, A., & Volkmar, F. R. (2011). Lewis’s Child and Adolescent Psychiatry: A Comprehensive Textbook (4ª ed.). Wolters Kluwer.

    Blackwell, B. (1989). Treatment adherence. British Journal of Psychiatry, 155, 142–147.

    Moerman, D. E., & Jonas, W. B. (2002). Deconstructing the placebo effect and finding the meaning response. Annals of Internal Medicine, 136(6), 471–476.

    Park, L. C., & Covi, L. (1965). Nonblind placebo trial: An exploration of neurotic patients’ responses to placebo when its inert content is disclosed. Archives of General Psychiatry, 12(3), 336–345.

    Winnicott, D. W. (1965). The maturational processes and the facilitating environment. Hogarth Press.

  • El neuropediatra y los trastornos del sueño: ¿cuándo y por qué consultarlo?

    Trastornos del sueño en niñosTrastornos del sueño en niños

    Nuria no duerme. Y tampoco sus padres.

    Nuria tiene 8 años. Por las tardes, como todos los niños de su clase, ve vídeos en la tablet -algo de dibujos, algún vídeo corto, nada fuera de lo habitual-. Cena (rechaza el pescado y la carne: pide pizza y espaguetis). Se ducha y empieza la batalla: protestas, excusas, vasos de agua, quiero jugar, "tengo miedo"... Su madre acaba tumbándose en la cama con ella hasta que se duerme. La nota inquieta. A veces tarda más de una hora. Y dos o tres veces por semana, Nuria aparece a las 3 de la mañana en el dormitorio de sus padres.

    Nadie ha hecho nada mal. Simplemente hay algo que no encaja, y merece la pena entender qué es.

    ¿Es frecuente esto?

    Más de lo que parece. Los problemas de sueño afectan a uno de cada tres niños en algún momento de su infancia. La mayoría se resuelven solos o con pequeños ajustes en la rutina. Pero algunos necesitan una evaluación más completa, y ahí es donde entra el neuropediatra.

    ¿Cuándo debería consultar con un especialista?

    Cuando el problema lleva más de tres meses, ocurre casi todas las noches y está afectando al niño o a la familia durante el día. Señales concretas:

    Le cuesta concentrarse en el colegio o tiene peor rendimiento

    Está más irritable, impulsivo o hiperactivo de lo habitual

    Ronca fuerte, hace pausas al respirar o suda mucho durante la noche

    Tiene episodios nocturnos que asustan: gritos, se levanta dormido, se cae de la cama

    Ninguno de estos síntomas debería normalizarse cuando es frecuente, intenso o interfiere con el día a día. Y la mayoría tienen solución.

    ¿Qué hace el neuropediatra en la consulta?

    Más de lo que imaginas, y casi todo con preguntas.

    La primera visita consiste en entender bien el problema: a qué hora se acuesta, cómo es la rutina, qué pasa con las pantallas por la tarde, cómo reaccionan los padres cuando el niño no duerme, si hay ronquido, si se mueve mucho, si hay algo que le preocupe. A veces pedimos que los padres rellenen un diario de sueño durante dos semanas, porque eso nos da más información real que cualquier prueba.

    También exploramos al niño: su desarrollo, su comportamiento durante el día, y si hay algo físico — como unas amígdalas grandes — que pueda estar dificultando la respiración mientras duerme.

    ¿Hace falta alguna prueba?

    No siempre. La mayoría de los problemas de sueño en niños se diagnostican con la historia clínica. Pero cuando hay dudas, disponemos de pruebas específicas:

    Polisomnografía nocturna +/- test de latencias múltiples —una noche en el laboratorio con sensores que registran el sueño del niño en detalle. Indolora y enormemente precisa en manos de un equipo especializado.

    EEG específico para epilepsia — porque no todo lo que ocurre por la noche es un trastorno del sueño. Cuando sospechamos crisis nocturnas, solicitamos un electroencefalograma diseñado para eso: con privación de sueño, de siesta o nocturno según el caso.

    Analítica de sangre — sencilla, pero a veces la más reveladora. Hay pequeños hallazgos que a veces cambian el diagnóstico o el tratamiento por completo.

    Pruebas excepcionales, que se piden muy raramente — Resonancia magnética cerebral y/o cervical, entre otras pruebas complementarias, en función de sospecha.

    Derivación a otorrinolaringología — cuando la polisomnografía confirma una apnea obstructiva del sueño y se valora una intervención sobre la vía aérea. A veces a otros profesionales (genetista, neumólogo, etcétera).

    ¿Tiene solución?

    Casi siempre, sí.El tratamiento depende del problema. A veces son cambios en la rutina y en cómo responden los padres por la noche — estrategias sencillas con evidencia sólida detrás. A veces es terapia cognitivo-conductual para un adolescente que lleva meses sin poder apagar la cabeza al acostarse. Y a veces es algo físico que, una vez identificado y tratado, cambia radicalmente el día a día del niño y de toda la familia.

    Lo importante es no normalizar lo que no es normal. El sueño no es un lujo: es donde el cerebro de un niño consolida lo que aprendió, regula sus emociones y, literalmente, crece.

    ¿Y Nuria?

    Una analítica sencilla mostró la ferritina por los suelos. Nuria tenía una ferropenia que nadie había relacionado con su sueño — y que explicaba, al menos en parte, por qué no podía quedarse quieta en su cama por la noche y conciliar el sueño. Con hierro, unos cambios en la rutina y entender cómo respondía su madre ante los despertares, las noches de la familia cambiaron.

    Sin nada raro. Solo saber dónde mirar.

    Enlace con algunos trucos para mejorar el sueño en nuestros niños/adolescentes

    https://youtu.be/kAfczIhUSeYEste enlace se abrirá en una ventana nueva

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